Por Ramiro García Morete

La carpeta indicaba «Disco 2016». Tenía sentido: ese era el año. Recientemente habían publicado Somos normales y esta banda muy poco sujeta a la norma iniciaba un nuevo proceso. En rigor, ya había surgido algo en el material anterior, pero sobre todo en los vivos. O shows… o performances… bueno, sí: vivos. Muy vivos. Y es que las actuaciones de la banda siempre han trascendido el formato convencional, tanto por conceptualización como esencialmente por desborde de energía. En ellos, esta combinación de distorsión y electrónica –a veces moviéndose en lo industrial, otras en el progresivo– sabía capturar el movimiento del público, pero luego lo sobrepasaba con su intensidad. Quizá los años o sencillamente esa constante que es el cambio les requeriría, en cierto modo, volver.

Y volver –por supuesto– no sería retroceso. Pero sí quizá pulir o reconfigurar el modo compositivo. Tras años de ensayar en esa base de operaciones que es Ciudad Vieja con P.A. y escenario, pasarían a la casa de Marcos en el mismo Meridiano, con auriculares y batería electrónica. Pero el cambio básico se centraría en el método de composición, simétricamente opuesto. Ya sea con el Cubase o inclusive con aquella experiencia DJ Set en Pura Vida, la canción se montaría sobre la base. También se servirían de viejos ensayos con el mic de la notebook para retomar rifss o ideas sueltas y construir con otra lógica, donde las melodías vocales y las letras se acaban sumando al final. Un ejemplo sería una experimentación como «Verofa», que originalmente estaba pensada para una muestra de arte. De su esencia surgiría «Baila», y en parte esa transición podría explicar bastante. Es decir: el complejo andamiaje estético, sonoro y discursivo de la banda se depuraría en pos de un pulso más bailable o quizá más cancionero. Sin perder impronta, pero bajando algunos decibeles o sencillamente despejando para que se vieran algunos elementos que ya estaban latentes.

Y justo cuando el 2016 se volvió 2020 y –desde el auge de la electrónica a la imprescindible búsqueda– el campo musical se acercaba más al universo estético de este proyecto tantas veces disruptivo, el mundo también lo hizo acentuando su distopía. Pero como señalará un texto de difusión, «no conviene especular con el tiempo: la memoria termina haciendo una digestión de nuestros estados». Sin especular y por el ineludible hecho de ser lo que se es, una de las bandas más vinculadas al escenario debería sortear la ausencia física. «Y justo cuando el cuerpo desaparece, cuando no queda nada de cuerpo, justo ahí hay Arte«. Así es que finalmente editarían este álbum que parece condensar con sutileza y a la vez potencia un rico y extraño recorrido. Electrónica, rock y canción, pero al margen de las tendencias. Arte… o sencillamente lo que les sale en ese y este momento a Alejandro Arecha y Mojame Dali (voces), Hugo Fernández (guitarras), Marcos Scarafoni (bajo y programaciones) y Emilio Pascolini (batería y programaciones). Hasta que La Secta (de ellos se trata) dé una nueva vuelta y –como hemos dicho– seguramente no sea hacia atrás ni con la frente marchita. Posiblemente traten, una vez más, de volver al futuro.

«Un poco está en el concepto del nombre, y es que lo que hacemos es arte no en el sentido superador, sino que en el rock se olvida mucho de que es una expresión artística», introduce Scarafoni. «Y no olvidar que el baile es arte. Desacralizar pero a la vez darle el valor. Arte es una manera de expresarse metafóricamente en un momento determinado. No es algo que uno puede dejar de hacer. Sino que a esta altura de nuestra vida es lo que hacemos, es lo que somos. La parte creativa es la que nos junta, mil cosas diferentes».

«Queríamos laburar lo bailable y lo electrónico medio desde una melancolía que tenemos –comenta Scafaroni–. Siempre nos pasa que La Secta tiene un montón de canción. Pero el vivo es más potente por la enunciación y a veces se aprecia desde la energía, de la distorsión. Por ejemplo, sacamos mucha distorsión. Las guitarras tienen un laburo que no te das cuenta y creés que son sintetizadores. Hubo que limpiar mucho y laburar mucho la melodía. Primero tarareando, afinando, tomando decisiones y después incorporar las letras». Y agrega: «Es una manera nueva. Y ahí está la cabeza de los cantantes. Pero también estamos en una apertura. Por ahí Gastón tira una melodía, viene y se graba. Hugo y Emilio la corrigen… Está la libertad de cambiar una palabra, una guitarra o una melodía».

El músico también se refiere a la necesidad de evolución o cambio de la banda. «Si bien tenemos un lenguaje que es muy propio, está siempre el concepto de tratar de no repetirnos y de tirar siempre una cosita diferente que ya es desafío para nosotros. Hemos pasado por muchas máscaras. Vos decías algo progresivo y no queríamos ser progresivo. En una época aparecieron los emo y los góticos… o gente vestida de zombie. Siempre jugamos con eso y no somos nada. Se trata de acción y reacción, para no quedar en el lugar. Cuando tuvimos un nichito, siempre nos corrimos. Porque somos muy hijos de puta –risas– y somos muy críticos».

Scafaroni retoma el valor de seguir adelante con la banda y las verdaderas prioridades. «El arte es una manera de expresarse metafóricamente en un momento determinado. No es algo que uno puede dejar de hacer. Sino que a esta altura de nuestra vida es lo que hacemos, es lo que somos. La parte creativa es la que nos junta, mil cosas diferentes… Si no, ¿qué vas a hacer? ¿mirar Netflix? –risas–. A la larga lo que nos interesa es juntarnos acá, grabar, ver qué mierda. Y se ve en la obra. Si vos después lo escuchás y te sentís orgulloso de lo que hiciste. Obvio que quiero que nos vaya bárbaro. Pero pegarla es hacer lo que estás haciendo. Disfrutá».