Por Ramiro García Morete

«Afuera no hay más / que una órbita lenta». Afuera, el tiempo parecía suspendido y la rueda del mundo apenas si avanzaba. Pero por dentro un interrogante giraba con considerable intensidad. Y es que antes de que el 2020 desplegara su manto distópico sobre nuestras vidas, la banda había ingresado a una zona indefinida. Algunas partidas, caminos paralelos. Apenas dos años atrás –cuando Julián Pirrera había dejado a los Peligrosos Gorriones– se había formado con asombrosa velocidad y fluidez esta banda en torno a las canciones de Agustín Reyna. Por eso es que esa tarde pandémica, el tecladista pasaría por la casa de la novia del cantante.

«Necesitaba saber para dónde ir», evocará. Plaza Rocha sería el primer destino, primario y cercano. Allí estaban para volver a escuchar «Fundiré», esa canción que durante el 2019 habían trabajado con Lucio Consolo y que había tendido un puente entre su primer material –de cierta impronta indie– y un pulso crudo y más bailable.

«Vamos por acá», coincidirían no tanto pensando en una meta sino en una dirección, como si buscaran algo más. «Cabaret nocturno o algo así» tratará de recordar sobre el tema o la banda que jamás volvería a escuchar, pero que ahí mismo Agustín le mostró como referencia de un tema en el que había trabajado. Al pasarle la maqueta y volver a casa –previo paso por el almacén para comprar un vino que «no era Resero, pero no mucho mejor»– encendería el teclado y sin muchos rodeos saldría el riff de sinte.

No tardarían mucho en sumarle una letra, sin tampoco tantos enredos. Pero sí atentos a lo que en esa canción les había revelado: un nuevo mundo. O «un microconcepto», como dirá quizá menos pretencioso. El rasgo cancionero y bailable que precedía a la banda estaría vigente, pero acentuaría cierta herencia ochentosa reconocible en la combinación de pop y oscuridad. O «nocturnidad», como preferirá decir Julián.

«No dudes cuando va a anoche / Que la sed otra vez nos devuelve a la escena. / Estoy al borde de la resurrección. / Da la vuelta, da la vuelta», rezaría la canción que finalmente se editaría en el 2021 ya con Nicolás Carlino en el bajo, Lucas Inchausti en la batería y Lourdes Forte en voces. Con un pulso delicadamente bailable y elegancia electro pop, sutil manejo de la intensidad y una melodía adhesiva, Órbita lenta es el single que adelanta un EP sin fecha de salida. Pero con una dirección que ocasionalmente puede dar vueltas, mas no por ello volver atrás. Y es que Paseo tiene vueltas para rato.

«Órbita lenta es el primer laburo que hicimos a distancia –cuenta Pirrero–. Después nos juntamos y ordenamos algunas cosas. Lo que tiene es que termina de inaugurar un concepto musical que venimos trabajando y que arranca con ‘Fundiste’. Que tiene esa oscuridad… nocturnidad, diría. Porque oscuros somos todos, como también somos claros». 

«Generalmente laburamos alrededor de microconceptos que aparece en la forma de trabajar –relata parte del proceso–. En un momento estuvimos un poco parados. Yo estaba en un proyecto personal y medio futurista. Fui por ahí y después me cansé de la secuencia MIDI y encajar todo donde tiene que ser. Si bien en la banda me toca el hecho de laburar lo que es electrónico porque toco el sintetizador, también queremos hacer música con distorsión. Que sea popero pero oscuro, como Depeche o LCD Soundsystem. Jugando con lo que tenemos a mano y siempre con un dios que es el concepto, omnipresente y regulador». Y deja en claro la incidencia de la electrónica en ese universo de la banda no sin cierto humor: «La verdad que a partir de la aparición de la música electrónica, el rockero que se engloba en ese término abandona el cachengue para bailar techno, porque necesita curtir fiesta y boliche. Lo que siempre quisimos evitar es que esta situación reine dentro de la composición. Porque además sería como abandonar el barco, ¿no? Que esté, que forme parte… Nos gusta la fiesta, la noche, queremos que esté. Pero no queremos caer en una categorización de mercado tipo rock electrónico».