Por Ramiro García Morete

Belén y Ariel Giordano vuelven a reformular el proyecto sin perder la esencia funk pero con un audio más digital en “Muntant3” (Mailen Sarco)

“Yo no tengo respuestas para darte/ pero traje dos latas bien frescas en la mochila/respuestas no tengo ni una sola, preguntas tengo un millón”. Puede que hubiera latas de cerveza o una gaseosa. Da igual. Lo cierto es que en  alguno de esos almuerzos familiares de domingos en la casa de Los Hornos, previos a la pandemia,  la idea maduraba no sin vacilación. “¿Te parece otro disco?”, dudaba Ariel, pero Belén volvería a mostrar decisión.

Como más de un lustro atrás, cuando a punto de viajar por el mundo como opción de vida prefirió sumarse al proyecto musical de su hermano y en iniciar la Licenciatura en Música para la cual hoy le resta una materia.  Y es que desde siempre habían compartido no solo la natural herencia de su padre-quien fuera cantante de la banda tropical Los Búhos – sino compilados o alguna colaboración en Cochinote. Pero ahora Belén no solo agregaría como entonces alguna voz sino que pasaría de coordinar un coro digno de big band en el primer álbum a terminar sumando teclados y trabajar a la par en el segundo.  Juntxs y en paralelo, ambxs habían ido creciendo y realizando su propio material. De la mano del Sindicato de Manijas, Ariel había profundizado y asimilado un vínculo con la producción que, en verdad, arrastraba de toda una vida.

O al menos desde los 10, cuando su primer juguete sería el mismo Yamaha Psr 630 que hoy tiene en el local donde trabaja de día. Ese maravilloso instrumento capaz de grabar 16 pistas por track representaría un intuitivo pero fecundo acercamiento la idea de producir y combinar sonidos una manera distinta.

Una manera distinta surgiría en parte por necesidad, pero también por coyuntura. La dinámica de un proyecto numeroso y con variaciones en sus integrantes no solo inferiría cierta complejidad logística sino alguna duda respecto al rumbo estético. Las canciones –como veinte-estarían. En la criolla, en el cuaderno naranja con hojas cuadriculadas y luego en la carpeta de la compu cuyo nombre se mantendría desde el inicio. Pero el sonido no.

Inclusive luego de grabar algunas baterías, Ariel notaría que el rumbo debía ser digital. Sin perder la impronta del grupo y la herencia funk. Pero abierto no solo a influencia de artistas como Daft Punk sino un lenguaje más contemporáneo, donde la composición se da en la misma producción. Inclusive con las líricas, tomando partes o resignificando según quién de ambxs cantara. O sirviéndose ya fuera de alguna contribución del mc Franqui Quioriga o de un viejo amigo-que prefiere guardar anonimato- devenido en Hare Krishna, cuyo mantra y alguna experiencia se integraría igual que el resto de los elementos: de manera lúdica pero precisa.

Si un número indica cambio y movimiento-al menos desde una perspectiva histórica y dialéctica- es el tres. O dicho más trivialmente, no hay dos sin tres. Lxs dos hemanxs Giordano hallarían un sonido compacto y contagioso, entre arpegiadotes y bajos sintéticos, voces procesadas y diferentes matices del pulso bailable entre climas más encendidos y otros más distendidos, no exentos de algún pasaje psicodélico. “Mutant3” es el tercer disco de Sincronizados y un nuevo punto de partida.  

“Este disco es la excusa para volver a hacer música con el proyecto-introduce Ariel Giordano-. Vuelve a mutar el formato, el sonido…y todo”. Y empieza a desentrañar la idea: “Sincronizados nunca fue una banda de garaje. Amo esa idea y yo venía de un montón de bandas y experiencias de amigos que se juntan a hacer música. En el 2015 tomé la decisión de encarar un proyecto donde pueda ser creativamente libre a la máxima expresión. Ahí surgió Ariel Giordano y los Sincronizados, con una importan solista”. Pero para llegar a ese sonido, “que en ese momento era más de funk con una cosa de big band y setentona” se empezaría a formar “un grupo humano con una onda zarpada”. Sin embargo lo numeroso complicaría que la formación fuera 100% estable. Allí se determinaría “una dinámica  donde la importancia es llegar a un sonido y el formato puede ir cambiando a favor de la música”.

Mutant3 llega, en el caso de Ariel, con el background de haberse dedicado intensamente a la producción en los últimos tiempos. “La experiencia de producir me permite confiar en las decisiones. Si quiero llegar a este audio puedo ir por acá o por allá. Esa confianza me dio la tranquilidad de si quería hacer algo un poquito más digital y un poco más electrónico, podía probar y ver qué métodos  usar para llegar a eso”. El proceso implicó también darle más lugar a la voz de Belén, lo que hizo reconfigurar algunas maquetas y “coordinar nuestros dos registros”. Otra instancia fundamental para “recalcular” se dio cuando las baterías estaban grabadas. “Cuando terminamos sentí que se había vuelto muy orgánico. Hablé con los chicos si no se ofendían si vuelvo a producir esas batas y samplearlas. Fue un re labarito. Había mucha data para armar un rompecabezas. Fue entender que   lo orgánico iba a estar en función a los digital y no al revés”.

Con las letras aplicarían, en cierto modo, la misma metodología desprejuiciada. “Me parece un poco eso el texto. No me considero un gran escritor. Me gusta la música en sí y la música de las palabras. Entiendo que me costó llegar a ese lugar.  A veces veo letras viejas que me dan algo de vergüenza, pero siento que estaba en un proceso de aprender a hacer eso. Y que también me lo respeto. Pero a la hora de crear canciones nuevas parto ver que textos son interesantes, sabiendo que voy a jugar con eso… y hacerlo pedazos”.

De cara al futuro, Ariel no descarta presentarse en vivo con pistas y controladores, como tampoco combinar con instrumentos.  “Cualquier de los dos formatos es posible.  Pero todo alrededor del sonido electrónico. El corazón del disco”.