Tras rendir homenaje en años anteriores a personalidades como el ex presidente venezolano Hugo Chávez o el cantautor cubano Silvio Rodríguez, el premio Rodolfo Walsh será entregado esta vez a Carlos «Indio» Solari, músico, letrista y ex líder del emblemático grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El reconocimiento que año a año es entregado por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (FPyCS) de la UNLP ahora irá a manos del cantante que hoy es sinónimo indiscutido de la cultura popular.

«La grandeza y sensibilidad para expresar los sentidos, las voluntades, las miserias y las emociones colectivas, y su determinación para involucrarse en la defensa de los intereses y el bienestar del pueblo», son algunos de los puntos que, según las autoridades de la casa de estudios platense, ameritan este reconocimiento al rockero de 72 años que trascendió las fronteras de la música y se convirtió en un ícono cultural, social e incluso ideológico para varias generaciones de argentinos y argentinas.

«El ‘Indio’ se construyó como referente indiscutible de la música, la cultura, la política y la comunicación por su responsabilidad con la palabra y los procesos sociales y su compromiso con la defensa de los derechos humanos», fue la definición de la Agrupación Rodolfo Walsh, conductora del centro estudiantil de la FPyCS y principal impulsora de la entrega anual del galardón.

«El ‘Indio’ es como Diego Maradona: ambos son personas que logran unir al pueblo y a varias generaciones. Además, las luchas del Indio son las que siempre nos encuentran militando. No es casual que siempre sea atacado por los poderes hegemónicos», expresó la propia decana de la Facultad, Andrea Varela.

Si bien el premio Rodolfo Walsh fue entregado en ocasiones a artistas argentinos relacionados con la música popular y la cultura juvenil, como el grupo La Renga (2015) o el rapero Wos (2018), el caso de Solari resulta paradigmático. Se trata acaso del ejemplo por excelencia que construyó la idea misma de marcar un camino artístico al margen del mercado comercial, de los grandes medios de comunicación y de la misma industria del consumo.

Desde finales de los setenta, el joven Carlos Solari supo hacerse un lugar en el circuito de la cultura como integrante de la bohemia itinerante que alternaba actividades artísticas de vanguardia con grupos de activismo político, con la convulsión latente de los años de la dictadura. Pero sería a comienzos de la década siguiente cuando su lugar como cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (con base fundacional en la ciudad de La Plata) lo pondría en el mapa de la música, en un lugar tan llamativo como inclasificable.

Sumado al particular sonido de los Redondos, que combinaba clima festivo con una sutil aura de oscuridad, lo más distintivo sería sin dudas la poesía de Solari, cargada de guiños, sugerencias y códigos encriptados, imposibles de penetrar para el idioma comercial. Casi un llamado a darle la espalda a las convenciones y ataduras de la cultura oficial, y a escuchar un mensaje hecho por y para las calles.

Cabe aclarar que, aunque su principal espacio de expresión fue la lírica ricotera, Solari puede observarse como escritor, poeta e incluso ocasional periodista de la mítica revista underground Cerdos y Peces, en cuyas páginas apareció por primera vez «El delito americano», serie de crónicas y panfletos experimentales en prosa.

Si bien la banda se mantuvo en un principio como un grupo de culto para un gueto reducido de intelectuales y artistas marginales, la atención comenzó a ser cada vez mayor para seguidores que comenzaban a llegar de las barriadas del gran Buenos Aires, atraídos por el espíritu contestatario y rebelde que inspiraban las palabras de Solari.

Tras el salto de bares y sótanos a clubes y estadios, llegó también el ojo vigilante de los grandes medios de comunicación y la policía, que miraba con desconfianza la comunión entre multitudes de jóvenes y el mensaje crítico de Solari, cuyo contenido cobraba fuerza al no negociar con grandes sellos discográficos y productoras y por el estricto rechazo a las apariciones en televisión.

Con la llegada a la masividad, en la década del 90, la banda fogoneó a una generación entera de jóvenes que, en pleno retroceso de la política y vaciamiento de las instituciones, comenzaron a ver en la poesía de Solari la posibilidad del rock no como un engranaje más de fama y fortuna, sino como un canal de denuncia y resistencia contra las injurias del sistema. Ese mismo abrazo de las multitudes convirtió al grupo en el más convocante y movilizador del rock argentino, hasta su disolución.

Desde entonces, el Indio Solari continuó su carrera en solitario, grabó cinco discos y mantuvo intacta la fidelidad de cientos de miles de seguidores que, en cada concierto que brinda en cualquier parte del país, peregrinan en multitud con una devoción casi religiosa.

A pesar de contar con dos películas sobre su carrera solista, decenas de libros sobre su persona y una biografía oficial de casi mil páginas narrada en conversaciones con el escritor Marcelo Figueras, la figura de Solari no deja nunca de guardar una cuota de enigma y misticismo.

Hoy, casi veinte años después de la separación de los Redonditos de Ricota, el presente encuentra a un longevo Solari todavía activo en la música, consagrado como un referente de masas (incluso por los propios medios que alguna vez vieron con desdén su obra) y reconocidos posicionamientos políticos, como lo demostró con su pronunciamiento a favor de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo o como cuando, en plena campaña electoral de 2019, manifestó su apoyo al proyecto y el legado de Cristina Fernández de Kirchner al afirmar que durante su mandato «simplemente vi una sociedad que vivía mejor, como yo no lo había visto nunca». Para él y su legado será esta vez el premio Rodolfo Walsh.