Por Manón Protto Baglione

Antonio Gramsci afirmaba que en una crisis «el viejo mundo no termina de morir y el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». En el caso de la sociedad argentina, pocos retrataron esos monstruos con una mirada tan crítica y a la vez comprometida como la de Horacio González. Fotografías que dan cuenta de procesos que entierran sus raíces en el barro de la historia y que permiten descubrir indicios de las existencias libres que cada época tiene la potencia de parir.

Como afirmó al recibir el Honoris Causa de la Universidad Nacional de La Plata en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, en el año 2013, para ello es necesario combatir «la creencia de que hay conocimientos estables legislados por castas y que nuestro papel sea el de convertirnos en intermediarios divulgadores, creando de este modo un nuevo proletariado de consumidores culturales y una suerte de servidumbre voluntaria».

Integrante de lo que Alcira Argumedo, a quien también recientemente despedimos, llamó la matriz de pensamiento nacional y popular argentina y latinoamericana, Horacio González fue un intelectual rebelde ante el disciplinamiento y fraccionamiento de los saberes, sensible al devenir contradictorio de la sociedad y la cultura y ajustado al principio propuesto por Walter Benjamin de «pasarle a la historia el cepillo a contrapelo».

Fue un promotor indeclinable de escrituras ajenas, militante entusiasta de diversas trayectorias y experiencias universitarias, «una suerte de pudoroso maestro», como lo definió Florencia Saintout aquella tardecita en el Edificio Néstor Kirchner cuando las canciones de Fito Páez celebraron la consagración ante un auditorio colmado y encendido.

Anfibio y camaleónico, pero no como defecto genético sino a partir de la decisión política de serlo, Horacio González siempre encaró la tarea insoslayable de situarse en medio de las tensiones constitutivas de la producción de saberes críticos. Con un pie en la vanguardia y otro en las tradiciones, educador popular y sociólogo complejo y en ocasiones críptico a la vez. «Quizás cada escritor, cada ensayista -¿no es por algo que se llaman así?- permanece en la trastienda de las épocas para que alguien se conduela de una lejanía que no debería ser inevitable», duda en el prólogo de Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia, el libro de Roberto Carri.

Productivo hasta sus últimos tiempos, se hizo cargo en marzo de 2019 de la dirección local de la editorial internacional Fondo de Cultura Económica. Quien fue durante diez años, entre 2005 y 2015, director de la Biblioteca Nacional, nos lega un patrimonio provocador y vital de abordajes sobre el periodismo, la literatura, la historia, la política y el pensamiento crítico.

El vacío que inaugura su ausencia, entre el dolor de su compañera Liliana Herrero, familiares y amigos, la nostalgia y el agradecimiento de decenas de generaciones de estudiantes y el respeto y el reconocimiento de sus adversarios intelectuales, es insoslayable. Su presencia renacerá ahora, venturosa y tenaz, cada vez que descubramos sus enseñanzas en nuestros compromisos políticos y en nuestra mirada sobre la realidad.