Por Ramiro García Morete

“Sin hablar de más, solo estar ahí/ contemplando como todo se suspende”. Según la RAE -esa policía semántica- por ruido deberíamos entender “sonido inarticulado, por lo general desagradable”. Pero el lenguaje es más que vocabulario, y las palabras, amigues, mejor aprenderlas en poemas y no tanto en diccionarios. Posiblemente algo así piense Antonia Navarro. Lo que sí está claro es que la obsesiona eso que se genera en la (des)articulación, no solo del sonido, sino de las personas. Esa interferencia que rompe con el esquema lineal y arquetípico de un emisor y un receptor.

O quizá no haya pensado nada de eso la primera vez que visitó en su casa de Palermo a Benjamín Riderelli, quién había realizado algunos live sets que dispararon la idea. “Hagamos una canción electrónica”, coincidieron solo como excusa para el juego, y desde el Mondongo la joven chilena viajó con su Shure PG48. Allí la esperarían la TR-8 y “una máquinas bacanas”. Adentradxs en el viaje, paulatinamente se invertiría el concepto: la electrónica casi por delante de la canción.

Pero no por encima. Abruptamente llegaría la pandemia y el aislamiento. Sin embargo, los temas surgirían con notable fluidez pero desde un lugar distinto. No solo porque sortearían esa interferencia llamada distancia compartiéndose beats o sonidos, sino por el enfoque. Antonia ya no pensaría las canciones desnudas para luego vestirlas con los recursos a mano, sino que compondría en función de esos beats, de esos sonidos… Así surgiría “Lineal”, esa pieza que combina un pulso hipnótico, arpegiadores, paneos, kick punzante y texturas donde la etérea voz de Navarro funciona como un delicado telón. La canción surgiría de las sesiones en el estudio Pablo Bursztyn, quien oficiaría de productor.

El término “utilizado por los futuristas italianos de los años 20 para dar nombre a unas máquinas que hacían música a partir del ruido” representaría a la perfección no solo la musicalidad propuesta, sino el espíritu contemporáneo sujeto a la tecnología y a las nuevas formas de vincularse. Ni mejores ni peores, solo campos nuevos a explorar para descubrir que quizá el ruido no sea más que música o viceversa. Y que la interferencia solo es otra forma de conexión, al menos para Intona Rumore.

“Es nuestra presentación con Benjamín como dúo -expresa Navarro-. Simboliza la comunicación. Siempre estoy hablando de eso: del habla, del lenguaje, de la forma de comunicarnos que tenemos. Es otra arista en la que podemos hablar de eso también. Como a veces por más que unx se empeñe en hablar o decir algo, si no hay una buena conexión es difícil de entender…” Y se extiende: “Tiene mucho que ver todo como lo no definido. Y no siempre tiene que ser así. A veces es justamente el ruido y esa cosa difusa lo que se quiere comunicar. Trasládalo al hoy. Con la pandemia, la mayoría de nuestras relaciones son virtuales y todo se trabaja de esta manera. Esto que nos está pasando ahora (N. de R.: la nota se hizo por teléfono)… Por más que es difícil o no, es como si fuera la vida real, igual nos terminamos de entender. Es un lugar distinto y también interesante”.

El concepto se traslada a lo musical desde “el hecho de que los ruiditos y la parte hipnótica de la música tenga el mismo protagonismo que la letra. Yo puedo escribir por ejemplo que me siento mal, pero capaz que hay un lugar en la parte musical que te lo dice sin decir nada. Y eso es a lo que vamos jugando con los sonidos”.