Por Ramiro García Morete

“Una pluma cae suave desde el cielo/ a veces señales, a veces momentos”. Después de catorce años y jornadas de ocho horas –asegura- podés sentirte “un ratón”. Pero justo un rato antes de abrir las puertas y exponerse a la pálida luz blanca de los tubos y las rutinarias conversaciones sobre la cena de la noche anterior, se toma un momento -y un mate- para ella. Allí, en ese patio que no tiene jazmines como el de su hogar, que también supo ser la casa de su abuela.

Pero hay luz natural. Aquella mañana de febrero -muy poco antes de que la pandemia nos hiciera sentir un poco ratones a todxs- asistiría a un evento tan simple como significativo: una pluma cayendo suavemente desde el cielo. Posiblemente registró la imagen en algún papel a mano o en alguna de las veinte agendas o cuadernillos que acumula con frases, tachones, dibujos o versos. “Cero organizada”, constatará. Caos que en algún momento -y generalmente en ese patio casero por Parque Castelli- cobra forma con su Kramer electrocriolla.

O con la  “viejita” que hoy está en el luthier y que –al parecer- solía tocar su padre. “Hija de la vejez” -tal como bromeará-, la pequeña nunca lo vería con ella, pero sí heredaría el gusto por la música brasileña y sobre todo el jazz. Particularmente aquel cassette de Ella y Louis que a los ocho años escuchaba una y otra vez en el “grabador verde con forma de huevito”, mientras cantaba mirándose al espejo. Aquello la marcaría tanto como -unos años después- la visita junto a su hermana diez años mayor al Musimundo que vendía cd´s y no lavarropas. Con doce o trece años, la tentadora oferta de “elegí lo que quieras” se inclinaría por Britney. Con la autoridad de quien entiende que la libertad es algo más complejo, su hermana sería reveladoramente tajante: “No”. Y a cambio le daría -junto a uno de Marley- el álbum que sentaría las bases de gran parte de lo que suena treinta años después: “The Miseducation”, de Lauryn Hill. “El disco de mi vida -sentenciará-. Me abrió un universo. Me voló la mente para siempre”.

Para siempre estaría la música en esta alumna del Normal 3 que también tocaba el teclado y que siempre había “inventado” canciones. Allá por el 2003 haría coros para una agrupación de hip hop, La Familia. Pero recién en La Filomena formalizaría su rol de compositora. En el medio, el “para siempre” tendría una breve pausa a raíz de la maternidad y -sobre todo- algunas concepciones que con el tiempo cambiarían. “El feminismo ha sido un cambio fundamental de cabeza, de emociones. Me ayudó a entender muchas cosas”, explicará.

“Así como todo cambia, también cambia mi sonido”, dice. Lo cierto es que tras aquella mañana de febrero, llegarían meses de encierro y de profunda introspección. Alguna tarde o noche, sentada en el patio, caería como aquella pluma ese “estribillo esperanzador” que reza: “Subiremos alto cuando todo esto pase, y veremos cómo todo reverdece” . Aunque no se considere “una persona muy optimista”. “Sin embargo algo dentro mío sí. Tengo algún rincón de buena onda”, bromeará, y no tanto. Al igual que alguno de sus versos, pendulará siempre entre luz y sombra, entre duda y certeza.

Como cuando la noche previa a grabar voces, tras meses de trabajar a distancia con Pancho Garat  y ejercitar la paciencia, decidió que necesitaba otro sonido. El productor lo había advertido y con guitarras acústicas en pulso casi de bossa arribarían a esa fusión de soul y música latina donde también hay lugar para que su cálida y versátil voz se anime al rap. Casi las mismas coordenadas que Una China, la banda que encabeza y que por razones obvias no podía ensayar.

Pero desde un lugar distinto, tomando las decisiones y poniendo el cuerpo. “Reverdece” sería el resultado y primer single solista de Chicha Rossi, quien supo ver la señal, el momento: si una pluma cae, será porque un par de alas han de remontar vuelo.

“Es una canción que compuse en un momento en que me ponía a escribir y componer o me tiraba dormir para siempre -introduce la artista-. Y es una canción que habla de pequeñas sutilezas que aparecen en lo cotidiano que nos dan un respiro. Que no está todo tan mal. O sí, pero igual encuentro un poco de sentido. Reverdece es una palabra que tiene un significado muy poderoso. Eso que renace, que se vuelve a poner verde, que tiene vida de nuevo, después de haber estado muerto y seco”. Si bien le da algo de pudor, la otra palabra que sobrevuela la canción es “esperanza. Querer que en algún momento las cosas estén bien”. Y todo en plural. “Me parece fundamental a pesar de todo esto seguir encontrándose, de alguna manera, y haciendo familia con quienes queramos”.

“La idea es para fin de año tener un EP -anticipa-. Reverdece es parte de un conjunto de canciones, pero creo que lo que prevaleció es que me daban muchas gana de sacarlo. Fue difícil calmar la ansiedad y un buen momento para el aprendizaje”.

El single salió acompañado de un video de gran producción, entre el río, danzas, fuego y cierto aire ritualista. “Fuimos nueve mujeres en un proyecto re contra autogestivo, re contra a pulmón. ¡Un amor se movió en todo ese proceso! Pensé en hacer un video más simple, y cuando se lo conté a las pibas dijeron: vamos por todo. De ser tres, terminamos siendo nueve y el apoyo y cuidado entre nosotras fue hermoso”.

Rossi no oculta su satisfacción: “Después de tantos años de apostar y dedicarle tiempo. Hay cosas que no salieron, temas que quedaron en el olvido… haber logrado sacar este material me llena de alegría. Es solista pero hay aliades. Encontrarte con gente que está ahí, para bancarte… esa energía es zarpada”.