Por Gabriela Calotti

«Mi hermano era mi apoyo, mi sostén espiritual […] No quisiera irme de este mundo sin saber qué hicieron con él, cómo fueron sus últimos días. Dónde lo tiraron, dónde están. Alguien tiene que saber dónde están. Estos se están muriendo todos y ninguno dice nada. Podrían hacer algo bueno antes de morir. Seguro que Etchecolatz lo entregó al Plan Cóndor», reclamó Melania Servín Benítez ante el Tribunal Federal Nº 1 de La Plata. El testimonio se dio en el marco del juicio que se lleva adelante por los delitos de lesa humanidad perpetrados en los llamados Pozos de Banfield, de Quilmes y El Infierno de Lanús.

Santiago Servín Benítez, paraguayo de nacimiento, se había venido a la Argentina tras salir de la cárcel en el Paraguay de Alfredo Stroessner, el dictador que se mantuvo en el poder entre 1954 y 1989. Santiago había militado en el Partido Comunista paraguayo. Tiempo después, fue Melania quien se radicó, como su hermano, en San Francisco Solano, la barriada popular del sur del Conurbano.

Santiago fue secuestrado durante la madrugada del 7 de septiembre de 1976 en su casa, junto a su sobrino, Atilio Servín Portillo, quien estaba durmiendo allí. Santiago tenía 51 años y su sobrino 27.

Santiago era el director del periódico La Voz de Solano, una publicación quincenal vecinal donde también escribía, como otros periodistas, “en contra de la dictadura”, contó Melania antes de recordar a los “100 periodistas desaparecidos” por obra de la dictadura cívico-militar.

Según le contaría al día siguiente su cuñada, Deolinda Paniagua, varios hombres, «aparentemente militares» pero que «estaban de civil», irrumpieron en la vivienda «a eso de la 1.30 o 2 de la mañana». Melania no olvida que el día anterior el perro guardián de la casa había sido envenenado. «Pensamos que hicieron eso a propósito para poder entrar tranquilos», recordó.

En reiteradas ocasiones, indicó que días antes había sido secuestrado José Estevao, compañero de su hermano y también periodista en La Voz de Solano.

Santiago era promotor de vinos a la mañana y a la tarde se iba al periódico. Los hombres que secuestraron a su hermano no se olvidaron de revolver toda la casa. «Se llevaron el sueldo que él había cobrado, ropa, cosas de él, los escritos y el borrador de una novela que estaba escribiendo».

A la mañana siguiente, ella y su cuñada empezaron a ir a comisarías para averiguar por el paradero de Santiago en Solano y en La Plata, inclusive yendo a preguntar al regimiento de infantería de City Bell, contó Melania en el comienzo de la audiencia número 30 de este juicio que llega 45 años después de aquellos secuestros.

Sin perder su acento paraguayo y por momentos con el rostro paralizado por la congoja y el dolor, fue tajante al afirmar que «nadie nos decía nada». Muchas veces ella iba con su bebé en brazos. Apoyada por abogados de la Liga Argentina de Derechos del Hombre, lograron presentar varios hábeas corpus.

A poco más de dos semanas apareció su sobrino. Lo habían dejado una madrugada en el Parque Pereira Iraola.

Con la democracia fueron a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), pero tras el Juicio a las Juntas (1985) «nos dimos cuenta de que él no iba a aparecer más», sostuvo antes de hacer una pausa para secarse los ojos. «‘Mataron a todos mamá, no esperes más’», le dijo su hijo mayor.

A través de testimonios de otros secuestrados, la familia Servín Benítez pudo saber que Santiago había estado cautivo en la Brigada de Investigaciones de la Bonaerense de Quilmes, conocida como Pozo de Quilmes.

«Empezamos a saber de gente que estuvo con él», dijo Melania, y se refirió a un testimonio de Gustavo Calotti, un joven de 17 años secuestrado en La Plata. «Él cuenta que estuvieron juntos en el Pozo de Arana, y coincidieron con los chicos de la Noche de los Lápices. El 23 de septiembre fueron trasladados a la brigada de Investigaciones de Quilmes. Allí permanecieron hasta mediados de octubre. Mi hermano y mi sobrino. Parece que fue llevado al Pozo de Banfield. Calotti se fue, pero ahí quedó mi hermano y de ahí lo largaron a mi sobrino».

Cuando se enteraron del llamado Plan Cóndor, un esquema de represión coordinado entre las dictaduras del Cono Sur en los años 70, confirmaron que Santiago estaba en una lista de más de cincuenta paraguayos secuestrados. «Supuestamente fue llevado a Paraguay con el dictador Stroessner», afirmó Melania.

La hermana de Santiago recordó su participación en el movimiento en contra de la Guerra de Vietnam que por aquellos años recorría el mundo, y contó también que le pasaba escritos a máquina a su hermano.

«Me gustaría saber qué hicieron de él porque realmente era un hombre bueno, muy inteligente, muy capaz», sostuvo Melania luego de leer un extracto del testimonio de Calotti, el compañero de celda de Santiago en el Pozo de Quilmes.

«Santiago Servín era un hombre bueno, y no creo que yo lo idealice en el tiempo. Solidario, de no perder la calma, de alentar a los que estábamos a su lado. Tal vez haya sido el último en verlo con vida. Era de una gentileza, de una bondad… Tenía 50 años. Nosotros lo llamábamos viejo, abuelo. Todos los días me contaba un capítulo de su libro. Lo recuerdo con cariño, con entrañable cariño», leyó Melania tratando de contener la emoción.

Hace muchos años el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) le tomó una muestra de ADN, al igual que a sus hermanos en Paraguay. «Se sigue buscando, pero no aparece», volvió a lamentarse al finalizar su intervención.

El esfuerzo de los testigos 45 años después

Los testimonios presentados hoy ante el TOF Nº 1 que integran los jueces Ricardo Basílico, Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditti y Fernando Canero, todos ellos subrogantes en este tribunal, mostró una vez más el esfuerzo que los familiares de detenidos-desaparecidos siguen haciendo de forma denodada para retener en sus memorias los más mínimos detalles de los secuestros ocurridos hace casi cinco décadas y por los que aún siguen exigiendo justicia.

Ese es también el caso de Ricardo Salvador López Martín,
hermano de Ángela López Martín, secuestrada a los 30 años la madrugada del 25 de septiembre de 1976 en su casa materna de La Plata, ubicada en la calle 96 entre 123 y 124.

Ángela trabajaba como profesora de Geografía del Colegio Nacional Rafael Hernández de la UNLP y era la novia de Osvaldo Busetto, integrante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Este militante fue baleado en 7 y 54 y pasó por los centros clandestinos de detención de Arana y de Quilmes. Permanece desaparecido.

Ángela también daba clases en la Escuela Agraria de Bavio, en la Facultad de Arquitectura, y en algún momento dio clases en un secundario de San Pedro, Misiones, porque en La Plata no había vacantes, contó su hermano, pese a sus dificultades al hablar.

Aquella madrugada, unos quince hombres que se presentaron como del Ejército, vestidos de civil y con borceguíes militares, entraron a su casa y se llevaron muchas cosas de la habitación de su hermana.

Él afirma que tras el secuestro de su novio, su hermana fue a su departamento a buscar unos documentos. Él supone que esos documentos fueron los que encontraron los represores que irrumpieron en su casa.

Por testimonios de sobrevivientes del genocidio como Nora Ungaro, Walter Docters y Pablo Díaz, «nos enteramos de que ella estuvo en la División Cuatrerismo de la Policía Bonaerense en Arana, en la Brigada de Quilmes y en el Pozo de Banfield», afirmó Ricardo López Martín.

Recuerda claramente que la noche del secuestro su hermana le pidió a su mamá que se pusiera en contacto con un pariente militar, y que uno de los secuestradores le dijo «a vos no te salva ni Videla».

La familia presentó un Hábeas Corpus y fue inclusive a la embajada de España, porque Ángela había nacido en ese país. Fueron a la Conadep y en 1997 él mismo declaró ante el juez español Baltasar Garzón, por entonces a cargo del Juzgado de Instrucción Nº 5 de la Audiencia Nacional, principal instancia penal española.

Tras el secuestro de su hermana, su madre tuvo un cáncer de estómago. «Falleció a los dos años y medio del secuestro de mi hermana. Quedamos mi papá y yo. La casa quedó desarmada prácticamente. Ya no fue lo mismo», aseguró Ricardo.

Hace unos años supo, por una antigua alumna de Ángela en Misiones, que tras el secuestro de su hermana los militares fueron al pueblo de San Pedro. Detuvieron a los alumnos que hablaban bien de aquella profesora de Geografía que también enseñaba matemáticas en esa escuela «en el medio de la selva».

Por una ley contra el negacionismo

«A mí me cuesta mucho estar en este lugar. Hablar de todo esto, que es una historia de mucho dolor. Quiero decir que me duele que haya un gobierno o una sociedad que descalifica o niega a los desaparecidos. Yo no elegí pasar por estas situaciones. Me duele mucho cuando lo niegan. Es una historia dolorosísima para las familias de desaparecidos. Me gustaría que en algún momento se haga una ley contra el negacionismo, como existe en Alemania, por ejemplo», reclamó Valeria Gutiérrez Acuña ante el TOF Nº 1 casi al concluir su testimonio.

Valeria nació en el Pozo de Banfield durante el cautiverio de su mamá, Liliana Isabel Acuña. En ese momento, Liliana, estudiante de Agronomía, estaba casada con Oscar Gutiérrez, sociólogo y estudiante de Economía.

Según la reconstrucción que ella pudo hacer con ayuda de sus familiares biológicos, con quienes pudo reencontrarse en 2014, sus padres fueron secuestrados la madrugada del 26 de agosto de 1976 en su casa de San Justo. A bordo de cinco autos, varios hombres entraron «de mala manera» a esa vivienda. «Se los llevaron detenidos a la fuerza a la Comisaría 4ª de San Isidro, denominada Las Barrancas», contó Valeria. Su madre fue trasladada al Pozo de Banfield.

A los 23 años se enteró por una prima que no era hija biológica del matrimonio que la crió. Su padre de crianza, de apellido Fernández, estaba trabajando en Banfield en el momento en que recibieron a Valeria.

Su madre de crianza le contó que el 30 de diciembre de 1976 los llamaron por teléfono diciéndoles que «habían encontrado en una ruta un bebé recién nacido».

La fecha de nacimiento que figura en su acta es el 31 de diciembre de 1976. «Me dijeron que había llegado como un bebé recién nacido con el cordón recién cortado. Había llegado en malas condiciones. Estaba envuelta en un trapo sucio», relató ante el Tribunal.

Su hermano, también adoptivo, había llegado en cambio «con ropa limpia y en buenas condiciones».

«Cuando me entero que mis padres no eran mis padres, empecé a hacer terapia como para poder buscar la verdad, estar apoyada, contenida […] Llego a Abuelas porque quería saber hasta las últimas consecuencias. Tenía muchas posibilidades de ser hija de desaparecidos por la fecha de nacimiento. Quería saber», afirmó con el rostro serio y angustiado.

El 5 de febrero de 2014 Valeria recuperó su verdadera identidad y también a su familia biológica. «Encontré dos tíos, primos… para mí fue doloroso porque había una abuela que me estuvo buscando desde el primer momento […] me dio mucho dolor no poder encontrarme con ella», lamentó.

Su abuela, Vilma Sesariego de Gutiérrez, fue una de las fundadoras de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, pero no llegó a conocer a su nieta.

En estos años, Valeria fue a la casa de San Justo donde vivían sus padres. Recuperó de sus familiares muchas cartas de Isabel y de Oscar donde hablaban de su amor, sus proyectos e ilusiones.

Valeria aseguró que fue criada con amor y que tuvo «una infancia feliz», pero es muy clara al afirmar que «es muy doloroso que alguien haya decidido por nosotros», en alusión a quienes la arrancaron de su madre para entregarla a otra familia.

«Desde el momento en que me enteré que era adoptada, hice de todo, porque quería que ellos supieran que estaba con vida y que estaba bien. Tenía mucha necesidad de encontrarlos», precisó. En la familia de sus padres biológicos «encontré una familia que me contiene día a día», aseguró.

El presente juicio por los delitos perpetrados en las Brigadas de la policía bonaerense de Banfield, de Quilmes y de Lanús es resultado de tres causas unificadas, con sólo dieciocho imputados y con apenas dos de ellos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. El resto está cómodamente en sus casas.

El juicio oral y público comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia por covid-19. Por los tres CCD pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas de ellas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos prestarán declaración en este juicio.

Las audiencias pueden seguirse en vivo por diversas plataformas, entre ellas el canal de YouTube de La Retaguardia y la página de Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria. Para obtener más información, consultar el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP.

La próxima audiencia será el martes 22 de junio de 2021 a las 9 hs.