Por Ramiro García Morete

“Yo quiero verte como sos/ cantando desde este rincón/ Que sepas en verdad quién soy”. La canción (“Para cuando salga el sol”) tenía un tiempo más e inclusive la había compuesto con la guitarra. Generalmente no las traslada porque cada instrumento pide y da algo distinto, dirá con otras palabras. Pero con el sonido del piano cobraba otro peso. Aunque las teclas del sintetizador Roland no tengan, precisamente, peso.

Y es que el Roland de 88 teclas había quedado junto a la mitad de sus cosas en Palermo. Sí, el mismo que su madre le regaló en febrero de 1999 cuando lo descubrieron desempolvando un Casio de su primera infancia. Apenas había tomado algunas clases, pero la presencia de Charly, Fito o Queen habían marcado esos años. Luego llegarían Nirvana, Smashing Pumpkins y –básicamente- las guitarras. Y la primera canción: “1993”, cuando el platense preadolescente ya ensayaba en La Paternal y -dado que una de las madres reservaba la sala- la banda se llamaba “De parte de Mónica”.

Pero muchos años y discos después, la primavera lo encontraría en el PH de San Cristóbal. Ahí, en el mismo rincón que había adoptado en las noches del duro invierno cuando la familia “ensamblada” reposaba. Ese lugar sería -o así dirá- “como el pedazo de madera del Titanic”. Apoyado sobre un par de cajones verdes de “La Serenísima”, conectado a un parlante y sentado en un almohadón, el sintetizador le había devuelto durante esos meses melodías y armonías que inicialmente no tenían un propósito muy claro. Igual que los textos bocetados en el cuadernillo azul, anillado y sin renglones, entremezclados con dibujos, tachones y acordes.  O los audios de celular, ya que si bien gusta de los softwares de audio prefiere no “perder tiempo” en ellos.

Y es que el tiempo -que es todo lo que falta y todo lo que sobra- ordenaría aquello. La casa, las ideas y un cúmulo de emociones que no podían ser traducidas con poesía simbólica, rasgando su amada Epiphone o a través de la experimentación tonal con su Alpujarra española. Igual que el nuevo hogar, las partes se acomodarían y ensamblarían sobre las teclas. Y es que la guitarra vibra sobre el pecho -dirá- y en el piano las cosas de ven -por decirlo de un modo- con cierta perspectiva. Los sentimientos fluirían naturalmente del mismo modo que esas influencias que nunca ocultó, pero ahora de un modo inédito. Piezas honestas y bellas, atravesadas por ese denominador común que son los Beatles y donde el piano marcaría el pulso de una banda con notables invitados como Fernando Samalea o Lucy Patané. Baladas mid tempo o en tiempo de vals, pasajes intensos y reposados, para que la voz en primera persona aborde sin rodeos los grandes asuntos: vida, muerte, amor, desamor. Junto a Claudio Lafalce en la producción, la estética sonora respetaría e interpretaría ese espíritu orgánico. Tanto que al verse como en verdad es no dudaría en llamar el disco con su propio nombre: Gastón Massenzio.

“Este disco es un poco la condensación de mi esencia, quién soy -introduce abiertamente Massenzio.- Imagino que puede ser una foto dinámica que sintetiza mi historia y que quizá marca un punto de partida al futuro”. Y explica: “Yo tengo varios discos y todos tuvieron distintas búsquedas muy conceptuales. Con un abordaje más temático, algunos en la experimentación de la guitarra, de la afinación”. Pero sus juegos nocturnos con el piano y esos fragmentos de escritos madurarían en canciones distintas o novedosas para él. “Uno después acusa recibo de lo que le pasa subconscientemente. Vi que tenían un significado más profundo, que todo eso que salía del piano tenía que ver con mi historia, con mis influencias más importantes. Con lo que esencialmente más me representaba. Inclusive en las letras que antes eran más simbólicas o abstractas en relación a una búsqueda de textura. Esto era mucho más concreto: la vida, la muerte, al amor, el desamor. En primera persona y con la desnudez que implica”.

Massenzio menciona artistas que lo han marcado, pero celebra cómo todo aquello decanta con la fluidez de quien gracias a ello siente que ha adquirido su propia personalidad. “Me gusta haber logrado un trabajo que condense quien realmente soy. Elliot Smith, Nick Drake… me han marcado. Y naturalmente uno se apropia. No es que dice: voy a tomar de acá. Uno está tan imbuido que esa influencia se vuelve propia y nunca las negaría. Me gusta que te atraviesen, que se entremezcle y pase por el filtro de la óptica que uno tiene de la vida construida en base a la lectura, el cine… Me gusta que salga a la luz. No soy yo buscando un trabajo experimental. Soy yo al 100 por ciento y me sentí hasta desnudo”.

Para lograrlo, todo tiene que “decantar y caer las fichas en su debido momento. Hubo también una crisis global forzosa a la que fuimos -por lo menos invitados-. Todo hizo que algunas cosas sentaran algún tipo de jurisprudencia musical. Poder madurar un duelo, resignificarlo y ponerle las palabras que necesito. Porque necesito transformarlo en algo como una especie de método de supervivencia que casi no lo elegís. Poder encontrar una maduración dentro de sí mismo para poder darle sentido. No hubiese sido sin los otros peldaños por los que fui pasando. Pero sí… lleva vida poder situarse y encontrarse”.