Por Gabriela Calotti

«Los sobrevivientes, los que vivimos el horror desde adentro, ya dijimos mucho, ya contamos mucho. Simplemente le pido a la Justicia que haga lo suyo porque los tiempos no nos juegan a favor para construir una Argentina sin impunidad, y así permitirnos a nosotros olvidar un poco», sostuvo Emilce Moler, de 62 años, al concluir un nuevo testimonio ante un tribunal sobre su secuestro y cautiverio en el Pozo de Quilmes, su paso por Arana y sus años de cárcel.

Junto a Patricia Miranda, Pablo Díaz y Gustavo Calotti, Emilce Moler es una de los cuatro sobrevivientes de los secuestros de numerosos estudiantes secundarios y militantes ocurridos en septiembre de ese año en la ciudad de La Plata, episodio bautizado como la Noche de los Lápices. La mayoría de esos adolescentes militantes estudiantiles siguen desaparecidos. Entre ellos figuran Claudia Falcone, María Claudia Ciocchini, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero, Víctor Treviño y Claudio de Acha.

«Son 36 años que vengo manteniendo la memoria. Uno tenía que mirar para adelante sin dejar de pensar en nuestro pasado, y eso para los sobrevivientes fue una carga muy fuerte, muy fuerte. Soy una persona grande, tengo cierta tranquilidad de que hicimos mucho para lograr las condenas sociales de los genocidas y las ejemplares condenas judiciales», afirmó Emilce Moler, que por aquellos años era estudiante de Bellas Artes y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES).

«Aunque logramos que la Argentina realmente condene las dictaduras, condene las desapariciones, las apropiaciones de los nietos y eso no es poco como país, faltan algunas cuestiones», subrayó sin perder su tono de voz claro y firme.

«Porque los genocidas hicieron una sola cosa muy bien, que fue callar, callar, y por lo tanto nosotros no sabemos dónde están los cuerpos de los compañeros y compañeras detenidos-desaparecidos, no sabemos dónde están los cuerpos de los chicos de la ‘Noche de los Lápices’, no sabemos dónde están los nietos que tenemos que recuperar y por eso seguimos hablando y por eso seguimos testimoniando a pesar de hacerlo desde hace 36 años», aseguró esta mujer menuda que ya no pudo volver a estudiar arte y se dedicó a las matemáticas.

Tras recordar que a partir de 1985, cuando tenía 26 años, tomó consciencia de la importancia de ser testigo en ámbitos judiciales y allí donde se requiera su declaración, pues la primera que hizo fue ante el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), Emilce Moler pasó a detallar los hechos desde la madrugada del 17 de septiembre de 1976 cuando un grupo que dijo pertenecer a las Fuerzas Armadas irrumpió en su casa en la calle 19.

«Buscaban a una estudiante de Bellas Artes. Apenas mi padre se acercó, pensando que por ser jubilado de policía iba a tener un mejor trato, lo encañonaron contra la pared», recordó. A pedido de su madre la dejaron vestirse y «me puse un gamulán». La subieron a un auto y siguieron por otras dos casas, en una de ellas levantaron a Patricia Miranda, «una compañera que no tenía militancia alguna», precisó.

Las llevaron al Pozo de Arana, en las afueras de La Plata, afirmó Moler, que pidió al Tribunal no brindar otros detalles sobre su cautiverio en ese «infierno» porque «todos los detalles de Arana ya están juzgados y comprobados» en un juicio previo y por «pudor», dado que una audiencia virtual es mucho más pública que las presenciales.

Allí en Arana estuvo en «condiciones inhumanas» desde aquella madrugada hasta el 23 de septiembre. En la celda de mujeres estaba con «Patricia Miranda, Claudia Falcone y María Clara Ciocchini, compañeras de la UES. Estaba Hilda Fuentes y Ana Arroyo Rodríguez de Giampa», relató. «En Arana también reconocí a Gustavo Calotti y a Horacio Ungaro, que era amigo mío. Horacio estaba pasando situaciones muy dolorosas y por supuesto Gustavo también», precisó.

Una noche los hicieron subir a un camión que «en un momento se detiene y hacen bajar a Claudia Falcone, a María Clara Ciocchini. También me doy cuenta de que en ese camión estaban Francisco López Muntaner, Claudio de Acha y Daniel Racero, todos compañeros de la UES».

«Nunca iba a saber que en ese momento se estaba determinando la vida y la muerte de distintas personas», sostuvo.

Ella, Patricia Miranda, Gustavo Calotti, Hilda Fuentes y Ana Arroyo Rodríguez de Giampa siguieron hasta lo que sería el Pozo de Quilmes. «Subimos unas escaleras y se enojaban, quienes me recibían decían: ‘qué van a traer acá, ¿un jardín de infantes?’, decían porque era muy menudita y cuando me querían poner esposas, se me salían».

Vendadas y atadas permanecieron en el Pozo de Quilmes. «Cada tanto nos traían agua, cada tanto nos sacaban al baño», contó. Días después la llamaron, le dieron un peine y le dijeron que tenía visita. «En eso apareció mi padre. Un subalterno le había avisado que su hija estaba ahí. Mi padre vino de madrugada y me vio», recordó, antes de contar que ella en ese momento pensaba que su padre venía para sacarla de ahí.

«Pero me dijo que no podía irme de ahí. Mi vida dependía de [Héctor] Vides y de [Osvaldo] Etchecolatz, que eran dos personas siniestras», sostuvo Emilce. Esa noche le dio a su padre algunos nombres de otras personas secuestradas allí.

En el Pozo de Quilmes «había pequeñas treguas» en el tratamiento a los secuestrados, «pero cambiaba en todo momento». «Siempre recuerdo a uno que vio el brazo infectado por las quemaduras de cigarrillos y me trajo pancután. Pero había otro que se ensañaba y me golpeaba en la cabeza con un llavero y nos tiraba acaroína pura en la cabeza».

En Quilmes estaban Nilda Eloy y Nora Ungaro, hermana de Horacio. «Le pude decir que había estado con su hermano en Arana», afirmó Emilce. También vio en Quilmes a Norma Andreu, a Ana Teresa Diego, a Ángela López Martín, a Marta Enríquez, quien estaba embarazada y a una chilena que se llamaba Eliana. Muchas de esas mujeres jóvenes están desaparecidas. Otras, como Nilda Eloy, no pudieron llegar con vida a este juicio.

«Casi a finales de diciembre, un día se acercan dos o tres personas, una guardia femenina inclusive, ponen en la celda una mesa y una máquina de escribir. Me desatan las manos y me empiezan a hacer una serie de preguntas, algunas absurdas, como preguntarme el domicilio. Me dicen que voy a quedar a disposición del PEN. Me dicen que firme… Tuve que firmar vendada», contó.

«A partir del 28 de diciembre estaba bajo disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Nos trasladan a Patricia Miranda, a Marta Enríquez, a Gustavo Calotti, a Walter Docters y a mí, nos ponen en una camioneta y nos tapan con una frazada. Nos trasladan a lo que después supimos que era la Comisaría de Valentín Alsina», donde pudieron empezar a recibir la visita de sus familiares.

En la celda ya estaban Mercedes Borra y Cristina Rodríguez. Días después llegó «Nilda Eloy en un estado deplorable». Allí, «cada tanto nos dejaban estar en el patio. Era muy importante» para ellas.

El 27 de enero de 1977, con 17 años, ingresó en la cárcel de Villa Devoto. «Las celadoras me leen los cargos: me imputaban todo. Tenencia de armas de guerra, tenencia de explosivos, asociación ilícita… Yo con mi inocencia lloraba y decía que no».

Estando en Devoto la venían a visitar sus padres, pero «me traían siempre malas noticias», confesó Emilce, antes de precisar que esas noticias eran el asesinato de Ricardo Cuesta, hermano de su novio; de su primo Daniel Mendiburu y de su otro primo, Patricio Tierno, en la masacre de Margarita Belén en el Chaco.

Después de que la entrevistara un militar, a su padre le diría «olvídese de su hija, su hija es irrecuperable para esta sociedad».

En Devoto cumplió los 18 y los 19 años. Hasta que un día le dieron la libertad vigilada. Para esto sus padres se habían mudado a Mar del Plata, pues «les habían dicho que yo era muy peligrosa y no podía volver a La Plata». Recién en mayo de 1979 recobró finalmente su libertad.

Emilce Moler mencionó a numerosos compañeros y compañeras de Bellas Artes y de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) que permanecen desaparecidos, como, inclusive, la directora de Bellas Artes, Irma Zucchi, y se refirió especialmente a Arturo «Patulo» Rave, responsable en la UES, asesinado en diciembre de 1975.

«Éramos jóvenes que creíamos en la política. No conocíamos la democracia y nos oponíamos a la dictadura. Creíamos que podíamos construir otro país», aseguró luego de nombrar a Alfredo Reboredo, a Abel Vigo, a Claudia Calcagno, desaparecidos.

El asesinato de Patulo Rave «fue nuestro presagio para saber que la edad no iba a ser un elemento que impidiera» que la represión brutal cayera sobre estos militantes estudiantiles.

Emilce Moler, quien hace unos meses publicó La larga noche de los lápices: relatos de una sobreviviente (Marea), con su versión de aquellos secuestros, pudo construir una familia, tuvo tres hijos con su anterior pareja y tiene tres nietas. «Fui libre cuando tuve a mi primera hija porque sentí que mi cuerpo se había recuperado de todo lo padecido», confió durante su declaración el martes último.

En cambio, «nunca más me dediqué al arte. Cuando siento olor a óleos no puedo dejar de pensar en tantos compañeros que fueron diezmados».

Emilce Moler mencionó a quienes tantas veces declararon ante un tribunal en la búsqueda de memoria, verdad y justicia como Nilda Eloy, Cristina Gioglio, Adriana Calvo de Laborde y también Jorge Wats, Cristóbal Mainer y Julio López, «nuestra herida abierta en esta democracia en donde seguimos preguntando ¿Dónde está?».

«Estos genocidas nos arruinaron cuatro generaciones»

Diego Martín Ogando nació en el llamado Pozo de Banfield durante el cautiverio de su mamá, Stella Maris Montesano, y de su papá, Jorge Ogando, quienes permanecen desaparecidos. El martes declaró desde Estados Unidos y contó su historia, antes y después de recuperar su identidad. Lamentó no haber podido conocer a su hermana, Virginia, que tanto hizo por buscar a su hermano menor y por conocer lo que habían padecido sus padres durante su secuestro.

«No siempre fui Diego Martín Ogando. Fui Diego Berestigui, que era el apellido de mis padres de crianza», arrancó este nieto recuperado en 2015 al declarar ante el TOF Nº 1 de La Plata.

Armando y Sofía «me adoptaron, entre comillas, porque no fue una adopción legal», precisó, antes de indicar que la «adopción» se hizo en una clínica de Wilde el 17 de diciembre de 1976. «Fueron ahí, llevaron dinero y me compraron», aseguró este muchacho que se enteró sobre su verdadera identidad en 2015. Después supo que allí nacieron otros bebés de jóvenes que siguen desaparecidas.

Su abuela paterna, Delia Giovanola, hoy de 95 años, fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, y también una de las primeras Madres que concurrió a la Plaza.

«Yo crecí con ellos. Siempre me dijeron que no era hijo biológico», explicó. Diego Martín aseguró que durante todos esos años «nunca quise hacerme ninguna prueba para ver si era hijo de desaparecidos por si llegaba a dar positivo, para que ellos no tuvieran ningún problema judicial o quedaran presos. No me lo hubiese perdonado», dijo.

Pero tras el fallecimiento de sus padres en 2015 por diferentes enfermedades, decidió acudir a la sede de Abuelas. Enseguida en la partida de nacimiento vieron que llevaba la firma de la partera Juana Arias de Franisevich, vinculada con el médico de la Bonaerense Jorge Antonio Bergés, denunciado por los numerosos partos en cautiverio y el robo de bebés en el marco de la represión.

A raíz de la partida de nacimiento le pidieron que se hiciera una prueba de ADN. Meses después recibió un llamado de Claudia Carlotto, quien le contó la historia de sus padres Stella Maris y Jorge. «‘Vos naciste en el Pozo de Banfield. Los llevaron allá, los torturaron y desaparecieron. Tenías una hermana, Virginia Ogando. Vos tenés una abuela que te busca desde el momento en que desapareció tu mamá’, me dijo».

Así supo que sus padres habían sido secuestrados en su casa platense el 16 de octubre de 1976 cuando su hermana tenía tres años y su mamá estaba embarazada de él con ocho meses de gestación.

Aunque siempre festejó su cumpleaños los 17 de diciembre, después supo por otros testimonios de sobrevivientes que había nacido el 5 de ese mes.

Supo también quiénes eran sus padres. «Mi papá trabajaba en el Banco Provincia de La Plata. Se lo llevaron con 29 años. Mi mamá era abogada en el gremio de los ladrilleros y tenía 27 años».

«Lamentablemente lo de mi hermana es terrible, no poder estar con ella. No haberla conocido. Mi hermana en 2011, a los 28 años, se quitó la vida. Tuvo una depresión muy grande. Ella empezó a buscar y a conocer detalles del cautiverio en el Pozo de Banfield. Querer saber todo, lo de las torturas, le hizo muy mal, y entró en una depresión muy grande. No puedo entender cómo no pude haberla conocido. Todos me hablan de ella como que era un ángel», contó al Tribunal.

Diego Martín nació en la cocina del Pozo de Banfield. Su madre estaba sobre una chapa. «A mi madre la llevaron vendada y esposada», contó. A los dos días le quitaron al niño y lo vendieron.

Años después, su abuela recibió una carta de un militar en actividad diciéndole que los cuerpos de su hijo y su nuera, con número de documento inclusive, habían sido enterrados en la estancia La Armonía en las afueras de La Plata, pero los forenses no pudieron encontrar nada.

«¿Cómo impactó en tu vida haber recuperado tu identidad, saber que tenías una familia?», le preguntó una de las abogadas querellantes.

«Impactó muchísimo en mi vida. No me lo esperaba. Parece que estuviera hablando de otra persona. En mi vida el 2015 fue un antes y un después. Es una historia de mucho dolor, de mucha muerte, porque estos genocidas nos arruinaron cuatro generaciones. Le arruinaron la vida a mi abuela, obviamente a mis padres, a mí y a mi hermana y a nuestros hijos. Todavía no puedo conocer a mis sobrinos de sangre», confesó.

Diego Martín Ogando sostuvo no obstante que «conocer la verdad también reconforta», y aprovechó su comparecencia ante el tribunal para pedir «cárcel común y efectiva, nada de domiciliaria para esta gente, si se puede llamar gente. Para estos represores», sentenció.

Finalmente, el martes también declaró Martín García, hermano de Silvano García, trabajador y delegado en la granja San Sebastián de Zelaya, partido de Pilar, el 26 de marzo de 1976. Silvano García permanece desaparecido. Tenía 31 años.

«Por los testimonios, a mi hermano lo vieron en el Pozo de Banfield», sostuvo su hermano Martín. «En las reuniones con la patronal siempre saltaba porque no se aguantaba las injusticias», aseguró en su declaración. «Silvano estaba vinculado a la Juventud Trabajadora Peronista [JTP] y a la Juventud Peronista [JP], y sabemos que estaban vinculados con Montoneros», precisó.

En coincidencia con el testimonio de otro de los hermanos, Martín dijo que aquella tarde testigos pudieron ver un Torino blanco, una camioneta militar y soldados por los techos de aquella granja. En marzo pasado testimonió su hermano Sixto. Silvano era el mayor de cuatro hermanos.

El juicio por los llamados Pozos de Banfield, Quilmes y Lanús es resultado de tres causas unificadas elevadas a juicio hace años, con sólo 18 imputados y con apenas dos de ellos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. El resto está cómodamente en sus casas. El juicio comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia por covid-19.

Por esos tres centros clandestinos de detención pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas de ellas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos están previstos en este juicio oral y público a cargo del tribunal de jueces subrogantes integrado por Ricardo Basílico, Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditi y el cuarto juez, Fernando Canero.

Las audiencias pueden seguirse en vivo por diversas plataformas, entre ellas el canal de YouTube de La Retaguardia y el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria.

La próxima audiencia será el martes 8 de junio a las 9 hs.