Por Gabriela Calotti

«Ruego por una sola persona, por un solo ser humano, y piensen en 9 mil en fila, si quieren cuantitativamente obviar 20 mil más. Nunca le saquen la responsabilidad al ser humano sobre lo que es capaz de hacer. Y pregúntenle para qué sirve la justicia», sostuvo el martes Pablo Díaz dirigiéndose al Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata. El marco de su intervención fue la Audiencia número 25 del juicio por los delitos de lesa humanidad perpetrados en las Brigadas de Banfield, Quilmes y El Infierno de Lanús, pertenecientes a la Policía Bonaerense.

«Les pido por favor que les saquen la prisión domiciliaria. Entiendan lo de las nueve mil personas. El crimen de lesa humanidad es el peor crimen del mundo», clamó Díaz, prácticamente llorando luego de volver a recordar a su amiga Claudia Falcone, quien forma parte del grupo de adolescentes de la llamada «Noche de los Lápices» que siguen desaparecidos.

Tras calificar de «fundamentalistas» a los represores, Díaz consideró que la persecución estudiantil tenía por objetivo «generar una paralización dentro del movimiento de estudiantes secundarios de La Plata. El movimiento estudiantil de La Plata tenía que tener esa incertidumbre, y por ahí, por eso, fueron elegidos para desaparecer», explicó.

El horror sin límites

El horror en dimensiones inimaginables: la tortura, la picana, las violaciones, los golpes, el encierro en condiciones infrahumanas, las heridas infectadas, la desnudez, el hambre, el padecimiento, la depresión y los partos en cautiverio, los nombres de aquellos con quienes compartió meses de secuestro ilegal o supo que habían estado en alguno de los Centros Clandestinos de Detención (CCD) por los que pasó entre el 21 de septiembre y el 28 de diciembre de 1976, formaron parte de esta vigésima declaración judicial de Pablo Díaz desde 1985, en este caso como sobreviviente del Pozo de Banfield.

La Noche de los Lápices, como se bautizó en un libro y una película homónimos el secuestro de estudiantes secundarios platenses en septiembre de 1976, dejó afuera a muchos de ellos. María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero, Claudio de Acha y Francisco López Muntaner permanecen desaparecidos. Entre los cuatro sobrevivientes figuran, además de Pablo Díaz, Emilce Moler, Patricia Miranda y Gustavo Calotti. Todos ellos estuvieron en los Pozos de Banfield o de Quilmes.

Díaz dio cuenta también del funcionamiento del Pozo de Banfield como «maternidad» clandestina. Allí dieron a luz Gabriela Carriquiriborde y Stella Maris Montesano de Ogando. También llegó embarazada Cristina Narvaja de Santucho. «A las embarazadas las cuidaban como a una joya», dijo, y mencionó a Antonio Bergés, médico de la Bonaerense, como el encargado de ellas.

«Yo soy detenido, secuestrado en mi casa, el 21 de septiembre de 1976 a las 4 de la mañana por un grupo de tareas dependiente de distintas fuerzas de seguridad. Esa noche estacionan tres coches en la puerta de mi casa en la zona urbana, en 10 entre 40 y 41», relató al Tribunal.

«Comprendí la situación rápidamente por los hechos que se venían sucediendo en la ciudad de La Plata», explicó antes de referirse al secuestro, meses antes y a pocas cuadras de su casa, de Arturo «Patulo» Rave, joven dirigente estudiantil de la UES.

El asesinato de Patulo a manos de la patota de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), brazo universitario y estudiantil de la Triple A, tuvo lugar en la Navidad de 1975. La militancia de izquierda y del peronismo revolucionario en La Plata ya era blanco de la persecución por parte de la ultraderecha armada. Tras el golpe, una veintena de estudiantes secundarios fueron secuestrados.

Recordó que en septiembre ya habían sido secuestrados otros estudiantes secundarios como «Víctor Treviño, Fernanda Gutiérrez, que también tenía 17 años, y Mercado, un compañero de otro colegio».

El 16 de septiembre fueron secuestrados estudiantes de varios colegios secundarios, como «María Claudia Falcone, de 16 años, Horacio Ungaro, de 17, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, de 16 años, Daniel Racero, de 16 años, como así también a partir del 17 de septiembre otros estudiantes como Emilce Moler o Patricia Miranda».

Muchos se conocían de su militancia en la UES o en la Juventud Guevarista y de su participación en la Coordinadora de Estudiantes Secundarios. Del grupo armado que irrumpió en su casa recordó que «estaban vestidos con bombachas de fajina del Ejército argentino. Tenían pasamontañas y sólo uno estaba a cara descubierta y de traje. Después supe que era el subcomisario Héctor Vides. Luego lo identifiqué», sostuvo. Con un pullover en la cabeza se lo llevaron en la parte trasera de un auto.

«Después de andar un tiempo bastante prolongado llegamos a una casona de una estancia, una casa grande, sobre la que años más tarde hago el reconocimiento en la CONADEP, identificando el lugar como Campo de Arana, que pertenecía al Ejército argentino, donde actualmente está el Regimiento VII de La Plata», puntualizó Díaz.

«Llegamos y me bajan violentamente. Me dejan parado contra la pared más de 24 horas. Cuando me temblaban las piernas pasaban y me golpeaban, provocándome muchas heridas. No querían que me tirara al piso. Luego me llevaron a un cuarto, donde me pusieron en un catre con las manos atadas con alambres y los pies con telas. Entre dos personas me desnudaron y me acostaron. Apareció una tercera persona. Ahí vuelve a entrar Héctor Vides a cara descubierta», precisó.

En esa sala de tortura le preguntaban sobre su participación en centros de estudiantes o su militancia en la UES o la Juventud Guevarista. «Cuando les decía que no había tenido participación me daban picana, corriente eléctrica». La tortura fue también que le arrancaran una uña del pie, que lo sumergieran en un tacho con agua tras la picana o que intentaran violarlo cuando pidió ir al baño. No faltó el simulacro de fusilamiento. Luego venían los interrogatorios «con el coronel», que eran «más de tipo ideológico».

Contó que según su percepción, en una habitación había entre 11 y 14 personas. Allí pudo comunicarse con Walter Docters y con Marlene Krugg, una estudiante de Medicina paraguayo-alemana de quien escuchaban «sus gritos» en las sesiones de tortura. Un día escuchó que quien comandaba dijo «entiérrenla en el fondo».

También recordó a Ernesto Canga, un trabajador de Peugeot con quien volvió a encontrarse en el Pozo de Banfield, que fue asesinado. Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Avellaneda. En Arana también habló con Ángela López Martín, profesora del Colegio Nacional y compañera de Osvaldo Busetto, también secuestrada.

Una noche «empieza a haber movimiento de camiones o micros y sentimos que dicen ‘vamos que vienen otros’». Calculó que eran 20 o 30 personas en un vehículo grande. Después de un largo rato, «escucho que se abre un portón. Nos iban pegando hasta un segundo o tercer piso. Yo estaba muy deteriorado. Me resbalé y un represor me agarró de los pelos».

Como pudo comprobar después, ahí ya estaba en el Pozo de Banfield, donde conoció a Néstor Eduardo Silva y a Norma Beatriz del Missier, quienes permanecen desaparecidos.

Banfield, CCD del que pudo hacer un croquis en 1983, «tenía dos pabellones. Uno adelante, donde se sentaban los guardias, y después dos pabellones a lo largo con baños al final de cada uno», en los que podía haber «10 o 15 celdas o calabozos cerrados».

«Había muchos adolescentes y embarazadas en estado avanzado», afirmó Díaz, quien fue testigo de dos nacimientos en cautiverio. A Gabriela Carriquiriborde la asistió los cuatro días previos al parto. «Se la llevaron arriba de una chapa» y a «la hora escuchamos el llanto de un bebé», recordó.

Allí en Banfield estaban María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Claudio de Acha, José María Noviello, Graciela Pernas, Daniel Racero y Horacio Ungaro. Estos tres últimos están desaparecidos.

Sin comer, en medio de fuertes olores nauseabundos, casi sin ropa, pasó la primera semana. Díaz contó con detenimiento los días previos al parto de Gabriela Carriquiriborde y, secándose las lágrimas, habló del sufrimiento de María Claudia Falcone, «que había sido violada». «Recién hace dos años, dos fiscales me pidieron que diga si había tenido abusos», afirmó lamentando que en ninguna de sus declaraciones anteriores la justicia hubiera indagado en los delitos sexuales perpetrados por los represores.

El 28 de diciembre de 1976 lo llevan al primer piso, donde tuvo una entrevista con el mayor Pena. De Banfield lo llevaron a la Brigada de Quilmes. «Me comentaron que antes de que nosotros llegáramos, había estado Víctor Treviño, lo habían bañado, perfumado y vestido y lo habían sacado a las cuatro de la tarde. Víctor continúa desaparecido», comentó.
Al cabo de un mes lo llevaron a la Comisaría 3ª de Valentín Alsina, «donde no nos quisieron recibir», y de allí «nos llevaron a la Unidad 9 de La Plata». «Yo aparecí el 2 de febrero en la Unidad 9, pero recién mi familia se enteró cerca del 28 de febrero».

«En ese periodo estoy en la enfermería, me cortan el pelo, me curan los ojos», relató ante el Tribunal. En 1979 fue visitado en la cárcel por la Cruz Roja Internacional. Salió en libertad en noviembre de 1980. Pablo Díaz leyó una lista de los represores del Ejército y de la Policía que intervinieron en su secuestro, cautiverio y detención en la cárcel, cuyos nombres escuchó directamente y luego le fueron comentando, entre los que mencionó a varios imputados en este juicio. Al comisario inspector Arana, alias «La Chancha»; a Astolfi, alias «El cura», inteligencia del Ejército; a un parapolicial de apellido Baldaserre, que dependía de Camps; a Jorge Antonio Bergés, oficial principal de la policía y médico; al teniente coronel del Ejército Carlos Ricardo Campoamor; a Juan Ramón Camps, jefe de la policía bonaerense por entonces: a Miguel Osvaldo Etchecolatz, director de Investigaciones de la Bonaerense; a Carlos Alberto Jurchs, oficial de la policía; a Alfredo Fernández, comisario; a Roberto Balmaceda, del Destacamento 101 del Ejército; a Raúl Gatica, de la policía; a Roberto Grillo, suboficial de la policía «que fue uno de los que entró en mi casa»; a Pedro Muñoz, también policía; a Juan Carlos Nogara; al mayor Pena; al arzobispo platense Antonio Jesús Plaza; al teniente coronel Enrique Arrospide; al teniente coronel Roberto Valdez; al teniente coronel Carlos Sánchez Toranzo; al subcomisario Trota; al comisario Raúl Vargas; al inspector Luis Héctor Vides, alias «El Lobo»; y al jefe de la Brigada de Banfield, Juan Miguel Wolf, alias «El patón».

Al mencionar a civiles, nombró a «Carlos Ernesto Castillo, alias ‘El Indio’, a Carlos Cardozo, a Juan Rivadaneira, Masota y Quinteros», entre otros. Acompañó su testimonio con fotografías que reconstruyen momentos clave de su secuestro y detención ilegal realizadas en el marco de la película La noche de los lápices.

Pablo Díaz agradeció haber sido escuchado y dijo que espera «juicio y castigo a los culpables y cárcel común a los responsables».

La persecución estudiantil ya antes del golpe

La persecución a la militancia estudiantil en la capital bonaerense comenzó antes del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976. El asesinato de Arturo «Patulo» Rave, dirigente de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), marcó el inicio de la represión estudiantil. Patulo fue secuestrado por una patota de la CNU-Triple A en la casa familiar en el centro platense, y su cuerpo acribillado fue expuesto en el llamado Puente de Hierro en Elizalde, en las afueras de La Plata, el 25 de diciembre de 1975.

A fines de julio fueron secuestrados compañeros de militancia de Rave, como Patricia Pozzo, Alfredo Fernández y Juan Carlos Stremi, quienes declararon en este juicio. Ese mismo mes fue secuestrado Abel «Pomelo» Vigo, quien permanece desaparecido, según una cronología que elaboró la Dirección de Programas de Memoria y Reparación Histórica de la UNLP.

El 1° de septiembre tres estudiantes del Colegio Nacional fueron secuestrados al salir. Uno de ellos, Víctor Marcasciano, declarará en este juicio. Al día siguiente fueron secuestradas Graciela Torrano, Abel Fuks, Alejandro De Sio y Domingo Cáceres, militantes del Grupo de Estudiantes Anti Imperialistas (GESA), quienes permanecen desaparecidos.

El 8 de septiembre fue secuestrado Gustavo Calotti, estudiante del Colegio Nacional y militante de la Juventud Guevarista, sobreviviente que brindará testimonio en este juicio. El 10 de ese mes fue secuestrado Víctor «Lulo» Treviño, estudiante de la Escuela Media Nº 2 conocida como «La Legión» y militante de la Juventud Guevarista, que permanece desaparecido.

El 16 de septiembre fueron secuestrados Claudio de Acha, militante de la UES y estudiante del Colegio Nacional; Claudia Falcone, estudiante en Bellas Artes, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro y Daniel Racero, estudiantes del Normal 3, y Francisco López Muntaner, de Bellas Artes, quienes siguen desaparecidos. Emilce Moler, estudiante de Bellas Artes y militante de la UES, fue también secuestrada esa noche. Ella testimoniará en este juicio. Ese día fue secuestrado igualmente Pablo Díaz, estudiante de «La Legión» y militante de la Juventud Guevarista.

Días después fue secuestrada Nilda Eloy, egresada de Bellas Artes y sobreviviente y testigo clave en varios juicios por delitos de lesa humanidad, quien falleció el 12 de noviembre de 2017.

Los adolescentes secuestrados en septiembre de 1976 pasaron por el CCD de Arana y luego por las Brigadas de Investigaciones de la Policía Bonaerense de Banfield y Quilmes, que formaban parte de los 29 CCD del Circuito Camps, regenteado por Etchecolatz, hasta ahora condenado a nueve cadenas perpetuas.

Antes que Pablo Díaz declaró otro sobreviviente que pidió no dar difusión pública a su testimonio.

El juicio por los llamados Pozos de Banfield, Quilmes y Lanús comenzó el 27 de octubre de 2020, varios años después de que las tres causas centrales fueran elevadas a juicio, con sólo 18 imputados y con apenas dos de ellos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. El resto está cómodamente en sus casas.

Por esos tres CCD pasaron 442 víctimas. Más de 450 testigos están previstos en este juicio oral y público que debido a la pandemia se realiza de forma virtual ante un tribunal de jueces subrogantes integrado por Ricardo Basílico, Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditi y el cuarto juez, Fernando Canero.

La audiencia puede seguirse en vivo por diversas plataformas, entre ellas el canal de YouTube de La Retaguardia y el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria.

La próxima audiencia será el martes 11 de mayo a las 9.30 hs para escuchar a Nora Ungaro, Marta Ungaro y Walter Docters.