Por Ramiro García Morete

“Los chicos de Punta Lara/ son capaces de atrapar peces con sus manos/ sin que se les clave la espina letal/ que el animal de río exhibe/ como último acto de defensa”. “¡Laureana! ¿Qué hacés hablando con esos nenes?”. Sus padres solían llamarla no sin cierto dejo de preocupación. Pero ella los miraba, tan libres y temerarios, desplazándose entre juncos y bogas muertas. Los miraba, claro, con la fascinación propia de la niñez. Pero también del verano, ese período en que a cualquier edad los sentidos se abren con mayor pregnancia y se construye una suerte de memoria aparte llena de olores, sabores, pequeños e infinitos instantes.

Y es que Punta Lara, que “tiene lo que tienen las fotos del mundo”, ha estado allí toda su vida: en la infancia junto a su familia, de grande junto a su hermana e inclusive en la más asfixiante cuarentena, cuando el río ofrecía la única bocanada de horizonte. Así como –con  Balandra y el Palacio Piria, la segunda rotonda y la selva marginal, los restos industriales y el “fosforito” de Ensenada- la ciudad balnearia oscila entre cierto esplendor que no fue, algo de abandono y una contagiosa vivacidad, su memoria también se vuelve simultánea o circular.

Y en el sutil vaivén de los versos, como la cadencia de ese río de barro y sueñera, los recuerdos son como esos barcos que parecen dormidos pero que aún avanzan. O como esos caminitos o lugares al borde de la playa donde inspeccionábamos de niñxs solo por encontrar algo distinto. “La parte movediza del paisaje/ pero también la basura. / La bolsita después del mate es difícil./ Está linda Punta Lara./ Jugamos a la paleta/ en una arena opaca/ barrosa/ con olor a río y a plantas acuáticas”. Una memoria personal y a la vez plural, vívida pero no exenta de fantasía. Esas son algunas coordenadas de “Punta Lara”, bello poemario de Laureana “Buki” Cardelino lanzado en el 2017 como fanzine y ahora felizmente reeditado por Editorial Mutanta como libro.

Laureana “Buki” Cardelino

“Me pareció buenísimo que me hayan dicho aquella vez con esa edición más artesanal, formato fanzine -introduce Cardelino-. Y ahora que coincidió con una búsqueda de la editorial de hacerlo de otra manera. Por supuesto, me puse a revisar, aprovechando las cosas que me hubiera gustado cambiar. Para mí la reedición te da esa oportunidad”. Y cuenta: “Cuando me dijeron de reeditar el año pasado, en cuarentena, ir al rio era casi la única salida que podíamos hacer para pasar el día. Punta Lara fue en muchos aspectos la playa de mi infancia, con mi hermana, cuando venían mis primas de Roque Pérez. De a poco fuimos dejando de ir y después volvimos. Este verano hubo una especie de redescubrimiento de gente que no conocía. A las chicas de la editorial las llevé y les encantó”.

En esta reedición gravitó la figura del poeta de Ensenada Horacio Castillo y cierto vínculo con Grecia, para resignificar este libro cuyo tono original describe Cardelino: “Me parecía que el ritmo del río me iba llevando para escribir. En cada poema se nota. Por ahí uno que lo ve no se da cuenta o no lo mira, no importa. En definitiva porque cada uno hace su lectura. Lo que sí hay mucha imagen, de personas, de chicos que juegan. Y esa sintonía con el paisaje. Esas cosas que te permite el verano, con algunas repeticiones muy leves y el movimiento del río, medio ondulante, para adelante y para atrás que deja una marca en la playa que es rara… que en el mar no pasa”.

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