Por Gabriela Calotti

En vísperas del 45 aniversario del golpe cívico-militar que puso en marcha un mecanismo feroz de represión que alcanzó a trabajadores, estudiantes, hombres, mujeres y niñes y en el que confluyeron las distintas fuerzas de seguridad militares y policiales, las voces de sobrevivientes, esta vez del Pozo de Banfield y del familiar de un delegado rural que sigue desaparecido, se escucharon el martes en el Juicio oral y público que lleva adelante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata por los delitos de lesa humanidad perpetrados en las Brigadas de la policía bonaerense de Banfield, Quilmes y Lanús.

Canoso y muy emocionado, Nicolás Adán Barrionuevo relató de forma virtual ante el Tribunal, abogados querellantes y defensores y un solo imputado conectado sus dos secuestros y su paso por los Pozos de Banfield y “El Infierno” de Lanús.

Barrionuevo era trabajador metalúrgico y delegado gremial de la firma Saiar, que fabricaba los calefones Rheem en Quilmes. El 3 o 4 de abril de 1976 el Ejército ocupó y tomó la fábrica. Llevó a todos los trabajadores al playón y luego revisó sus taquillas, “porque creían que teníamos armas”, según declaró el sindicalista. Al final del copamiento “toman el listado y a 7 compañeros, entre ellos yo, nos separan del resto de los trabajadores”, relató este sobreviviente utilizando en muchos tramos el tiempo presente, como si volviera a revivir aquella antesala del horror y asegurando que “ni remotamente” imaginaban lo que vendría.

Entre los siete compañeros detenidos aquel día con él mencionó a Argentino Cabral, Padrón, Varela, Arezanchuk, Raúl Codesal y Alegría.

En coincidencia con testimonios anteriores en este juicio, Barrionuevo aseguró que además de los siete trabajadores detenidos ese día por el Ejército, se llevaron al jefe de personal, Juan Martín Martínez Riviére, quien en realidad iba para tratar de sacarles información haciendo creer que había protestado contra su detención, en un caso claro de colaboración civil y empresarial.

De la fábrica los trasladaron a la Comisaría 1ª de Quilmes, donde padeció insistentes preguntas de Martínez Riviére y al día siguiente preguntas similares de un capitán. “Me pedían nombres, que dijeran quiénes eran y dónde estaban. Para ellos, nosotros estábamos vinculados a la organización Montoneros”, sostuvo.

En esa ocasión, el capitán, al que no pudo identificar, le dijo: “vos no querés hablar, no hables. Pero esta noche vengo, traigo los ganchos y vas a hablar te guste o no. Vas a hablar”, recordó. Al día siguiente lo llevaron a la Comisaría de Temperley, “unos diez días después, me liberan”, dijo, luego de disculparse porque se le mezclaban los días en la memoria.

Con la incredulidad aún de muchos en aquel momento, Barrionuevo volvió a la fábrica y continuó trabajando como antes, pero “me daba cuenta de que me controlaban, me observaban y a veces me hacían preguntas, tontas, pero al fin preguntas”.

“Todas las noches detenían a compañeros de la fábrica, eran torturados y luego devueltos. En esa fábrica hasta ese momento teníamos tres desaparecidos. Esto pegaba muy fuerte en los trabajadores, porque era un acto intimidatorio”, aseguró al referirse siempre a la empresa cuyo dueño era Federico José Luis Zorraquín.

Meses después, una madrugada llegaron a su casa. “Me roban las pocas cosas de valor que tenía, como piezas de oro, medallitas, cadena, reloj, dinero, billetera… una rapiña increíble. Nunca hubiera pensado que a esa investidura la deshonraran con tanta facilitad. Ni me lo había imaginado”.

Allí estaba con su esposa Rosa y sus hijos, Ivana, Jorge, Verónica y Nicolás. Recuerda claramente que Verónica fue la única que se despertó y vio todo. “Eso nos quedó para siempre”.

Lo subieron a un Falcon y a los 40 minutos ya estaba siendo sometido a su “primera sesión de parrilla”, es decir, de picana sobre un elástico de hierro, tal como declararon otros testigos que estuvieron secuestrados en el Pozo de Banfield. A la semana lo sacaron de nuevo para otra sesión de tortura.

“La segunda yo creí que no salía de ahí. Fue tremenda, tremenda, tremenda. Ahí sí me entero, después de salir de la sesión de parrilla, que estaba en el Pozo de Banfield. Eso era el Pozo de Banfield”, afirmó contundente este testigo que permaneció cinco meses en cautiverio como detenido-desaparecido.

Tiempo después lo trasladaron a la Comisaría de Lanús, donde “nos trababan mal y tuvimos mucho frío, era junio, julio. En mi caso, como otros compañeros, estábamos prácticamente desnudos”. Más tarde fue llevado a la cárcel de Villa Devoto, pero recuerda claramente el 24 de septiembre de 1976 porque “soy devoto de la Virgen de la Merced y ése era su día”. Ese día los llevaron a la Unidad 9 de La Plata.

Ese día también le quedó grabado por la paliza que les dieron durante el viaje y al bajar en la U9. “Era ensañamiento cómo nos golpeaban. Como teníamos que caminar agachados con las manos atadas atrás, un policía me golpeó con una piña de gancho. Me rompe el labio y la nariz, porque yo derramaba mucha sangre”. A raíz de ese episodio brutal, tiempo después, un compañero al que le decían “Uruguayo” le confesó que pensaba que lo habían matado. “Creí que te habían matado porque estabas bañado en sangre. Creía que habías muerto’”, le dijo.

Aunque aseguró que “todos entramos golpeados” a la U9, confesó que para él el “peor sufrimiento” en la cárcel fue cuando cambiaron las llamadas “visitas de contacto”, en las que podían tener cerca a sus familiares, por las visitas en locutorio, es decir a través de un vidrio.

“Era una verdadera tortura ver a nuestros hijos, a nuestra familia a través del locutorio, porque los que sufrían más eran nuestras familias. Nuestros hijos eran chiquitos. No entendían por qué se daba esto. A veces costaba hasta que mi esposa, con todo su dolor y su fuerza, trataba de conformar a los chicos. Era el peor castigo que por lo menos a mí me podían dar”, dijo ya con los ojos húmedos.

A Barrionuevo la dictadura le negó la salida en opción del país a Suecia, España y Estados Unidos. En junio o julio de 1982 le dieron la libertad vigilada y recién el 31 de diciembre de 1982 obtuvo la libertad “plena”.

Como si le diera vergüenza, Barrionuevo dijo ante el tribunal presidido por el juez Ricardo Basílico: “confieso con sinceridad que inicié demandas al Estado”. A él, como a muchísimas víctimas del terrorismo de Estado, lo habían obligado a renunciar, en su caso, a Saiar, dejando a su familia sin ingresos.

El testimonio de Barrionuevo volvió a poner sobre la mesa la participación empresarial y civil en el golpe de Estado. La actividad sindical había traído muchos cambios para los trabajadores, en este caso metalúrgicos, que hicieron valer la Ley 19.582 de Higiene y Seguridad en el trabajo y claro, en las fábricas.

“Revisándola nos dimos cuenta de que teníamos derechos a peticionar un plus por producción (…) un comedor (…) y elementos de seguridad” para que los trabajadores no sufrieran accidentes. “Ahí trabajábamos con muchos balancines, que para el cuerpo humano son una guillotina. Había muchos compañeros que les faltaba un dedo, parte de la mano, porque se la habían llevado balancines y eso no se había considerado como un accidente grave”, le respondió a la fiscal Ana Oberlin, quien le preguntó sobre las condiciones de trabajo en esa fábrica.

Exigir el cumplimiento de la ley “a nosotros nos condenó. Los patrones nos condenaron por eso”, sostuvo lisa y llanamente Barrionuevo.

Es curioso cómo algunos abogados defensores, como Augusto Garrido, eluden utilizar las palabras adecuadas en relación con los delitos de lesa humanidad. Al interrogar a Barrionuevo, en lugar de hablar de la sesión de tortura al cabo de la cual los verdugos le preguntaron a Codesal por él, se refirió a un “incidente”, y luego en lugar de hablar del Pozo de Banfield dijo “el lugar de Banfield”.

Oscar Pellejero: la lucha de los no docentes en la Universidad de Luján

Desde 1973, Emilio Fermín Mignone era el rector de la Universidad de Luján. Su gestión fue la primera que incluyó a los trabajadores no docentes en el cogobierno universitario. “Nosotros habíamos creado el gremio de los no docentes en Luján y fuimos los primeros en integrar el consejo”, explicó el martes al Tribunal el testigo Oscar Pellejero, secuestrado en su casa la noche del 25 de marzo de 1976.

Esa misma noche fueron secuestrados otros dos compañeros no docentes de la Universidad, Alejandro Reinhold y a Héctor Pighin (recientemente fallecido). Los tres sobrevivieron a su cautiverio en el Pozo de Banfield.

Al iniciar su relato se refirió rápidamente al “simulacro de fusilamiento” al que fueron sometidos en el acceso oeste. De allí fueron trasladados a la Comisaría de Puente 12, también conocida como Cuatrerismo o Güemes.

En el marco del mismo plan de humillación y vejación de los detenidos ilegales, Pellejero recordó que allí en Puente 12 “nos despojaron de toda la ropa, las zapatillas y me sacaron mi anillo de bodas y nos dieron ropa vieja”. Pellejero tenía 32 años.

Al día siguiente los llevaron en una camioneta encapuchados y atados a otro lugar donde se entraba por un garaje, “por el ruido del portón”. Allí “nos subieron dos pisos por escalera”, recordó, coincidiendo con todos los testimonios de quienes estuvieron en el Pozo de Banfield.

“Por la tarde noche venía un médico a revisarnos, que a posteriori y por fotos publicadas nos enteramos que era Bergés (NdelR: uno de los imputados en este juicio), que nos revisaba individualmente y nos daba dos pastillas para dormir, que yo no tomaba por las dudas, y dos cigarrillos Benson”, aseguró.

“Al tercer día aumentó la población del lugar. Había muchos calabozos y nos pusieron con dos personas”, precisó antes de referirse a varios calabozos que estaban siempre cerrados y con cuyos detenidos les prohibían tener contacto alguno.

“Estuvimos en el Pozo de Banfield. Ahí sí torturaban. A nosotros no, pero escuchábamos gritos”, aseguró. A las personas que estaban en esos calabozos cerrados “más de una noche las venían a buscar con fines de tortura. Porque las traían a la rastra”, le respondió más tarde el testigo al defensor Augusto Garrido.

Alguien que dijo ser del Ejército les hizo firmar papeles en blanco. A los 13 días aproximadamente, “nos encapucharon y nos llevaron por ruta a Mercedes. (…) De ahí nos llevaron a San Andrés de Giles, y ahí nos cambiaron de vehículo y nos llevaron a Luján a los tres: Reinhold, Pighin y yo”.

Junto con ellos habían sido secuestrados tres hombres y dos mujeres de San Andrés de Giles. Después de su renuncia, el 13 de julio de 1973, el entonces presidente Héctor José Cámpora se retiró a su casa en esa localidad del norte de la provincia. Aunque suene a una película, la represión superó la ficción de lejos. Tal es así que entre esas personas secuestradas en San Andrés de Giles “dicen que una era la peluquera de Cámpora y uno de los hombres el carnicero”, dijo Pellejero ante el tribunal.

Al recuperar la libertad, la Universidad de Luján estaba dirigida por un interventor militar. Él fue suspendido de su trabajo y se le retiró el sueldo. Su familia se fue a Bahía Blanca y tiempo después pudo ir él con un trabajo, pero antes tuvo que renunciar a la Universidad, a la cual nunca le reclamó nada.

Silvano José García, delegado rural que sigue desaparecido

Silvano tenía 31 años, era el mayor de cuatro hermanos y era trabajador y delegado rural en la Granja San Sebastián, en Zelaya, una localidad del partido de Pilar. El 26 de marzo de 1976 ingresaron tres vehículos a la Posta de la granja, que era una antigua estancia, y se lo llevaron. Desde entonces forma parte de la lista de 30 mil detenidos-desaparecidos que dejó la dictadura.

Así lo declaró uno de sus hermanos, Sixto García, que por entonces vivía en Merlo y trabajaba en la fábrica Pirelli, y que frente al Tribunal, con una entereza sin igual, afirmó: “yo soy enfermo alcohólico. En ese período estaba en plena carrera, por llamarlo así”.

“Yo vivía en Merlo desde años antes, en ese tiempo no existían los celulares. No teníamos un contacto diario, salvando que viajara alguien de un lado a otro. Yo muchas veces viajaba a Zelaya, a la granja San Sebastián”, explicó ante el Tribunal, antes de aclarar que lo que sabe de Silvano es por su hermano Martín.

Por aquel entonces tenían una F100 roja, que “muchas veces se utilizaba para hacer volanteadas, pintadas, como se hace habitualmente en determinados períodos de protesta”, en los años anteriores al golpe, explicó.

Al referirse a su hermano Silvano aseguró que “estaba al frente del gremio. Le puedo decir que era muy comprometido con su militancia política, una persona muy respetada”, le respondió a la fiscal Oberlin ante sus preguntas sobre lo ocurrido.

“Plata para viajar no tenía”, respondió García, quien lamentó no haber estado allí para saber qué hicieron con su hermano. “Lo que yo sé es lo siguiente: a un compañero de él le había comentado que al hermano de otro delegado de FATRE (Federación Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores) lo habían sacado de la casa los parapoliciales o los militares y se lo habían llevado. Mi hermano sabía cómo venía la situación de algunos secuestros y desapariciones”, por lo cual llevó a su familia a la casa de una hermana y regresó a la granja porque no quería que sus compañeros piensen que era un cobarde, según relató Sixto parafraseando lo que dijo su hermano a sus familiares.

Al relatar en ese presente verbal lo que le contaron, fue inevitable que se le llenaran los ojos de lágrimas. “Él entra caminando a la granja y se va a su casa. Había dicho ‘si dentro de dos o tres días no tienen conocimiento de dónde estoy, traten de averiguar’. Entonces mi hermano Martín va a la granja y encuentra todo dado vuelta en la casa de Silvano José. Era un puesto bastante descampado. Algunas personas vieron entrar camionetas y patrulleros al puesto de la granja. Alguien vio uniformados arriba de los techos. Dicen que tres o cuatro vehículos habían ido”, relató Sixto, como si estuviera viendo el secuestro.

“A partir de ahí empezó la búsqueda, los hábeas corpus, nadie sabía nada de nada. En las Comisarías de Escobar nadie sabía nada (…) Después fue todo incertidumbre”, lamentó. “Me gustaría haber visto todo y tener más evidencias. Yo también militaba en Pirelli. Y se decía que andaban averiguando por mí, pero no me pasó nada”, concluyó Sixto García.

A los tres testigos, el juez Basílico les leyó la lista de los 18 imputados, sólo dos de los cuales –Etchecolatz y Di Pasquale- están en la cárcel. El martes el único que estuvo conectado a la audiencia virtual fue Enrique Barre.

Basílico agradeció la tarea que llevan adelante los equipos de acompañamiento de testigos. Estos equipos, como el Codeseh (Comité para la Defensa de la Salud, la Ética y los Derechos Humanos) y el Centro Ulloa, resistieron el desmantelamiento impulsado por el macrismo.

Completan el tribunal los jueces, también subrrogantes, Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditti y el cuarto juez, Fernando Canero.

Un día antes de conmemorarse 45 años del golpe, que desde hace años es el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, se llevó adelante la audiencia 19 de este juicio por los Pozos de Banfield, Quilmes y “El Infierno” de Lanús, que formaron parte de los 29 centros clandestinos de detención del llamado “Circuito Camps”, comandado por Etchecolatz. El proceso reúne 442 casos, 18 imputados y 481 testigos.

Las audiencias pueden seguirse en vivo por diversas plataformas, entre ellas el canal de YouTube de La Retaguardiahttp://(www.youtube.com/user/laretaguardia) y el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria. Más información: www.juiciobanfieldquilmeslanus.wordpress.com

La próxima audiencia será el martes 30 de marzo a las 9.30 horas y habrá tres testimonios.