Por Ramiro García Morete

“No intentes definirme por lo que ves/No es una cosa u otra/soy muchas cosas a la vez”. Correría el 2015 y claramente no bastaba con estudiar, rendir, estudiar, rendir. No tenía muy claro si iba primero la música o la letra. “Me iba dejándolo ser. Lo que salía, salía…”, evocará y luego mencionará la primera canción propia, hecha y derecha que recuerda: “Tu jaula”. Con la misma precisión que recuerda la primera melodía aprendida en el teclado Yamaha de su padre: “A groovy kind of love”. Y es que en la casa de Bernal la música era un lenguaje cotidiano.

No solo porque desde el equipo Technics giraban Beatles, Queen, Charly, más Charly y mucho rock nacional. Su padre también solía tocar la guitarra en la sobremesa y las tres hermanas debían adivinar. De hecho Paula, su compinche, aprendería el instrumento y le pasaría algunas claves mientras ella, por su parte, ya asistía al Coro de Niños de Quilmes. Con diez años aproximadamente, la asombraría algo tan simple como mágico: “Yo estoy haciendo una voz, otra persona otra y se forma algo muy copado”. Todo aquello le resultaba tan natural como traspasar los acordes de los “Toco y canto” a las teclas. Pero sobre todo, lúdico.

Por ello quizá la formación académica le sentaría sino incómoda, al menos acotada. Ya fuera aquel profe de piano que le mostró el jazz y esos acordes con novenas o cosas por el estilo sin los que no puede vivir, ya fuera su compañero de la secundaria que le contó sobre Juana Molina… allí afuera había un mundo más grande que el de las partituras. Pero sobre todo, dentro suyo.

“No sos vos, sos lo que quieren los demás”, entonaría a fines de 2019 desde el ensamble Otro Animal, algo agotada de las poses, las exigencias y de la felicidad a través de Instagram. Un tiempo antes había dado con “Borderlands”, de Gloria Anzaldúa, y la idea de atravesar fronteras -simbólicas, estéticas- se alojaba cada vez más entre sus pensamientos.

Sería en el verano de 2020, antes de que el mundo colapsara como todes saben, cuando tomaría una decisión no menor: aprender el manejo de Ableton con Sol Porro. El departamento de 56 ya contaba con el MicroKorg, el Arturia, el Roland y la loopera Boss… pero la forma de composición seguía repartiéndose entre la guitarra o el piano y las libretitas desordenadas en las que anota ideas. El aislamiento y el aprendizaje la sumergirían en otra forma de composición. No solo desde el beat o lo digital, sino esencialmente desde lo lúdico. Como la sobremesa, como el coro, como el “Toco y canto”. Entre varios temas y con ayuda tanto de Porro como de Antú, no casualmente escogería la canción inspirada en Anzaldúa como un modo de validar la hibridación y las multitudes que contenemos: “Chicana”. Una pieza que inicia con un pulso calmo pero progresa en intensidad emocional, combinando elementos de lo-fi, ambient y pop . Y entre sintetizadores y un kick punzante, con la voz jugando entre octavas y delays declamando: “Esa necesidad de todo clasificar no tiene sentido, no lleva a ningún lugar”. La necesidad de hacer lo contrario es lo que conduce a Sofía Uzal.

“Chicana es hacer -define Uzal-. Se me viene esa palabra a la cabeza. Dejar de lado todo lo que es pensar y los prejuicios hacia una misma en el sentido de lo que quiero hacer, de decir: esto es lo que me hace feliz”. Y explica por qué esta canción es la escogida para presentarse en solitario: “Tenía muchas canciones dando vuelta. Por algo elegí esta para laburar que surgió hace un par de años con Borderlands. Ella es una escritora, activista feminista, chicana… le da el nombre al sencillo. Habla de la mirada del otro y de la diversidad de identidades”.

Uzal necesitaba moverse de lugares familiares: “Yo venía cantando rock o folklore. He hecho mucho. Tenía ganas de salirme de eso. Además esto es lo que me representa y  lo que estoy escuchado en el momento”. Esa idea de capturar el presente “es lo que me pasa con las letras. Representan lo que me está pasando. Para mí hacer música es un poco eso: catarsis y largar todo eso que tengo adentro”.

Y la necesidad expresiva, por supuesto, iba más allá de la palabra. A nivel sonoro “estuve siempre muy acostumbrada a tocar con otras personas. Venía hace un tiempo con ganas de hacer un proyecto solista que en principio no lo pensé para grabar sino para tocar en vivo”. Si bien hizo la carrera de piano, el mundo de la producción le resultaba algo ajeno: “estaba con ganas de meterme en ese mundo. Con esto de la cuarentena, se fue dando más para el lado de grabar que del vivo, desde el programa descubrí una manera distinta de componer. Siempre acostumbrada a ‘tengo un tema, agarro la guitarra y canto…’ Esto me permitió un montón de sonoridades y una manera más lúdica. De loopear, probar, un error que sale y me agarro del mismo para explotarlo. Me abrió mucho la cabeza”.

“Ahora estoy produciendo dos temas que salieron el año pasado -anticipa-. Y estoy ahí en duda, viendo qué hacer, si saco disco o sencillo. Lo que me gusta con los singles, y me pasó con Chicana, es que necesitaba compartirlo en ese momento. Un disco es otra movida, otro laburo”.