Por Carlos Ciappina

Conozca el mundo que el genio americano abjura con horror los crueles hábitos de sus antiguos opresores, y que el nuevo aire de libertad que empieza a respirarse extiende su benigno influjo a todas las clases del Estado.
José de San Martín

Nuestros pobres, nuestros excluidos, nuestros países, nuestras democracias, ya no soportan más que sigamos hablando en voz baja.
Néstor Kirchner, Cumbre de las Américas, 2005

Hay veces en que los astros se alinean y se producen ¿coincidencias?, ¿suerte?, ¿paralelismos? San Martín y Néstor Kirchner nacieron un mismo día de febrero, el primero en 1778, el segundo en 1950. Si rescatáramos esa sola coincidencia, señalaríamos una efemérides prolija, fría, sensata.

Pero, ¿y si nos ponemos a buscar coincidencias entre ambas figuras históricas? ¿Si nos despojamos por un momento de aquel respeto de bronce –muy parecido a no verlo como un ser humano de carne y hueso– sobre ese inmenso personaje que es José de San Martín y nos atrevemos a vincularlo con la figura de Néstor Kirchner?

Coincidencias: ambos nacieron un 25 de febrero en los bordes, en los límites alejados de los centros de poder. San Martín en Yapeyú, mínima localidad de lo que alguna vez fueran populosas misiones jesuíticas, en esa frontera difusa entre el Virreinato del Río de la Plata y el Imperio Portugués. Néstor Kirchner en Río Gallegos, al sur del sur, en la siempre olvidada Patagonia de un país gobernado desde el unitarismo de Buenos Aires.

¿Cómo llegar desde Yapeyú a liberar media América Latina? ¿Cómo alcanzar la máxima magistratura de un país que se gobierna desde Buenos Aires, desde Río Gallegos? En ambos casos y sin vueltas: con vocación de construir poder y ponerlo al servicio de los pueblos.

Tanto San Martín como Kirchner construyeron su vida de lucha política –y, además, militar, en el caso del Libertador– a partir de un profundo respeto al pueblo y tomando en cuenta sus deseos e intereses. Esa fe en la soberanía popular lo llevó a luchar contra el rey español, y a Néstor Kirchner a recorrer todo el camino del voto democrático –el verdadero respaldo de todo político popular– desde la intendencia en Río Gallegos a la gobernación de Santa Cruz y la presidencia de la Nación. 

¿Qué dificultades tuvieron que enfrentar? Allí, los dos siglos de historia que los separan parecen haber pasado en vano: San Martín fue un libertador de pueblos, que tuvo que enfrentarse al poder absolutista del Imperio español que mantenía oprimida a América del Sur y al mismo tiempo lidiar con las élites de su propio territorio, que desconfiaban de la libertad de los pueblos y –quizás– ya preferían un nuevo amo –Gran Bretaña o Francia– al cual someterse.

El flaco Néstor Kirchner enfrentó los mismos problemas: un país en ruinas y a punto de disgregarse por las políticas combinadas de un nuevo gran imperio y sus organismos transnacionales, junto a las élites locales siempre dispuestas a preferir la conducción de un amo externo a confiar en la fuerza liberadora de los pueblos.

Todos sabemos que José de San Martín habló una y otra vez de la independencia de la América toda. El ideal sanmartiniano era –como el de Bolívar– profundamente latinoamericanista: para el nacido en Yapeyú, la liberación de España sería una empresa continental o sería imposible. Su ejército se llamó «de los Andes» (no chileno, argentino o peruano) precisamente porque una sola era la patria que iba a liberar.

Néstor Kirchner trabajó fuerte para llevar aquel principio sanmartiniano a la práctica: junto a Lula Da Silva, Hugo Chávez, Evo Morales, Tabaré Vázquez, Rafael Correa y Michel Bachelet propondrá el fortalecimiento del Mercosur y la creación de la UNASUR –por primera vez, todas las repúblicas de América del Sur se unían en un único organismo político–. El punto culminante de esas luchas fue, claro está, el encuentro de las Américas en Mar del Plata, en 2005, donde los países de la América Latina, de la mano de Chávez, Lula y Kirchner, le dijeron NO a la propuesta norteamericana de “libre” comercio. Como un nuevo Encuentro de Guayaquil, los líderes se unieron para detener el avance expansionista norteamericano. 

Podríamos continuar señalando ¿coincidencias?, por ejemplo, la capacidad de gestionar de uno y de otro, la practicidad y el hacer como resultado del decir. El desapego por los honores, los atributos formales del poder, la cáscara vacía de los “cargos”. Todos vimos a Néstor Kirchner arrojarse sobre la multitud al asumir la presidencia por el voto de ese pueblo; y sabemos que San Martín no permaneció ni un día en ningún cargo si no tenía el apoyo de los pueblos que se había comprometido a liberar. La política y el hacer político como servicio y no como actividad para servirse.

¿También coincidieron en sus enemigos y opositores? Veamos: el gran enemigo de José de San Martín fue el “partido unitario” que comandaba Bernardino Rivadavia. Anglófilo, unitario, antipopular y antilatinoamericano, Rivadavia intentó por todos los medios entorpecer la lucha sanmartiniana y no dudó en querer que el Ejército de los Andes fuera utilizado para reprimir a los pueblos del interior federal. Se encontró con la oposición tajante del nacido en Yapeyú. Tal fue la persecución contra nuestro Libertador, que San Martín debió exiliarse por temor a ser detenido y falleció fuera de su tierra natal.

Néstor debió batallar contra aquellas mismas fuerzas opositoras: hoy el partido unitario se llama PRO, el partido de los negocios y la inequidad, el partido de la sumisión a los poderes extranjeros. Y sí, la agresión contra Néstor Kirchner también fue despiadada, llegando a niveles de miseria humana y falta de respeto aún en el momento de su muerte.

Dos personajes claves de nuestra historia nacional que nacieron hoy, un 25 de febrero, en distintos siglos, en diferentes épocas, pero con un mismo objetivo: la construcción de una nación libre de toda dominación extranjera, igualitaria y sin privilegios, democrática y con respeto profundo a la soberanía popular.