Por Ramiro García Morete

Leandro de Martinelli realiza esta recopilación “no autorizada” tomando al líder de Babasónicos para debatir con los actores culturales de nuestra ciudad

 “No se puede solo desatar el nudo con un estribillo pop/Que lo repetís hasta que lo puede cantar un conjunto de orangutanes (“La pregunta”, 2018). Cuando Babasónicos lanzó el primer corte de “Discutible” no solo hacía manifiesta esa supuesta  quintaesencia del arte que es el interrogante. Ponía evidencia todo lo que hay detrás, encima o delante: industria, entretenimiento, ideología  y “aquel jurado”. Pero no desde un atalaya o fortaleza sino sentado en su mesa, dialogando y hasta dejando intervenir su propia obra casi como una estrategia de contraataque: una canción con pocas variantes armónicas, con muchas “barras” y no tan narrativa, con muchos silencios y sonidos incidentales, con un “hook” reiterativo. Es decir: con ciertos rasgos estructurales que hegemonizan la música que hoy suena en radios y plataformas, pero sin dejar de sonar a Babasónicos. O sea, la banda que desde hace treinta años sigue sonando mientras otrxs artistas, otros estilos, van, vienen, pasan…

“Si tu saber va a ser muy parecido al de todos no vas a tener nada particular por lo que ser elegido” (Adrián Dárgelos). A Leandro de Martinelli no le gusta quedarse con la primera impresión o capa de las cosas. En cierto modo, podría decirse que desde su óptica todo es –precisamente-discutible. Y nada es sagrado o nada viene de la nada. Ni siquiera el arte. Por eso no dejaría pasar -como suele ocurrir con muchas de las frases que  el líder de Babasónicos  suelta en entrevistas- lo siguiente: “No es natural todo. Sentarte y hacer música a la que te sale no va a ningún lado”. Aquello le cerraba unas cuantas discusiones con artistas amigos de una ciudad donde, considera, hay obras buenísimas pero cuyos responsables desatienden o se desentienden de otros factores. Mejor dicho, le abriría la discusión y la inquietud de recopilar declaraciones del músico para interpelar desde una perspectiva casi materialista-en términos de producción- el estado de la música y del arte en general. Una figura reconocible del pop que pone en crisis constantemente su proyecto y piensa claves para gestionar la permanencia no solo desde lo artístico sino desde lo material y discursivo. “¿Cómo se escucha música hoy? ¿Qué hace la industria con lo nuevo? ¿Quién le teme a la esponsorización? ¿De qué manera se desarrolla y sostiene una audiencia? ¿Cómo lidiar con el trabajo de compositor? ¿Para qué sirve grabar un disco? ¿Cómo se construye el relato sobre una banda?” son algunas de las preguntas de “Adrián Dárgelos-Cuatro tesis sobre la música en tiempos de streaming”,  recopilación “no autorizada” de Leandro de Martinelli para Firpo Casa Editora. Y para sus amigos, claro.

“Entre otras disrupciones, una de las que me interesan es el gesto de generosidad de Dárgelos a la hora de hablar de su trabajo, no solo del foco creativo sino también de cómo se gestiona una banda en un mercado tan dinámico y cómo se sostiene a lo largo de tantos años. Eso no es habitual en tipos con tanto recorrido”, comenta de Martinelli sobre la elección del protagonista de un libro que se lee rápido pero no ligero, donde los disparadores tienen su eco. El periodista y escritor  cuenta que   fue “descubriendo al trabajar de socio creativo de algunos músicos y artistas visuales de la región; y es que una vez que una obra alcanza determinado nivel técnico y conceptual lo importante empieza a ser cómo la gestionás. En La Plata, por ejemplo, hay un montón de músicos, artistas y escritores únicos, irrepetibles. Pero hay condiciones, digamos, sociogeográficas, que hacen que desde acá resulte más difícil transformar el ocio creativo en Bitcoins. Frente a esas dificultades y tensiones que aparecen, pensé en Dárgelos, un tipo que en todas las entrevistas dedica un momento a eso, aunque en general sus respuestas pasan de largo porque al periodista le importan poco los asuntos de la gestión. Y estas ideas o razones él las lanza de manera provocativa, muchas veces como pregunta, y ese tono ayuda a la hora de poner en crisis algunas ideas románticas que circulan en los piringundines afectivos del arte local”.

La cuatro tesis y/o tópicos del libro son: “Algoritmo”, “Composición” , “Multitudes”, “Máquina de guerra”: “Se ordenaron solos, porque Dargelos en cada entrevista repite sus obsesiones, las circunda, avanza. En una entrevista dice una cosa y en la siguiente retoma el tema pero más refinado. Se nota que son los temas que conversan a diario, que lo obsesiona. Pero dos años después pasa a la siguiente obsesión y lo mismo. De disco a disco se ve un desarrollo conceptual e intelectual fuerte, no importa si tiene razón, pero todo esto que él piensa y pregunta le funciona como principio productivo. Lo que hice fue tipificar levemente esas obsesiones momentáneas.

En tiempos de cambios de paradigmas de la industria y el sonido en sí, de Martinelli cree que  es  necesario que los artistas no solo hagan música sino que la discutan: “Esto me parece central: lo reaccionarios que son los músicos a la hora de discutir sobre la parte social de la música. Y la gestión es eso. Vuelvo a Dárgelos: está pensando en eso. No porque le guste, sino porque para sostener un proyecto así no puede hacerse el boludo y decir yo muero con las botas puestas. La obra está bárbara, ¿ahora qué hay que hacer? ¿Sobre qué cosas podemos pensar? ¿Cómo se gestiona esta olla a presión llamada banda de rock, para adentro y afuera?”.

El libro cierra con un “Mantra” que en su momento disparó polémica que  abreva  quizá discusiones sobre la alta y baja cultura, qué es cultura, qué es contracultura: “Dárgelos está diciendo que no pasa nada, que el circuito de la consagración es una boludez, puro humo. No lo vi como un debate sobre alta y baja cultura, sino como un debate sobre el poder institucional al interior de los mundos artísticos”.

Portada: «Baba ecce», de Falopapas.

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