Por Ramiro García Morete

“Es como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad. Sí, como electricidad”… (“Billy Elliot”, 2000 ). En las playas de Jericoará, al este de Brasil, le ocurriría lo mismo que cada vez que se mudó de ciudad aturdido por La Plata: extrañarla. “La fucking mejor ciudad del mundo”, dirá. Unos pocos años antes, su vida se había convertido en otra vida. “Ni mejor ni peor… pero no funcionó”, sintetizará. Desde el 2015 que ya no subía al escenario con una de las bandas que más había recordado que el rock es dicha en movimiento: The Falcons. Y es que él mismo confesará que “no hubiese sido cantante si no bailaba”. Desde los 2000 había notado un viraje en lo rítmico e inspirados por el Manchester de los ´80, la banda había ocupado un lugar no tan explorado entonces en la ciudad.

Pero ya en el 2018, su mente –o sus pies- ya vibraban con otros rumbos. Las producciones de Cercle o Boiler Room le harían pensar en cómo se podía intervenir el espacio o los ámbitos naturales por medio del baile y la música. Electrónica, básicamente. Y es que ya antes de emigrar se había adentrado en el creciente circuito de las diagonales. Pero al regresar encontraría un campo multiplicado en calidad y propuestas, a la par de una socia. Más precisamente en la pista de una 999, hallaría a Juana Nieri como aliada no solo para bailar sino para pensar el baile.

Junto a la comunicadora, que realizaría su tesis sobre la electrónica local, pensarían originalmente en un proyecto audiovisual. Luego se sumaría Fede Blanco y luego Nico Fernández para desarrollar una idea que cobraría sentido concreto a principios de la pandemia. Un medio que articulara un circuito diverso pero quizá disperso. Porque originalmente se trataría efectivamente de un medio, pero entendiendo la comunicación no como periodismo sino como la capacidad de vincularse con otres. Una plataforma colectiva de productorxs, músiques, artistas visuales y demás que condensara y acercara las distintas crews o producciones locales.

De la misma manera -o tal como narra Rama- que ocurre en la pista, “cuando no existe la vergüenza, los prejuicios, hay un par de horas que es todo magnífico”. Ese trance que algunos ojos reacios quizá vean como la epidemia del baile de 1518. Pero que en verdad es esa conexión colectiva entre los cuerpos eléctricos. Y para un mundo que nos quiere apagar, es casi una declaración política. Algo así piensa, siente y baila la gente de Nómada.

“La verdad que no sé qué es -se ríe Sánchez al definir este equipo que integran seis personas-. Te puedo decir lo que pretende ser. Medio un monstruo. Hoy nos nombramos como un medio de difusión y producción de la música electrónica platense. Dentro de eso nos atraen un montón de cosas. Cada uno con su formación en lo que sabe: hay comunicadorxs, productorxs, fotógrafxs. Es arrancar un medio, una marca, un sello que atraviese todos los colectivos y crews de La Plata”.  

Sánchez dirá que para él  “Nómada es un producto de haber vivido algunas cosas pero querer vivirlas desde otro lugar”, y apasionadamente trazará vínculos con el rock. “La gente tiene una necesidad de bailar. Y empieza a pasar lo que pasó hace 50 años en Manchester. Se le deja de dar importancia al que toca y la gente está de fiesta, porque quiere compartir. Es más una situación. El rock de La Plata tenía mucho de idolatrar a les artistas y la cosa giraba en torno a eso. Sentí un cambio, que estaba cambiando un poco todo. Un despertar, una cosa generacional. Es el nuevo rock. Porque detrás de eso hay un universo: marcas, drogas, producciones, estéticas, conceptos, es gigante. Antes de la pandemia podías tener tres o cuatro fiestas de 300 personas en simultáneo. Y que cada fiesta tenga su concepto, música, escenografía, diseñadores. Cada colectiva, sello o crew tiene todo un universo. Etérea cadencia, Lacura, 999, Urbeat, Les modernes , Wahr… cada una con un universo”.

Con su cuenta de Instagram (@nomada.escena) como núcleo y sujeto a la virtualidad pandémica, Nómada produjo y difundió intensamente en pocos meses: charlas sobre la historia de la música electrónica platense desde finales de los ´80, con el testimonio de protagonistas que posiblemente concluya en un libro; tutoriales de producción musical; playlists de dj´s; producciones audiovisuales como “fase Rem” junto a Casa Lumpen, El Beat de la Academia y Ciudad de Gatos con nuevos nombres de una escena muy amplia.

“Hay tantas cosas -expresa al respecto Sánchez-. Y quizá muy separadas entre sí. Me recuerda a los comienzos del indie, cuando las bandas de cada sello tocaban entre ellos y se pasaban los instrumentos. Lo mismo venía pasando con la música electrónica. Muchas propuestas pero no se pretendía compartir géneros o públicos. La idea es con Juana y la necesidad de ser un medio objetivo, que atraviese un poco todos esos colectivos”.

Ante tanta actividad, cabe reflexionar sobre algún tipo de identidad local: “Te lo puedo decir igual que como siempre funcionó el rock. ¿Te acordás que te decían: ‘suena re platense?’ Y no sabíamos por qué.  No porque la voz suena así o la guitarras asá, sino la originalidad y actitud es platense. Hay un sonido platense. Hay interés de las productoras de Capital por Vurkina, o el set de Peces Raros, la Cuarentena e incluso Mundo Perro que van y vienen de Mar del Plata. Como con el rock cuando uno no sabía qué era, pero venía algo raro, freaky, que te incomodaba. Lo mismo pasa con la electrónica. Ves a las pibas de Vurkina y te vuelan la peluca. Y un montón de cosas que se están gestando. El pibe que ayer no conocía nadie hoy la está rompiendo”.

Más allá del crecimiento y cambios generales, algunas cosas siguen igual: “Con respecto al Estado, a las políticas e instituciones, la electrónica sigue estando excluida a lo que significaría el arte y en cambio sí vinculada a las drogas, noche, cosa turbia. Para mí fue una sorpresa, después de haber vivido una escena de rock llena de machismo, droga y cosas oscuras, ver una ambiente donde la gente se cuida entre sí, se respeta a las diversidades. Mucha de la gente de la vieja generación de a poco ha sido seducida por estos espacios, esta gente, esta música. El que siente los cambios más allá de la moda es inevitable que quiera bailar”. Y continuando con el prejuicio cultural, “hoy va un personal trainer a una plaza con veinte personas y una caja… y no pasa nada. Pero vamos nosotros cinco con un parlante y te sacan. Hay algo contra el baile. Por eso sentimos que hoy bailar incomoda. El vecino te llama, está mal visto. Y es algo que no lo puedo entender. Sentimos más allá de que sea con un ambiente de música o entretenimiento, que hay una carga política en esto”.