Por Ramiro García Morete

“Una canción tiene que ser eso”. Algo así le dijo hará un año o más su compañera, una noche cualquiera, tomando cerveza y escuchando música desde el celular. “No podíamos creer lo simple y directo que era el chabón. Lo efectivo a la hora de transmitir”, expresará quien entonces “estaba en cosas más raras, componiendo con séptimas, novenas”. Lo que sonaba era Intoxicados y el chabón era Pity. Ya en los albores de su adolescencia había atravesado una pequeña pero reveladora experiencia cuando, parado en la caja trasera de la Fiorino, comenzó a sonar “Nunca quise”. El hermano y su pareja iban delante, besándose, y él ahí, con los ojos candorosos, “viendo esa secuencia, yendo a casa… se me derritió el cerebro. Ahí sentí el poder de una canción. Lo escuchaba y lo percibía en el aire. ´Otro día en el planeta tierra´… Fue como una puerta abierta. Se lo saqué de la camioneta y se lo gasté”.

Extrañamente, en la casa de Olmos casi no sonaba música. Criado por su abuela, su pasatiempo infantil era hacer peligrosos experimentos con productos de limpieza y jugar con bichos. Y dibujar, sí. Y leer mucho, también. Sus hermanas mayores, ambas profesoras, se encargarían no solo de llevarle libros sino de hacerlo leer en voz alta. “Me hacía re bien. Sentía que estaba haciendo algo bueno y que al resto de la gente le gustaba. Yo no entendía una mierda. Pero los sabía tan de memoria que en algún momento los ponía al revés y los leía”, recordará con la inocencia intacta. Quizá en aquella costumbre residiera cierta afección por la palabra, que sería óptima cuando ya en la secundaria San Miguel se sumara a la banda Entrecables y se encargara de las letras. Unos años antes, un compilado guardado en la cajita de un viejo cd proselitista de Alak le había hecho sentir con “El Fantasma” de Árbol que en las canciones “había algo distinto. Supe interpretar de alguna manera y abracé”. Pero las dos o tres clases fallidas de guitarra pasarían sin pena ni gloria. Sin embargo, la banda precisaba un baterista y su hermano “tarjetearía” para comprar el instrumento que aprendería como todo: de manera autodidacta.

Su verdadero contacto con las seis cuerdas vendrían mucho más adelante, cuando ya desplegaba creatividad y groove en la  batería en Tanque, la banda del talentoso Pedro Bedascarrasbure. “Mi gran maestro, definitivamente. Me enseño prácticamente todo. Me cambió la forma de ver la música y hacerla”. En aquellas noches trabajando de sereno en el mismo depósito de garrafas para el cual hoy reparte manejando un camión, llegaría el más bello de los instrumentos  de manos de alguien inesperado: su padre. Tenía diecinueve años cuando la madre le contó todo y al conocerlo resultó que era músico, tocaba la guitarra y el acordeón. La Salvador Ibáñez e Hijos española de 1932 sería más que un legado: una compañía en las largas noches de trabajo. Así surgirían sus primeras canciones y algunas acabarían en Tanque.

Precisamente la banda de soul bonaerense inspiraría su nueva aventura cuando cada integrante se dispuso a publicar material solista en paralelo. A la par de tocar en su otra banda (La Pipa de Bilbo), la idea quedaría rebotando y tanto el inicio de la pandemia como una serie audiovisual en clave folk de un delgado cantante local lo empujarían a una idea sencilla.

Ya con una Cort acústica indagaría entre sus canciones y seleccionaría aquellas que fueran simples y directas. Lo que tiene que ser una canción, quizá. Depurando los versos para ser legibles, las armonías para que fluyan y el sonido para que se cristalice, construiría un pequeño pero consistente EP. Canciones acústicas y desnudas, no exentas de sutiles detalles atmosféricos provistos por la delicada producción de Lucas Gregorini. Una voz pura y honesta entonando bellas tonadas sobre el desamor, la despedida y lo más importante que se aprende en los caminos: seguir adelante. Un EP que apenas lleva su nombre porque solo dice lo que tiene que decir. Las canciones de Juan Aló son eso.

“Es una forma nueva que tuve para conocerme en otro rubro que no fuera el baterístico -introduce Juan-. Una recolección de canciones. O la cosecha, como diría el Andrelo (Calamaro). Son canciones que ya venía componiendo hace un tiempo y que elegí entre otras para que tengan un sentido. Porque venía componiendo cosas un poco más complejas y yo quería algo un poco más simple”. En las tres canciones se da un hilo narrativo que “también estuvo buscado. Con la elección temática y que cobró más sentido cuando terminamos de elegir las canciones. Creo que hay como un personaje que se va desarrollando en una historia. Creo que se logró tanto en lo sonoro como en lo lírico expresar la melancolía, la soledad y la superación”. Juan asiente ante una especie de “buen perdedor” como narrador. “Acepta y la intenta superar, llevar para adelante. Y lo loco es que la primera canción fue la última que compuse. Y es como la más tonta. Y habla de eso de la manera más simple y tonta, de explicar la angustia. No hay mucha rosca, es bastante directa. La segunda se pone más oscura. Con tintes, una superación y la aceptación y lo que le ocurrió al primer personaje. Y en la tercera, la aceptación. Hablan todas de un viaje. Eso creo que quedó”.

La idea va de la mano de un sonido acústico y despojado: “Quería hacer algo tirando a ese sonido. Como registrado con una grabadora vieja. Después se terminó yendo por otro lado. Lucas decidió cómo encarar bien la cuestión sonora y estética. Me sentí como re acompañado por el chabón. Estuvo siempre presente y me empujó en todo momento. La verdad que fue un placer”. Y agrega: “Sentía que las canciones ya decían algo de por sí y era lo que más me interesaba. El mensaje me cerraba. Después cómo suena o cómo quede realmente no me calienta tanto por ahora”.

Siendo un baterista talentoso y original, no se le cruzó incorporar ese instrumento “en ningún momento. Fue como uno de los objetivos, inconscientemente. Tenía ganas de olvidarme por completo y meterle a la viola. De hecho estoy más en esa de tocar la guitarra y cantar que tocar la bata. Le estoy siendo infiel a la batería”.

Sin embargo, no deja de imaginar a futuro: “Me gustaría incorporar algo más eléctrico. Una banda de rock & roll… el sueño del pibe”. Algo que ya cumplió en Tanque o La Pipa, pero con los parches: “Es hermoso también. Estar donde sea, si es rock and roll”.