Por Ramiro García Morete

Luciano Lahiteau elabora un notable ensayo  histórico sobre el instrumento dominante de la música pop del siglo XXI: el Auto-Tune. Quien quiera oír, que oiga.(Foto: Leandro di Martinelli)

“¿Qué pensarías si yo cantara desafinado? ¿Te levantarías y te alejarías de mí?”, exclamaba Ringo Starr en la célebre “With a little help from my friends”. Entre otras cosas, The Beatles serían un exponente de uno de los mayores cambios-impulsado en parte por el rock -que el siglo pasado propiciaría en la música: entenderla más allá de la composición escrita y los tonos. La experimentación con el audio- sumada a la santa trinidad de ritmo, melodía y armonía- haría más evidente una relación indisociable: el vínculo de la cultura con las tecnologías a lo largo de la historia.

¿Qué pensaría de todo ello, con catorce o quince años frente al Noblex de una compactera y esa extraña luz naranja? Ignoramos. Pero al escuchar “I want you (she´s so heavy)”  se preguntaría por primera vez: ¿cómo habrán hecho para que suene así? “Antes escuchaba canciones, me gustaban, pero no me preguntaba cómo”, recordará sobre aquel chico cuyo primer disco fue regalo de su tía: “Please Please Me”. Una sensación similar ocurriría mucho tiempo después al escuchar la melancolía futurista de Daft Punk: “¿Cómo es esto? Por la curiosidad de la manufactura, más que de la composición”.

En el medio y entre tantos otros nombres, ya se compraría sus propios cd´s de Charly García. Sí, ese señor que supo conjugar  la formación académica con los clics modernos y uno de los primeros en estas tierras que experimentó con la 808 que hoy gobierna en el trap. El mismo que siendo parte del mar, no dejó de ver las nuevas olas. Y que en una humorada y/o provocación (“habría que prohibir el…”) en unos premios Gardel pondría en la boca de todxs algo que-precisamente-ya estaba en boca de todxs: el Auto-Tune. El procesador de audio  creado por Andy Hildebrand para “corregir” o “afinar” ya no era un secreto de estudios de grabación para disimular “defectos”. Con Duki como referente de una época, el Auto-Tune había devenido un recurso de infinitas posibilidades.

Lo que inicialmente sería una nota para Revista Ñ por parte de este periodista platense de importante recorrido, dispararía una idea más ambiciosa pero no menos sustentable. El periodista y editor Leandro de Martinelli le sugeriría escribir un libro. Tras pensarlo, una exhaustiva tarea de investigación y diversas entrevistas a productores y artistas darían forma un notable y necesario ensayo para comprender al instrumento de mayor  impacto en la música pop del siglo XXI: el Auto-Tune. Y es que lo para algunos es solo un efecto y para otro hasta una burla, para mucho es tan rico y complejo como lo fue la guitarra eléctrica. Con notable precisión y claridad, Luciano Lahiteau no solo desarrolla la genealogía del Auto-Tune sino que desentraña la relación ineludible del arte con la tecnología, así como derriba prejuicios alrededor de la expresión como la potestad exclusiva del saber o la autenticidad. “La fantasía de la escucha es que accedemos al artefacto cultural sin ninguna mediación, de forma inmediata y directa, sin ninguna de las condiciones de producción afectando la forma en que consumimos las canciones”, escribe en un pasaje de “Los desafinados también tienen corazón. Una historia del Auto-Tune”. Publicado por Firpo Casa Editora, el autor va desde Caruso o Gardel Gardel a Daft Punk , de Cher o Maxi Trusso a T-Pain desentrañando los distintos avances en función de expresar más que de corregir.  O como dice alguna página, “lo interesante es qué hacen los artistas con el Auto-Tune, y no lo que el programa hace con sus voces”. Y esta historia, además de cantada, precisaba una voz que la contara.

“Es un ensayo histórico sobre el Auto-Tune-introduce Lahiteau- .  Su origen, las condiciones en que su aparición fue posible, los debates estéticos y hasta económicos que suscitó y a partir del vuelco que le dieron ciertos artistas, cómo se convirtió en un herramienta creativa y en qué modo puede servir para entender esta época del pop y este comienzo de siglo”.  Para ello, el periodista aborda una “narración cronológica donde inserto el auto -tune dentro de una genealogía maquínica   que tiene que ver con cómo la tecnología y la música se fueron pasando la posta entre sí,  motivándose y desarrollándose una a otra. Y me parecía en las críticas de este siglo todavía está subyacente la idea de la música como algo esencial, muy alejado del desarrollo técnico. Por eso me parecía importante insertarlo en ese dicotomía que acá la había trabajado Diego Fischerman (“Efecto Beethoven”) todavía está muy presente de que la creación musical viene una esencia del genio creador, incontaminado, autónomo al mundo que lo rodea”.  Y en contraposición parece este efecto que “gracias a la inventiva de ciertos artistas que son mojones en la historia, la herramienta termino convirtiendo en un medio para crear personajes, para desarrollar la voz, para aprender a cantar”.

Lahiteau vuelve a citar a Fisherman para remitirse a fines de los ´60, cuando “el rock -que es música pop- empezó a ser como colonizado por los principios de la música académica. A creerse que los que más notas tocaban y más complejidad eran los músicos de verdad. Y no los que tocaban por instinto. El auto tune renueva esa discusión porque hay muchos chicos y chicas que no saben nada de música. Así como en algún momento fue la guitarra eléctrica posibilito esto o las máquinas de ritmo, de samplear, hoy es el Auto-Tune es el que  da esa escalera para empezar. No quiere decir que sean mejores que los que van al conservatorio durante veinte años”.

“El Auto-Tune como procesador de audio tiene un inventor que es el científico Andy Hildebrand. Pero en tanto instrumento se fue re-elaborando con el tiempo  al calor de las modas de la música pop. Tomo la definición  de Bob Stanley: el pop no es un estilo sino una forma de producir música que busca crear su propio público y conectar con el zeitgeist de su época .Hoy en el hip hop está la música pop, porque los modos de producción han colonizado la escena mainstream, como en los 70 había sido el rock. El europop de fines de los ´90 le da em primer empujón con Cher y Mark Taylor. Y luego le dan su importancia artistas como  Kanye. Ahí hay como una especie de polinización para que surjan los Travis Scott, Frank Ocean, The Future, que han hecho del Auto-Tune su instrumento así como Hendrix con la guitarra eléctrica”.

Tanto en entrevistas propias como ajena, el periodista corrobora que el uso del Auto-Tune no es nada fácil: “Requiere mucha práctica. Me parecía importante resaltar eso. Contraponer a la idea de que usarlo es  hacer trampa o hace del mal cantante uno bueno.  No va a hacer que seas un cantante que emocione o porque te corrija el tono. Ni tampoco va a hacer que la rompas de un día para el otro. De que cante más o menos y quede joya”.

Lahiteau se opone a quienes creen que esta herramienta despersonaliza: “Para mi humaniza o profundiza la expresión interna. Ahí es clave el disco de Kanye («808´s & The Heartbreak»)…¿viste cuando estás tan emocionado que la voz se te quiebra o te ahoga? Tiene esa cualidad de un poco lograr en la grabación esas voces nuestras que escuchamos dentro. Que son variadas, partiendo de la base de que casa uno escucha su voz de manera diferente. Me parecía interesante para desligarlo de la idea de maquillaje, sino también como una herramienta de la exploración interna. Con como lo usan para producir o componer. Me contaba Gastón Porro (Percii, Un Planeta): yo tiro ideas y el Auto-Tune me devuelve, porque la corregirme me propone salidas. Eso es muy interesante como herramienta. En muchos casos te abre el campo en lugar de cerrarte”.

Los desafinados también tienen corazón. Una historia del Auto-Tune” se consigue escribiendo a firpocasaeditora@gmail.com