Por Carlos Ciappina

Amo demasiado la civilización para no desear desde ahora el triunfo definitivo en África de los pueblos civilizados.
D.F. Sarmiento, Diario de Viajes 1845-1848

El domingo 17 de enero, el diario La Nación publicó una nota firmada por el periodista Pablo Sirvén. Titulada poco imaginativamente «La madre de todas las batallas», es un llamado de atención a la dirigencia opositora al actual gobierno nacional y provincial. Una especie de pedido de acción, de solicitud de «ponerse las pilas» de cara al año electoral. El periodista deja en claro a lo largo de la nota que su pertenencia política es Cambiemos-PRO y que escribe precisamente para alentarlos a tomar una actitud más agresiva y militante (perdón, Sirvén, esa palabra la agrego yo, no usted) para derrotar al Frente de Todos en las elecciones de este año. 

Hasta allí, todo normal en nuestro periodismo vernáculo: un periodista con pertenencia política (aunque, consultado, repetirá una y mil veces la zoncera de su «independencia») que desde el diario del poder (bueno, uno de los diarios del poder, ya conocemos el otro) intenta aportar su granito de arena para derrotar al populismo autoritario, destructor de las instituciones y demagógico, obvio.

Pero en la nota –breve y de poco vuelo político– aparecen dos definiciones que muestran en toda su crudeza el modo de entender a la sociedad argentina y, por extensión, latinoamericana y africana del liberalismo vernáculo.

La frase debe copiarse completa para no dejar lugar a dudas. El texto comienza así: «Una vez más, este año, la madre de todas las batallas será la provincia de Buenos Aires, ese territorio inviable en cuyo africanizado conurbano se deciden electoralmente los destinos de la Patria».

La frase pretende (y alcanza) una brutalidad incuestionable: el conurbano bonaerense –donde viven 11.000.000 de personas, el equivalente al 25 por ciento del país– está «africanizado».

Aquí hay que distinguir dos posibles acepciones del término: una, desde el pensamiento decolonial, antiimperialista y promotor de la liberación, que no vería el término africanizado como un demérito. En efecto, desde ese lugar (el lugar que elegirían, por ejemplo, Franz Fanon o Edward Said) los países de Asia, América Latina y África son sociedades heterogéneas imposibles de definir desde la uniformidad, culturalmente riquísimas, que combinan –como muchas regiones del mundo– la ultramodernidad con el mundo tradicional y la riqueza extrema con la pobreza estructural. Pero hay una constante que sí los caracteriza: las sociedades africanas, latinoamericana y asiáticas han sufrido y siguen sufriendo la suerte de las naciones que han estado desde hace siglos bajo las dominaciones colonialistas e imperialistas.

¿Hay una suerte histórica común entre Asia, África y América Latina? Desde la Segunda Posguerra esto es evidente para el pensamiento nacionalista y antiimperialista de esos territorios del otrora llamado Tercer Mundo.

Desde esta perspectiva, pues, «africanizado» no debería tomarse como un destrato racista sino como una comprobación sociohistórica que combina toda la riqueza y profundidad cultural de África con los efectos devastadores de la explotación colonialista e imperialista. Conurbano latinoamericano y sociedades africanas compartirían así todas sus riquezas y bellezas sociales y culturales junto a la depredación y el saqueo de siglos.

Pero, ¿era esa la intención del periodista y de La Nación? Tendríamos que ser ingenuos hasta el despropósito para creer que Sirvén y La Nación nos proponen una lectura «por la positiva» de la africanidad. Lo que quiere decir Sirvén (y toda su trayectoria, como la del propio diario, lo avalan) es que en el conurbano viven un conjunto (millones) de seres inferiores (aquí la élite que Sirvén defiende los llama «negros», aunque no lo sean) que tienen en sus manos –indebidamente– los «destinos de la Patria». Sirvén retoma aquí –quizás sin saberlo– la vieja línea editorial del liberalismo argentino que inauguró Echeverría en el «Dogma Socialista» (1837): la democracia a la europea es imposible porque no hay ciudadanos sino un conjunto de seres incultos y brutales que deben quedar en la tutela de la «gente ilustrada» hasta que se conformen en ciudadanos civilizados. La Patria (así, con mayúsculas) no puede ser esa masa informe de «africanizados» (en la lógica negativa elitista) habitantes del conurbano. La Patria anida en las etéreas alturas de los blancos civilizados habitantes de la muy europea Buenos Aires.

Sirvén despliega en esos tres renglones dos exclusiones: una, racial, en la que los habitantes del conurbano son el África que no queremos ser; la otra, ciudadana, pues tienen en sus manos los destinos de la Patria y, claramente, no son parte de la Patria porque son África.

Pero el párrafo inicial contiene otra palabrita, quizás la más dura de todo el texto: si uno lee bien, para Sirvén la provincia de Buenos Aires es «ese territorio inviable». La inviabilidad de los territorios de la Argentina que no se ajustan al sueño blanco, europeizante y neocolonial de las élites que La Nación expresa tiene una larga tradición en nuestro país. Señalemos tres ejemplos emblemáticos: la Patagonia era inviable porque la población que habitaba el «desierto» era incapaz de ser europeizada. ¿Conclusión? El exterminio. Cien años después, la dictadura de Videla y compañía concluyó que la Argentina era inviable con ese nivel de militancia y participación política. Resultado: el exterminio. En pleno neoliberalismo, un ministro de Economía (Domingo Cavallo) decretó la «inviabilidad» de las provincias del noroeste y noreste argentino porque no se sumaban a la modernidad neoliberal. Resultado: la muerte lenta de aquellas provincias, que se recuperaron recién después de 2003.

El periodista y La Nación recuperan, en pleno siglo XXI, la vieja e inextinguible lógica sarmientina, biologicista, neodarwinista y positivista que alimenta desde el siglo XIX el racismo del liberalismo argentino (que por algún retorcido modo de ver el mundo se cree a sí mismo democrático, cuando para entender sus posiciones sociales hay que hacer pie en el nazismo y el fascismo europeos).

Para Sirvén hay una Patria (así con mayúscula) representada por la gente «blanca», «racial y culturalmente europea», gente «apta», que habita territorios viables como la ciudad de Buenos Aires o Mendoza o Pinamar (donde, dicho sea de paso, no gana nunca el populismo demagógico), y hay un algo deforme, aluvional, oscuro y sobre todo inviable, que no es la Patria sino una especie de masa informe que se quiere aprovechar de los buenos oficios de la nación «blanca».

Sería solo un ejercicio intelectual reparar en estas definiciones tan brutales y patéticas si no fuera que luego se traducen en políticas públicas. Allí, cuando las élites que Sirvén y La Nación representan se apoderan del Estado, estas concepciones adquieren la forma de políticas de pauperización, de mayor exclusión y de destrato económico, social y simbólico. Sin esta concepción sería incomprensible que una exgobernadora hubiese dicho «¿para qué queremos universidades en el conurbano?» o un diputado nacional que «las mujeres se embarazan para cobrar la Asignación Universal por Hijo».

La dicotomía inaugurada por Sarmiento en 1845 sigue totalmente viva y presente: ayer, la civilización o la barbarie; luego, el aluvión zoológico; hoy, la africanización inviable. Modos diversos para referirse a lo mismo: la incapacidad de las élites para entender al pueblo que constituye la mayoría del país que habitan.