Por Ramiro García Morete

Luciano Cirone presenta una serie de cortos sobre “acciones comunes en lugares no comunes” que interpelan la urbanidad y el uso del tiempo

Hacia el 2013 el mundo había sobrevivido a las  profecías que sentenciaban su final. Sin embargo  ya gravitaba en el espacio y en la mente- nuestro otro espacio- cierta inminencia de algo inquietante. Una suerte de distopía no tan distante en la que los recursos se extinguen y entonces,  ¿qué pasa –precisamente-con los espacios? ¿Cómo los habitamos o qué nos indica que hay un modo adecuado de hacerlo? “¿Qué pasa si tal persona hace tal cosa en tal lugar?”, razonaría “en modo 360°” para activar un proyecto  que luego quedaría detenido o postergado por su búsqueda musical  y la vida en sí.

Pero aquel primer envío, rodado  en el edificio de una chica con la que salía, quedaría detenido y a la vez vigente. “¿Quién se anima a hablar del tiempo?”, pregunta el subtítulo o –mejor dicho- diálogo interno que acompaña a este hombre aparentemente abúlico, envuelto en la luz azul metalizada, atestado de utensilios, alguna foto y con un televisor parpadeando sin señal. Igual que cualquiera…pero dentro de un ascensor. “Acciones comunes en lugares no comunes”, sintetizará. 

Precisamente el 2020 nos encontraría en una instancia no común y forzando a redefinir nuestros propios espacios. Así que es que Luciano Cirone retomaría esta serie de cortos que funden lo coloquial con lo onírico, lo físico con lo reflexivo, lo real con lo surreal y que interpela el modo en el que habitamos las ciudades. Estableciendo un “dogma” propio que implicaría reglas como utilizar la cámara fija y que fuera la misma Canon 60d del 2013, retrataría personajes anónimos (enumerados como Primera persona, Segunda persona, etc.) que pueden vivir en una bañera, en una cocina, en una fosa, una parada de autobuses o un cajón de fruta. Cada unx con psicología y trazada biográfico tácito, una coloratura simbólica  y una acción inerte. Pero a la vez, con rasgos comunes :  objetos personales, alimento y cierto desorden delicadamente compuesto. “A veces no sé quiénes somos, pero cuando reímos y lloramos somos todos iguales”, señala el diálogo interno de la “persona que vive en la cocina”. Detrás de un título aparentemente costumbrista, “Escenas de la vida cotidiana” en verdad apunta a esa tensión y pulsión del arte que hay entre lo extraño y lo familiar para devenir en pregunta. Interrogantes  que como todos nosotrxs- damas, caballeros y demás-están flotando en el espacio.

“Son acciones comunes en lugares no comunes llevadas a un plano audiovisual con un tinte surrealista-define Cirone- en el que  trato de manejar el paso del tiempo y la percepción de él que tenemos. ¿Cuánto tiempo nos lleva las situaciones comunes cotidianas? Y en esa reflexión se suma una especie de crítica al urbanismo de cómo habitamos los espacios, que posibilidades y necesidades tenemos ante ellos”.

Los envíos son seis y “cada persona tiene su biografía, pero que conoce uno solo cuando la escribe  y trata de transmitir con detalles. En todos hay una foto de ellos, un familiar o un paisaje”. Otro factor común es el “amontonamiento”. Según Cirone, “todos tenemos ese desorden mental y de nuestra casa en acumulación de elementos muy claros, como la comida que aparece en todos”.  

Algo a destacar  la intención del color: “ Traté de que cada uno  simbolice el color de cada uno acorde a la historia. Como el amarillo de la persona que vive en la parada: el amanecer del peregrino”.

Entre textos propios, alguna cita a Rimbaud o Blixen, estas escenas son acompañadas de pensamientos que son apenas un ápice de las que Cirone tiene en su mente. “¿De quiénes son los espacios y cómo los habitamos? Si una persona arma una carpa en una plaza o lava el plato en una fuente ¿está mal?  Hay necesidades de viviendas y más en Latinoamérica”. La crítica es más amplia aún e implica “la velocidad de la vida. Nos estamos alejando del ocio como humanidad. Cada vez más nos aprietan a lugares pequeños, a vidas acotadas: comer, laburar, Netflix”.

Y continúa: “De alguna manera el gran concepto está atravesado por esta destapia inminente. Yo en el 2013 me imaginaba que quizá haya un día edificio abandonado y la gente lo ocupe. La pieza de un es la cocina y dentro del mismo depto, uno tiene  un sucuchito en la pieza y  otro vive en el en el living. No es ciencia ficción y atrás esconde una distopía atravesada por la crisis social, económica y climática que se está atravesando cada vez más”.

Otra crisis referida al espacio es el la que transitan las manifestaciones artísticas. “Está bueno poder transgredir y que el arte no quede en Youtube e Instagram. ¿Dónde vamos a quedar parados  después de la pandemia?  ¿Cuánto va a valer la entrada? La cultura siempre va a estar en la última. Las galaerías de arte están cerradas… A mí me gustaría proyectarlos en una bar o una fiesta.   El arte tiene que irrumpir, molestarte. Tiene que ser sorpresivo.  No le va a llegar en Instagram  y menos si no tenes manera de poner plata”.