Por Ramiro García Morete

El músico y también periodista presenta “Beatnik”, un disco tan signado por el icónico movimiento contracultural de los cincuenta como por el espíritu contemporáneo (Foto: Matías Lima)

 “Nada está dicho/todo es rumor”.Sus ojos fascinados recorrían las páginas de la Rolling Stone y  aquellas fotos de Bruce Davidson sobre una novela de la generación beat. “Gente joven en blanco y negro, en la parte de atrás de un auto, besándose en la ruta”, evocará. “¡No puede ser cierto!”. Tras indagar un poco, compraría en la librería Henry “En el Camino” sin saber mucho más. Pero aquella revista decía que “Kerouac tenía ritmo”. Y para un melómano eso era-según graficará- “como pan caliente”.

Cursando el último año en el Claret de Bahía (colegio religioso donde su único aliado en asuntos musicales y amigos la actualidad sería Pedro Subieles) posiblemente su  sed de caminos y agitación aún no estaría saciada. Aunque jamás olvidaría aquel viaje en el asiento acompañante de su padre, yendo a Pehuencó, sin la VTV y  eludiendo velozmente a la policía caminera mientras sonaba “Nos siguen pegando abajo”. Charly siempre había estado, junto a Fito  o Serú, en el walkman negro que sus progenitores le habían dado al pequeño que gustaba de llamar a las radios a pedir temas. De hecho, el empleo de su tío como operador de la LU2 AM 840 habilitaría numerosos y variados cd´s  o compilados que irían de Norah Jones a Madonna pasando por Talk Talk o Pet Shop Boys. No extrañaría que a eso de los 12 ya tomara clases de guitarra con una señora que lo dejaba en un cuartito sacando aburridas escalas, con la misma criolla que resistiría muchos años después los primeros y difíciles años en el Mondongo.

 Su encantamiento asumido por la figura de “estrella de rock” lo acercarían más bien a ser autodidacta y juntarse poco después con otros amigos a tocar covers y comenzar a llenar un bloc con los primeros bocetos de canciones. Y es que el joven afecto a las libretas -capaz de recorrer la ciudad buscando específicamente las Ledesma  de  portada con lunares, anilladas y sin renglones- cultivaría desde siempre un vínculo tan o más intenso que con la música. Otra colección-la de libros, de su tía periodista- resultaría reveladora al punto de comenzar a leer con apenas cuatro años. Mitología, Crónicas de Narnia, El Señor de los Anillos o una biografía de The Beatles. Posiblemente toda esa información lo condujera a  estudiar y dedicarse al periodismo en La Plata.

A mediados de la década pasada no solo quedarían en su ciudad aquellos discos y libros sino también su novia, su primera banda y un puñado de canciones. La telecaster roja tampoco lo acompañaría a aquel departamento por cierto temor que le impartía el nuevo barrio. De pronto, parte de aquella intensidad anhelada se materializaría: desde la incertidumbre de soledad hasta el oficio temprano en un reconocido diario y todos esos recitales siguiendo a Pérez o los Volcanes casi con la el mismo amor que de adolescente sentía por The Kooks. “Creo que esos dos años viví en Pura Vida”, bromeará sobre esos tiempos que irían colmando sus libretas al igual que el celular y una carpeta de maquetas en la compu llamada “Propios”.

Pero el desarrollo de su oficio y esa moneda que es la duda postergarían un tiempo lo inevitable: grabar un disco. Y por un disco entenderá un universo. Con Germán Vázquez (Erich Larsson) como aliado en la producción, transferiría la conciencia beat a su tiempo, generación y sonido. Entre el pop y la poesía, el rock y la balada, guitarras delicadas y teclados omnipresentes construyen una atmósfera que  concilia oscuridad con cierto brío jovial,  tal como la noche envuelve los cuerpos palpitantes. “Bailame, que todo es porvenir” declama en uno de los siete tracks de “Beatnik”, primer disco en largo camino por delante para Matías Angelini.

“Yo creo que fue una necesidad- introduce Angelini al disco-. Porque tenía la pulsión. Me daba más tristeza no hacer un disco que el miedo  a concretarlo. Todo ese temor torpe de no estar a la altura y todas esas cosas que durante un tiempo combatí hasta que dije: no da para más”. Y agrega: “También es un gesto hacia toda la música que escuché en mi adolescencia, que creía necesario, que estaba cruzado por eso. Mi adolescencia, mis primeros años en la ciudad… viene por ese lado”.

Pero el gran disparador fue “encuentro con la literatura de la generación beat que -en algún punto- me hizo entender mi juventud, este deseo de hacer cosas  y que no queden entre las paredes d de mi casa”.  Según cuenta, “las canciones ya las tenía escritas. Y lo discos que más me gustan son los que abrazan un concepto. Andar explicando las canciones  me parece innecesario. Pero en un momento me armé una playlist cuyo título era ´Beatnik´. Lo miré y pensé: tiene todo el sentido del mundo. En cierto modo estaba narrando lo que me pasó con el libro. La literatura beat plagada de duda, pero una duda activa. Reflexionando sobre no entender bien pero a la vez estar en movimiento. Eso me parecía fascinante: el amor, la amistad, encontrar otros lugares, otra gente.  Esa transferencia: yo llegando a una ciudad nueva completamente solo y de golpe con gente fascinante, habitar un espacio que era todo novedad. Esa conexión yo la sentía desde ese lugar”.

Respecto al proceso y la búsqueda músical, Angelini cuenta que primero escribe el texto y luego musicaliza: “Estoy educado a partir de eso. Será culpa de la gráfica”. Y agrega: “Después trato de buscar una musicalidad. En mis canciones el relato es tan importante o más que la melodía”. Al advertir que no podía o quería hacerlo solo, el resultado provendría de la fusión de algunas referencias (Phoenix, Metronomy, Pet Shop Boys, Kooks), las herramientas a mano (Ableton e instrumentos prestados) y  el productor. Lo que siento es que producción está muy a la par de como escucho música. El concepto es lo une pero no tanto del audio. Yo puedo escuchar new wave o después Arctic Monkeyss y paso a Bob Dylan o Alan Parsons. Parte de la forma en la que consumí música, que no fue tan atada a un género”.  

De cara a un futuro incierto para todes, no descarta la posibilidad de tocar. “Si se presenta la posibilidad voy a estar. Tengo que ver cómo hago. Son temas  muy densos. Debería armar una banda o tirar una pista, algo que no sé si me conmueve”. Y confiesa: “Igual ya no lo habito. Estaba más deseoso de sacármelo de encima. Tengo treinta temas nuevos y la idea de un disco  que se llamará como el personaje de Olivia Newton en “Grease”: Sandy Olsson”.