Por Ramiro García Morete

Artistas de La Plata, Buenos Aires y Montevideo combatieron la cuarentena proponiendo disparadores para canciones y poemas a través de un grupo de whatsapp. Como resultado, un álbum con veinte tracks y veinte artistas destacadxs e incipientes con el soporte de Programa de Apoyo a la Realización Artística y Cultural de la UNLP

El 31 de marzo del año pasado Bruno Pizzorno estaba en la habitación del departamento de Palermo cuando recibió un mensaje de whatsapp. En rigor, había sido añadido a un grupo que llevaba- en clave de ingenioso humor negro- un nombre tristemente célebre. Como todo el mundo, atravesaba con incertidumbre un confinamiento que entonces-creíamos-sería algo más breve. Y la propuesta de su colega (y compañero de Los Amorosos) Pablo Matías Vidal resultaba tan divertida como tentadora: “Bienvenidos a Lee Harvey Oswald. Un grupo de emergencia para los compositores de canciones en cuarentena”.  Ya no solo con la experiencia y sabiduría de ser uno de los mejores songwriters de la ciudad sino con ideas pedagógicas que constataría en su taller La Trama Panal,  el músico daría reglas muy claras en cuanto a dinámica y objetivos: “1ro que nada: siéntanse libres de abandonar el grupo si no les interesa. 2do les cuento de qué va la cosa”.

Dirigido a lo que inicialmente era un grupo de amistades musicales que no era el coro Kennedy-chiste, chiste- la consigna se basaba- chiste, chiste- en componer a partir de disparadores: “Diariamente voy a tirar un disparador como propuesta para jugar un poco. La idea es responderlo con una canción nueva basada en ese shooting, y poder escucharnos y mantener el músculo activo. Habrá quien pueda mandar una canción ese día y quién no, para eso somos varios. Lo importante es ceñirse a la consigna diaria”. 

“¿Bardee?” le preguntaría   entre fervoroso e inseguro Vidal por privado. Con su criolla a mano, Pizzorno- de Mañana Mi Coche Explotará-  no solo aceptaría el reto con entusiasmo sino que avizoraría algo más que un juego: una experiencia colectiva y enriquecedora.  Desde consignas como “la canasta básica” a “la señora que salvó mi día”, memes, gifs, links y demás sugeridas cada tres o cuatro días, se trataría de componer con absoluta libertad y compartir desde canciones terminadas a bocetos, por el mero placer de mantener el oficio…a tiro.  Con la pandemia atravesando tácita o explícitamente todos los temas, habría cierta renovación y ampliación a un grupo que finalizaría su primera temporada con veinte  integrantes de La Plata, Capital Federal, Uruguay, entre otras. Sí: y es que después de varios meses no solo se cerraría una etapa, sino que el juego continuaría incorporando también artistas, dibujantes y personas que nunca habían hecho una canción. Todo condensado en un drive rico en número y formas.

Tamaña experiencia ameritaría un paso más, cuando la UNLP  convocó al Programa de Apoyo a la Realización Artística y Cultural (PAR). La llamada “mesa chica” entre Vidal Pizzorno y Diego Martez  traccionaría para concretar un disco donde Gabriel Ricci le daría el toque final al sonido. “Alto el fuego”, con un repertorio y listado versátil que va desde el folk al indie, del rock al reggae, del candombe al bolero, de la emocionalidad a la ironía, de lo cotidiano a lo absurdo,  es el resultado de algo más que un juego. Resulta más bien un auténtico retrato de época-posiblemente de las más duras que hayan vivido algunas generaciones- a través de cancionistas rioplatenses en tiempo de placas de audio y grabaciones a distancia. Pero precisamente la distancia nunca ha sido un impedimento para el francotirador y tanto Vidal como el resto pueden quedarse tranquilxs: han dado en el blanco.

“Básicamente es un disco de artistas varixs-introduce Pizzorno- que surge del juego de tener un grupo de whatsapp para hacer canciones a partir de disparadores, cuando creíamos que la cuarentena terminaba al mes que viene o el mes que viene o el mes que viene”.  Cuando llegó la hora de pensar el disco «la mejor idea fue que cada unx presentase una canción nacida de los disparadores y  que siempre se grabara en cada casa. Hay gente que tenía acceso a placas o posibilidad de manejar y otros no tanto. Lo que hicimos fue ver quienes podían y quienes no, y depende de la ciudad y  los cuidados, arrimar a otro músico para grabar”. El plantel de artistas está integrado por: Pablo Matias Vidal, Damian Cacciali “Muñe”; Malena Martinic Magan ,  Catalina Dowbley “labearru”, Jesús Rivero; Matías Kraber, Toto Yulelé. Sofía Schnack, Pipo Mengoechea; Guada Pipuni, Costi Eliggi, Bruno Pizzorno; Salvador García, Nazareno Dhroso. Diego Martez, Fran Cadierno, Emilia Freston. Bruno Baldenegro, Tano Peri y Natalia Lucia.  Y el arte de Federica Suárez ilustra esos «disparadores».

Respecto a la selección entre tantos temas “fue libre. Cada artista eligió. Pensá que cuando arrancamos, no eran ni canciones. Eran estribos o bocetos y nadie pensaba arreglarlas. Era lo que te salía ahí. La idea  era desarrollarlo  hasta donde vos quisieras”. Y respecto a esos disparadores, también fue azaroso. “En las canciones de Pipo Mengochea, Jésu Rivero o  Nazareno Dhroso se les nota que hay algo en común. Mi canción , por ejemplo, sale de un disparador de los últimos y Vidal publicó la primera que hizo”.

En un grupo donde muchxs no se conocían personalmente, puede que se diera una situación de taller entre colegas. Sin embargo Pizzorno expresa: “Con el disco consumado lo vi más prolijo. Yo lo sentí más bien como un cadáver exquisito, un brainstorming, algo más caótico. Gente que desaparecía veinte días y volvía con  canciones. Si se quiere era un taller a lo Freire, más experimental”. Y en lo personal lo pensó como “una buen excusa para estar a tiro con el método compositivo. Un revuelta colectiva para que cada uno sacara algo. Y también había personas que estaban iniciándose. De hecho varias de las personas es la primera canción que sacan. Eso estaba bueno. Los que ya hacíamos canciones nos costó jugar al principio. Hubo otras personas que fueron absolutamente libres en el juego: delirantes, inspiradoras y más desprejuiciadas”.

 Pizzorno comprende que el grupo funcionó –y funciona- como espacio de contención: “Absolutamente. Me pasa que habría que volver la cabeza ahí atrás. Yo lo tomé lúdico.  Pero después charlábamos con las chicas y ese juego nos tuvo en vilo un montón de gente que la pasó para el ojete. Las primeras canciones dijera lo que dijera, siempre referían al encierro, a las paredes de la casa, el contexto de encierro”.