Por Ramiro García Morete

El músico continúa con su sutil manejo de las imágenes y los climas  con el flamante EP  “Sombra en el agua” (Foto: Manuel Cascallar)

“Saltar un paredón y meterte en una casa abandonada”, evocará. Un plan de aventura con los amigos de la primaria, cerca de Parque San Martin, entre paredes descascaradas y restos de alguna revista indecente. Con la misma fascinación intacta- que inclusive llegaría a ser motivo de terapia- cruzan su mente infinidad de lugares “profundamente deshabitados, en ruinas o en construcción”. Como aquellos galpones de Tolosa que alguna vez acabarían siendo locación de algún registro de los 107 Faunos. “En esa soledad o silencio había para mí un tiempo que no transcurría. No era temor, no era una cosa ominosa. Sino todo lo contrario… me servía ese silencio”, reflexionará. Quizá, en cierto modo, una canción no sea más que eso: una mezcla de refugio y soledad  donde la luz se filtra entre las grietas.

 También recordará los Frigoríficos Swift Armour que deslumbrarían sus ojos de ocho años en alguna visita a Berisso, cerca de la costa. Y es que tanto el río, las ciudades y el tránsito conforman parte esencial de su imaginario. Pero nada más alejado a lo costumbrista, figurativo o sentimentalista. Por lo contrario, sus canciones expiran  cierta ligereza que no tiene que ver con la liviandad sino precisamente con el aire. Ese que respira entre palabra y palabra, versos y verso y que quizá represente la esencia poética: lo no dicho. Algo así como los pliegues de una imagen proyectada en el agua que convierten esa supuesta verdad reflejada en algo inasible, dinámico e indefinido.

“Ya no corro más, no persigo ni me divido por hacer cumbre cada viejo clan” entona este compositor de melodías adorables y voz clara. Tras “Rayo Lento” (2019), repetiría la dinámica del EP donde hay tanto una continuidad como una profundización. Con la coproducción de Edu Morote y las guitarras de Juan Artero, las canciones de apariencia pop se nutren de sutiles capas y texturas para acompañar una guitarra siempre presente y una voz que, entre ligeros delays y efectos, flota entre versos signados directa o indirectamente por este extraño 2020.  “La ciudad es  un gran lago congelado que se está resquebrajando y ves desprenderse un tempano a la deriva”, corean junto a María Zamtlefjer en “Ola Polar”, uno de los temas que conforman lo nuevo de Miguel Ward: “Sombra en el agua”.

“El trabajo o la visión respecto a esto es la inminencia- refiere Ward al título y al concepto-. Un estado en el cual algo indefinido se acerca, emergiendo, viendo si es amenazante. Tiene que ver con el estado de incertidumbre o repliegue que tuvimos todo este año. La mayoría de los que pudimos zafar nos replegamos y quedamos esperando noticias de un mundo lejano. Como una cosa aldeana y de núcleo duro , en el cual los días iban pasando, pero la carga de querer saber sobre el afuera era muy fuerte. Esa noticia puede traer algo revelador, algo malo, algo intrascendente. Toda una situación con esa expectativa, como una cuestión de una  inminencia pero algo indefinido”. 

Como hemos señalado todo se abreva de manera perfecta en el título.  “Primero quería que  fuera en singular, para hablar de un objeto definido, y único. A la vez pueda ser algo que venga desde el cielo o emerja del fondo”.  Y respecto a la intención poética expresa: “El trabajo con las palabras es un gusto y una decisión estética. Un poco es pulir, tallar, siempre desde el lado de la poesía. No buscando figuras reconocidas o métricas, sino que sea verso libre y que tenga una poética que lo cruce. Pero pararse del lugar del poeta  me parece pretencioso. Sí la idea de la poesía tan sustancial a la música, cruzadas en el lapso de tiempo de una canción pop”.

Respecto a lo estrictamente musical, Ward analiza: “Me parece que la búsqueda en gran medida fue sustraer elementos. Trabajamos bastante con los silencios,  lo desabarrotamos de arreglos y sonido. Aprovechar esos espacios que se fueron abriendo para que  los timbres y los sonidos acompañaran y acrecentaran lo climas. Son tres canciones  juntas tienen una cuestión de pequeño arco. Me gusta esto del EP. Es una pequeña narrativa  que vas pasando por estadios no ordenados o secuenciales, pero tienen una idea de mini viaje. Y también está acotado a los tiempos de escucha actuales”.

Para ello Eduardo Morote (Sr. Tomate, Sara Hebe, entre otros) tuvo  “mucho protagonismo en la producción. Es una relación buenísima. Un jugador destacadísimo, que sabe trabajar en equipo y tiene sugerencias muy certeras. Fue trabajo de limpiar audios, de lo que no servía, de montar piecitas muy concretas. Edu sumó teclados, bajos, baterías,  percusión”. Parte de la coloratura especial del EP reside en las guitarras, que remiten tanto a War on Drugs como a Limbo Junio, banda que supo liderar el mismo Juan Artero: “Son como un regalo. Una especie de enjambre, un nido de águilas, una cosa hermosa que te va llevando medio cabalgata. En esos momentos Juan estaba muy copado con el chorus y  hay mucho detalle si escuchás con auriculares”.

Si bien apunta a “la canción”, Ward se desprende de etiquetas: “La matriz siguen siendo canciones hechas con guitarra y con el patrón definido de armonía y melodía de voz. Eso después va dando un marco y vamos sumando elementos. Ese esquema de tiempo, esa unidad de medida que es la canción, me sigue pareciendo una síntesis genial a rellenar. Pero sacarle el andamiaje estilístico. Que pueda funcionar más allá de eso, que es medio coyuntural las modas o las tendencias. Pensarla más como una artesanía. Una canción pop que no sea una lavandina pero tampoco un manifiesto de estilo. Que el foco esté ligeramente corrido”.