Por Ramiro García Morete

Para que un corazón se abra debe romperse. Algo así le dijo Alfil Bambú, responsable de la portada. Algo así como el 2017 o el 2018 transcurría cuando aún cursaba música popular en Bellas Artes, pero ya no enloquecía -como a los 13- por la complejidad armónica de su amado Spinetta. Más bien prefería -como hoy- lo austero y expresivo. Como cuando busca en YouTube los demos de sus artistas preferidos, porque ahí no hay adornos ni trucos. “Ahí te la tenés que bancar”, dirá.

Lo cierto es que sería algo así como el 2017 o 2018, porque se trataba de “una situación” y no de una persona. “No sé si echarle la culpa o el peso a una persona, sino a donde uno se mete. No sé si tiene tanto que ver con el otro”, dirá con criterio. Tampoco hay muchas precisiones sobre qué película romántica protagonizaba Wynona Rider , ya que por entonces los días en la casa de La Loma se consumían entre lágrimas y esas pelis que no abundan en Netflix. Tras ver esa peli cuyo título ignoramos surgiría la primera de varias canciones tan transparentes como sentidas: “Un libro budista/dos clases de yoga y tres vasos más/ pero ya no quiero mirar películas vacías para irme de acá un rato/ y pasé todo el sábado buscándote”. Entre el omnipresente legado beatlesco y la influencia del indie, un puñado de composiciones brotaría de la destartalada criolla.

Ese instrumento, igual que el piano vertical, estuvo en su casa desde la infancia, dado que su madre se dedicaba a dar clases. Sin embargo, quien contagiaría el gusto por la música sería Ana, su hermana diez años mayor y con quien desde pequeñas jugaban a hacer canciones. Desde Pixies hasta AC/DC, mostraría a la pequeña bandas que entonces rechazaría y luego abrazaría. Sería a los once aproximadamente cuando -tras ver tutoriales de YouTube- recurriría a las motivadoras clases de Ismi. Como aquella vez que cantó “Julia” y al querer abonar, el profe respondió: “Yo debería pagarte por el momento que me regalaste”.

Luego llegarían los estudios en Mapu y sus primeros ensambles. Pero no sería fácil tener quince y armar una banda. Sin embargo se colgaría el bajo y “ahí empezar con las bandas de blues y el rock&roll”, dirá entre risas. Y luego el folk inclasificable de Lucy & The Materist. Y también luego -pero ineludible- el corazón roto o como quieran llamarlo. Y la necesidad de grabar. “Me sirve estar triste”, confesará.

Y este verano pre-pandémico Fran Formica abriría las puertas de casa de City Bell, entre familiares comiendo pizza, gatos, portazos y ladridos de perros, para registrar este pequeño pero cálido EP. Melodías bonitas, arpegios amenos, voces intimistas y dobladas con letras tratando de extraer emoción en lo doméstico. Sumando algún teclado y alguna batería sin click, el material quedaría guardado un tiempo hasta finalmente convencerla. “Películas vacías” es lo nuevo de Lucía Cermelo, quien sabe que una canción desarmada es como un corazón roto: la luz -diría Cohen- entra entre las grietas.

“Fue todo casero -introduce Cermelo-. Lo mezclé yo y busqué ese sonido: que sea íntimo. Me paso la vida escuchando EP´s o demos de bandas que me gustan… esos que se escuchan mal, en un casete o lo que sea, que son más chiquitos. Lo previo a lo que son las canciones, antes de estar llenas de instrumentos y decoradas de cosas. Para mí lo más importante es la melodía y la armonía cruda”.  Y agrega: “Cuando me gusta alguien trato de escucharlo solo. Porque generalmente me gusta más o me puede dejar de gustar. Es algo muy importante: lo que es realmente. Sin decorado. Ahí te la tenés que bancar” .

En esa búsqueda, “los temas fueron casi de una toma. Eran muy maquetas. No sé si pensaba sacarlo”. Con el material grabado durante el verano y ante la imposibilidad de seguir agregando canciones, pasó de sentir gusto, a rechazarlo y volver a aceptarlo. “Lo volví a escuchar antes de subirlo a Spotify. Había estado tirado dos meses. Una cambia en el medio. Yo cambio un montón, pienso cosas distintas todo el tiempo. Ahora pienso que lo próximo lo quiero producir mejor, meterle más cosas, grabar con otro audio, pensarlo un poco más”.

“Para escucharlo tomando un tecito, tapado o tapada con una cobija y quizás un poco triste”, invitan los créditos y si bien está lejos de pretensiones, parece condensar un pequeño relato de duelo amoroso que concluye en “Madrugadas” con la afirmación redentora: “Hoy no te voy a esperar”. Cermelo reconoce: “Mal de amores… le agradezco… Como toda sensación súper intensa podés sacar lo bueno. A mí me sirve estar triste, me genera cosas que en el cotidiano no la tengo. ¿De qué escribo si no estoy sintiendo nada tan fuerte?”