Por Manón Protto Baglione

Cuerpos gordos, negros, altos, maquillados, flacos, sonrientes, enojados, divertidos, diversos, dijeron presente ayer a las 17 horas en plaza San Martín para gritarle al patriarcado y a la heteronorma que aquí están, en el mismo mundo que pretenden propio, las personas trans y las lesbianas, los gays y les bisexuales y no binaries. Se vieron por las calles céntricas almas viejas y jóvenes, corazones migrantes y periféricos, frases de Evita, banderas multicolores. Pecheras sindicales. Tacos astronómicos. Barbijos.

Desde la conducción del evento, Fermín Rodríguez y Toni Domínguez bajaban línea con consignas contundentes, intersectoriales y populares. La convocatoria a honrar la memoria de las personas trans desaparecidas durante la dictadura, condensada en la frase «son 30.400», se entrelazaba con la defensa de la actividad de les vendedores ambulantes y la lucha contra el código de convivencia clasista y antipopular impulsado por el intendente Julio Garro.

Entre risas, baile y debate, la marcha caminó desde plaza San Martín hasta plaza Moreno, para volver luego a su punto de partida tomando por diagonal 74. «Nunca tendría que haberse inventado esto, porque existe la discriminación», explicaron dos jóvenes, Michelle Codino y Tupak Quimey Belas, mientras discutían entre sí acerca del sentido de la intervención. «Lo que hacemos es reclamar por lo que pasaron tantas personas y a la vez festejamos. La idea es seguir desestructurando todo. Para abrirle la cabeza a la gente. Hoy por lo menos podemos salir a la calle y logramos cambios visibles. El día de mañana será más lindo», afirmaron.

Yanina, por su parte, iba abrazada a su compañera y contó que «es la primera vez que marchamos, queríamos ser parte. Pedimos respeto sobre todo porque cada uno es libre de hacer con su vida lo que quiera, mientras se mantenga el respeto».

Les transeúntes y comerciantes miraban la marcha pasar y sus rostros, la mayoría de las veces, expresaban aprobación, aunque algunas miradas socarronas y ofuscadas parecían dar la razón a les movilizades. Dos empleados de una tienda de zapatos apoyaron la movida: «Me encanta, esto para mí es impecable. No marcho porque estoy trabajando. A los cuerpos hay que apoyarlos. Por suerte cada vez somos más. Se logra cambiar la realidad marchando».

En la Municipalidad la marcha se detuvo un momento y tuvo palabras poco elogiosas para la gestión local: «Garro ya fue, tómatela chongo transodiante, dejen de votar al neoliberalismo». Y de cara a la catedral, las consignas se centraron en la defensa de los derechos de las mujeres: «A la iglesia católica romana la decimos ‘aborto legal en el hospital'».

Alfredo fue a la movilización con Joaquín, un amigo catalán, y expresó que su presencia significaba un apoyo «al movimiento LGBT, por los derechos que nos han vapuleado la historia, la sociedad, para no ir para atrás. Hay estratos sociales donde se mantiene el anacronismo. La contra ha avanzado en un discurso muy fuerte y no hay nada garantizado, los otros están cada vez más agresivos». Consultado por su identidad, Alfredo se definió como «persona, fundamentalmente, que me digan lo que quieran porque yo sé quién soy».

Desde las mesas de los bares algunas personas aplaudían, las menos miraban con desprecio. «Señor, señora, no sea indiferente, se matan a las travas en la cara de la gente», fue una de las consignas más repetidas.

Los comercios céntricos, con sus tradicionales tiendas de ropa para varón o mujer, temblaron ante la radical impugnación de ese orden: «Basta, sociedad heterosexual, no necesitamos sus normas, nuestros cuerpos son nuestra trinchera y herramienta para visibilizar. Somos todo lo que odian porque somos todo lo que quisieran ser».