Por Ramiro García Morete

“La playa no me gusta tanto como pensaba”. Corría enero de 2015 y las cosas no habían andado muy bien para Marcial. ¿Quizá por ello no paraba de escuchar post punk? Lo cierto es que había cortado no hace tanto con una chica y no solo eso: se había terminado Degenerativa, la banda en la que había cantado desde los 15. A Iuio ya lo conocía desde el Bachillerato de Bellas y -sin planes de verano- la invitación a Gesell había llegado en el momento justo. Junto al núcleo de lo que eran los Seis Canillas Monocomando y luego Reales Kimonos soltó la frase. Y tras las risas,  la anotó en su cuadernillo anillado de hojas rayadas entre garabatos e ilustraciones.

Y es que a decir verdad, lo suyo había sido el dibujo y las artes plásticas. Si bien sus padres habían ido a ver a los Redondos, Virus y esa tradición platense, en la casa de Ringuelet no había instrumentos. Recién a los 15 de su hermana, cuando le regalaron una Gracia. La misma que tomaría él a los 18 y una vez decidido a aprender, entendería que con tres acordes no había porqué solo tocar temas de otros. Así compondría “Muy cutre”, su primera canción formal, que acabaría en el primer EP de la banda.

Pues la idea siempre había estado, incluso antes de las noches en “la Mansión” del centro, donde ensayarían y pergeñarían buena parte de su repertorio. Igual que cuando compone precediendo la idea a la canción, estaba convencido de armar este proyecto. Que tras varios intentos fallidos encontraría en Walde y Simón los socios para completar el EP debut: “Cafeína”. Y esa idea conciliaba oscuridad con pulso bailable. Sin atenerse a un género o una estructura, pero sí creando un universo donde lo ficticio no quita lo personal o catártico.

“Esta va a ser una canción de la banda”, dijo aquel día en Gesell, y con el tiempo no solo la banda se materializaría sino que cinco años después tendría su primer álbum abriendo con esos versos. Y por álbum nos remitimos no a una ópera rock pero sí a un imaginario y sonido. Ente el post rock y el tempo bailable, arrogancia rockera y herencia indie, bajos densos y tiempos acelerados, el grupo integrado por Marcial Cambiaggio, Waldemar Krumnack, Bruno Pilia, Blas Pertierra, Simón Albornoz y Guadalupe Vaquero narra emociones cotidianas pero con pulso cinematográfico entre escenas de misterio y persecución. “Insolación” es el flamante álbum de Delfines Entrenados Para Matar. Toda una misión cumplida.

“Un poco condensa todo lo que es la banda desde que se formó… y desde antes -presenta Marcial-. Desde que la banda es una idea. Quería hacer canciones que fueran bailables pero sin salirme del rock and roll, que es lo que siempre me gustó. Y que fuera oscura. Tenía esos dos tips. Siempre me gustó cuando la música es el medio para expresar ideas. No que las letras surjan para entrar en esas canciones, sino hacer las canciones ya desde las ideas”.  Si bien en “Insolación” las canciones “están todas conectadas, no tiene la intención explícita de que el oyente se de cuenta”.

Esa capacidad de conectar también se manifiesta en su modo de composición: “Me gusta escribir frases o escuchar frases que dice la gente.  Escucho algo profundo en lo cotidiano y lo anoto… Muchas las terminamos conectando y después le doy una forma de historia”. Y esas historias funcionan dentro de un “universo semi ficticio, porque tiene una parte biográfica. Eso empalma con un imaginario. Es lo que buscamos, es la idea de la banda como concepto. Me encanta la idea del indie que te cuenta su vida en jogginetta, pero lo que buscaba yo no era eso. Sino más un personaje, más película. Flashamos que los DEPM son los personajes de una ficción. Eso no quita que las canciones estén basadas en cosas reales biográficas, y hasta catárticas, cosas del día”.

A la hora del sonido “había referencias. Post punk, el new wave, la música más oscura de los 80. Pero tampoco nos interesa ser retro o emular un sonido de la época. Si se filtra lo dejamos ser. No nos reprimimos de tener un sonido anacrónico pero tampoco lo buscamos”. Y añade: “Hay una cosa muy fuerte con los 80 y tiene que ver con las texturas. Esa cosa oscura y a la vez pop. Por ejemplo Walde es muy de buscar que las melodías sean pegadizas. Todo bien con que sea oscura, pero también tiene que tener algo medio catchy, pegadizo. La verdad que me encanta tener esa premisa. Porque es la música que a mí me gusta también”.  

Si bien el sonido es básicamente orgánico, “componemos mucho de la computadora. Maquetando”. Y cuenta cuando “Walde cayó con la maqueta de ´Mansión´, hecha con el FL y esa base medio techno rock. No sabía si daba o sé si daba hacerlo con los Delfines… ¡Ya fue! No soy muy celoso del sonido de la banda. Para mí si es oscuro y es bailable, vamos”.

Afín a la literatura distópica, intenta imaginar el futuro próximo de esta banda que –según dice al pasar- está incorporando elementos electrónicos también: “Tenemos que presentar el disco pero no somos muy fans del formato streaming. Creo que si se alarga mucho más esto de hacer shows con la capacidad reducida, lo estaremos barajando. Igual ahora estamos concentrados, con todos los protocolos, más que nada en hacer música nueva”.

(Foto: Juana Giuso Di Caro y Lucas Yalet)