Por Mauro Forlani

El concepto de que «la política es el arte de lo posible», que implica las limitaciones en la interacción de posiciones políticas para encontrar un resultado, está siendo aplicado por el actual gobierno nacional respecto a los vaivenes del valor de la moneda norteamericana.

Semanas atrás, días inquietantes se vivieron con el diferencial en los valores entre el dólar oficial y los paralelos. Tanto, que el gobierno se apuró a absorber pesos del mercado vía suspensión del IFE y ATP. Pesos «sobrantes» que en manos de algún sector social pudieran dolarizarse.

Por otra parte, ofreció bonos de deuda en moneda local, más atractivos en sus intereses, a grandes jugadores y con promesas de un presupuesto equilibrado para el año subsiguiente. Esto logró calmar algo las aguas en un mercado de divisas problemático.

La rareza es que, tratándose de un escenario que este año, en teoría, debería ser superavitario en divisas producto de una recesión económica local que contrae importaciones, el Banco Central no haya podido acumular reservas en el diferencial con las exportaciones.

Si en una etapa recesiva se ha tenido este problema, cuando la economía empiece a crecer –que es a lo que aspira el gobierno– la escasez de dólares puede agudizarse, porque el crecimiento aumenta la compra en el exterior de insumos, bienes intermedios y de capital que no se producen localmente.

Si ponemos el foco en las exportaciones, la mirada en el complejo agroexportador, este aparece como el nudo problemático de la cuestión. Es el sector con mayor recepción de divisas pero no liquida los granos a tiempo, expectante de una devaluación de la moneda local; o las grandes cerealeras dejan una porción de sus ingresos en el exterior en relación con sus declaraciones de venta.

Por izquierda, incluso dentro del oficialismo o paraoficialismo se propone la nacionalización del comercio de granos, consumando una especie de IAPI del primer peronismo.

Para el universo comunicacional y social actual, este tipo de medidas resulta antipático, por decirlo de algún modo. Un botón de muestra es el caso Vicentín, en que el gobierno se vio obligado a volver atrás porque revivieron los ecos, los fantasmas del lockout agrario de la 125 del año 2008. 

Incluso la estatización de la exportación de granos que manejan hoy un puñado de multinacionales tampoco resultaría determinante en el control o manejo integral de las divisas.

Hoy, con la moderna tecnología de silobolsa, el sector rural acumula granos sin necesidad de apurarse en la liquidación, por lo que una solución radical de fondo al problema, a diferencia del peronismo clásico, implicaría la expropiación lisa y llana de las tierras de la élite agraria que concentra el 80 por ciento de la producción y las exportaciones.

Como esto implica, en el contexto actual hegemonizado por el capital financiero y los medios masivos de comunicación, una verdadera fantasía, la alternativa pragmática que parece tomar el gobierno es el sendero del arreglo con el FMI, con las menores condicionalidades posibles, para que libere parte del préstamo que estaba pautado por el gobierno anterior.

Son algo así como 11.000 millones de dólares que vendrían a reforzar el Banco Central. De esta manera, los actores que manejan las divisas se verían incentivados a liquidarlas porque se debilitaría un escenario devaluatorio, al menos en cierto plazo, con una autoridad monetaria fortalecida.

De este modo, el gobierno nacional esquiva toda tentativa de enfrentamiento con poderes fácticos internos y externos en términos ideológicos, afín con una parte significativa de su coalición por los demonios sociales, culturales y económicos que, sabemos, desataría. Asume entonces un camino realista para no verse desestabilizado apelando a una concepción pragmática de la política entendida como el arte de lo posible.