Por Ramiro García Morete

A María Carolina Marschoff le falta un hueso en el dedo gordo del pie izquierdo. En cierto modo mamá Cristina le había advertido cuando recién llegada de Caracas y antes de afincarse en Citiy Bell,  la entonces niña de cinco o seis años encontró aquellas zapatillas en el altillo los abuelos de Olivos. Al parecer habían sido de la tía Marta, pero a Cristina-quién sí se había dedicado al piano- guardaba doloridos recuerdos  su  experiencia. Y es que la danza no puede reducirse a la categoría de arte, fuere cual fuere la definición de arte: es también una práctica corporal, dirá.  Quizá por ello y ante la amorosa negativa de su madre, no dejó de jugar con sus zapatillitas en aquel hogar rodeado de libros y música pero práctico gimnasia artística en su infancia. Sí, a la edad que está establecido que hay que comenzar la ardua carrera de la danza.  ¿A quién se le ocurriría hacerlo de grande? Pero el deseo, considera no sin razón, se impone. Y ese cuerpo adolescente y entrenado aunque quizá tan “apto” como que el que algún día tendría su hija, tuvo una revelación. En una película sobre Don Juan, un cuadro de flamenco capturó su deseo. “Luis XIV institucionalizó a la danza dando la nota final para dividirla en dos: lo autorizado y lo prohibido, lo legal y lo ilegal, lo académico y lo popular”, escribiría luego.

Y esa danza popular, al igual que cuando el tango llegara unos años más tarde a su vida, quedaría afianzada con la misma fuerza que la danza clásica cuando finalmente a los 19 comenzó sus estudios. Esos que con los años no solo la llevaron a la docencia sino también a la investigación. “Porque quiero saber de qué se trata. Y para saber de qué se trata, hay que desgarrarla”, respondería  la razón de querer comprender algo que la historia se encargó bien de querer acotar a un sector reducido y elevado o bien atribuir a un plano etéreo guiado por la inspiración y vaya a saber que supersticiosa figura. Pero la danza no le pertenece a los dioses ni a los reyes. Aunque sí esté llena de reglas y de usos y sentidos políticos. Y de corporalidad pero también de pensamiento. Se trata de deseo pero también de disciplina. Es un lenguaje complejo, de por sí…¿entonces por qué hacerlo complicado? “Las tesis no están hechas para ser leídas”, escucharía decir a Fernando Alfón y entonces encararía este libro que por descontracturado no pierde rigor teórico, que por escapar al academicista no deja de generar interrogantes  y que por reflexivo no deja de ser apasionado.

“Mamá, quiero ser bailarina (Algunas historias que no me habían contado de la Danza)” surge  sin intenciones de  glosario sino más bien como un disparador plantea ideas tales como: “No hay danza sin política y no hay política sin institución…()…Por lo tanto el cuerpo de la danza se reglamenta desde el inicio, se construye en base a sus reglas. Y me dirán ustedes entonces, ¿qué hacemos con el cuerpo en la categoría de danzas “no institucionalizadas”?

También se construye desde tal institucionalización, solo que uno será el aceptado y el otro el rechazado, sujeto a modificaciones que deberá conseguir”. En fin-¡o en principio pues nadie es Luis XIV para querer imponer algo definitivo!- hay detrás de todo lenguaje una matriz, como de cada persona una madre. Está en cada unx quererla, discutirla, interpelarla, transformarla y pensar para luego mover los pasos para donde se desee…inclusive si nos falta un hueso en el dedo gordo del pie.

“La idea tiene que cualquiera pueda acercarse desde un lugar más amable y relajado tener que tener estudios súper académicos que le hacer perder le interés a la persona. Por lo menos es lo que creo yo y he podido ir viendo en estos años”, introduce sobre este libro producto de la experiencia   en el   Centro Interdisciplinario Cuerpo, Educación y Sociedad (CICES) de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, y de algunos trabajos presentados a congresos y encuentros varios. “Esto va a ser una tesis, la voy a aprobar pero no me va a dejar nada ni tampoco va a servir”, cuenta que pensó.  “Y quizá  como la danza tiene mucho de elitista y de esta cosa que los bailarines somos seres alados, no se sepa  lo que significa  y tiene  práctica y método”.

Yendo desde Egipto a Francia, sin perder nunca de vista a los griegos, la autora relata como el concepto de danza siempre se vinculó a cuestiones política y a la vez se inscribió en una lógica de las “bellas artes” o la noción de los cuerpos.  “A partir del decreto de  Luis XIV se institucionaliza. Esto se puede bailar y esto no. Lo marcó todo a partir de su época que era el renacimiento que todo revalorizaba los principios de la Grecia clásica y una cuestión de belleza y de cuerpo ideal. Y hasta donde yo pude investigar los egipcios también tenían esas nociones.  . Por supuesto supuesto que hablo de  occidente. No me meto en las danzas orientales o africanas porque no conozco esa cultura. Esa cuestión de la belleza que está tan puesta desde la danza académica sigue sosteniéndose para la cuestión de espectáculo. Me pregunto cuánto de parecido tiene a las danzas rituales: quién puede llegar al alatar. ¿Y qué cuerpo? ¿Y cuál es el cuerpo avalado?  No cualquier cuerpo”.  Y se pregunta, solo por citar un ejemplo: “¿Qué pasa con los bailarines negros? ¿Cuántos tenemos?”

El título del libro no solo responde a su anécdota persona de los 5 o 6 años sino al rol instituido de las madres en la temprana y difícil formación de una bailarina  o bailarín: “El otro día leía una nota de una bailarina que cuando entró al Colón, el papá dejó el trabajo y se hizo cargo llevándola todos los días y demás. Pero en general eso lo hacen las madres. Son ellas quienes están ahí”. Y asiente a una posible asociación del título con un concepto que sobrevuela el libro: la matriz.  “Es otra forma de verlo. Y sí… como siempre hay algo que reglamente, que te educa, qué dice lo que hay que hacer y lo que no, que te tiene cortito o te ayuda y sostiene”.