Por Branco Troiano

Sobre una tierra que parece haber derrotado sin mayores esfuerzos los flashes y la atención algoritmizada, el sol, en una suerte de contraofensiva natural, alcanza cada metro del predio y desnuda hasta al más mínimo rastro. Caminar Guernica –en verdad, seguir haciéndolo– de repente se vuelve una tarea tan opresiva como obligatoria. Lo que supo ser suelo empantanado ahora luce seco; y cada huella, por más imperceptible que sea, salta a los ojos evocando esperanzas familias siempre postergadas y compromisos de una suma considerable de funcionarios, militantes y colaboradores solidarios. De este modo, irrumpe una premisa clara: acá no hay margen para la indeterminación.

Borges no era hombre de la política, ni mucho menos, pero decía que escribir encima de los acontecimientos era un plan resignado a la esterilidad. Y el postulado tiene asidero. La distancia siempre es buena partener de la precisión. Sin embargo, al poco tiempo de la sentencia de Georgi aparecía un Fogwill que, al trote y en sintonía con el ruido de los motores de barcos y aviones, trazaba el mejor testimonio de la guerra de Malvinas, el grado cero de la narrativa de la lucha de nuestros jóvenes en las islas.

Sería de una ingenuidad alarmante (y hasta peligrosa) pretender hacer algo de talla semejante. Pero el paisaje, ahora despoblado de trípodes y actores que solo iban a posar, y más propio de un Rulfo que de cualquier otro literato, nos invita mínimamente a la reflexión.

Sobre la verdad y la intuición se ha dicho mucho. Nos quedamos con dos líneas. Jugamos con ellas, las respetamos, pero sin perder de vista la variante lúdica, la desfachatada: ahí también se abren hendijas en las que se navega a poco riesgo y con mucho por descubrir. Las rozamos, las pivoteamos, las atravesamos; nos chocan, las chocamos; nos embisten, las embestimos. Las abrazamos. Las celebramos. Una, la única verdad es la realidad, del General. La otra, en muchos casos, no se encuentra más verdad que en el fogonazo inicial, que en lo intuitivo, del filósofo contemporáneo Espinosa, en línea con Benjamin. En casos como el de Guernica, los marcos teóricos implosionan. A partir de allí, en esa dispersión conceptual en el que pocos son los elementos que ayudan a la recomposición de la escena, no queda más que confiar en la capacidad de quienes comandan las tratativas para amalgamar las mejores versiones e intenciones.

Carlos carga con su hija. De fondo, la casa ya edificada. Estuve en la toma con mi familia. Tengo un hijo de un año y seis meses y ahora va a venir la nena, mi señora está embarazada de ocho meses. De la propuesta del gobierno ya nos habíamos enterado, pero teníamos medio a que sea todo mentira. Pero al final le agradezco al Ministro, que vio toda mi situación; y hasta la casita me hicieron.

Gisella quiere hablar porque, dice, los vecinos deben enterarse de todo esto. El módulo que se erigió en el terreno de la hermana, de dos habitaciones y un baño, es la nueva extensión de la casa. Vivía en Lomas. Estaba juntada con el papá de mis hijos, pero sufrí violencia de género y me vine con mi hermana. Esto está muy bueno para empezar a vivir, para no estar en la calle, para mis hijos.

Sara se sorprende porque es la tercera vez que la visita gente del gobierno. Ya me siento una de ustedes, cuchichea. Cruza un charco y saluda con el codo. Como si todo tuviera que estar en condiciones para tratar el tema, con un mismo gesto manda al hijo a la casa y les pide a los albañiles que se pongan el barbijo. Se da vuelta y sonríe. Madre soltera, tengo tres hijos. Llegué al predio de Guernica con el anhelo de tener algo propio, para tener un lugarcito para mis hijos. Viví cuatro años en una casilla, sé lo que es pasar frío, que las cosas de los nenes se mojen todas. Por algo que no sé, siempre creí que la chica que vino a hablarme al principio me estaba diciendo la verdad, lo sentí acá adentro. Tomé la decisión de acercarme y firmar, estaba segura. Hoy estoy bastante contenta, bastante agradecida.

Durante casi dos meses, Guernica fue la gran atracción. No había día en que los medios masivos y distintos personajes del arco político no se hicieran presentes. Todos, fisgando la figura de Andrés Larroque, ministro de Desarrollo de la Comunidad, quien encabezó la mesa interministerial y no se despegó un solo día del lugar de los hechos. Por eso, si hay algo que no se le puede achacar a todos ellos es su perseverancia. Y mucho menos al Cuervo. Pero, claro, existieron perseverancias de distintos colores. Ciertas representaciones autoasignadas, de escaso correlato con la realidad, impulsaron procesos cuanto menos ambiguos. La pluralidad de criterios para abordar situaciones como la que se dio en la ciudad de Presidente Perón fortalecen los procesos siempre y cuando la prioridad sea la gente, su bienestar. Cuando no es así, cuando el único propósito es embarrar un terreno ya de por sí embarrado, las consecuencias pueden ser las peores. El hematoma es peor cuando la causa es interna.

Con un operativo interministerial que va llegando a su fin, y a la espera del Plan Bonaerense de Suelo, Vivienda y Hábitat anunciado por el gobernador Axel Kicillof, la cantidad total de familias que ya están siendo asistidas por el Estado es de 734, mientras que más de 400 se han acercado en estos últimos días para ser entrevistadas y comenzar el proceso.

Cuatro perros merodean alrededor de un pozo. Se les chifla, pero no responden. Uno de ellos mete una pata y escarba. El más cercano lo sigue atento; a simple vista, más sereno. Los otros dos se alejan de la escena. El que escarba ya tiene medio cuerpo adentro del pozo y sigue, ensayando movimientos cada vez más eléctricos. El otro se echa, del lado derecho del lomo, de lleno en el pasto. El sol cae impiadoso pero la calle le fortaleció el cuero. Lo disfruta, lo está disfrutando. Descansa en él y bajo él. Unos minutos después, mientras el que escarba abandona la búsqueda de vaya a saber qué, se levanta e inicia una caminata a paso aplomado. Dos metros más allá, en dirección a lo que supo ser el corazón de la toma, hay un hueso. Lo encuentra. Ya es suyo. Sin embargo ladra, una, dos veces. Los dos que estaban fuera de la escena se acercan. Ahora sí, el plato es compartido.

En ciertas ocasiones no hace falta hurguetear. Las poses y los enfoques escuetos caben en ámbitos cada vez más estrechos. Es ciertas ocasiones, en fin, solo bastan posturas humildes y un pulso sereno para dar con el mejor desenlace.