Adriana Calvo y Cristina Gioglio no llegaron a ver el juicio histórico por el cual lucharon tantos años. La emoción embargó a más de un/a abogado/a querellante el martes. Estos dos testimonios volvieron a demostrar la cantidad de información relevante que ambas habían recopilado por su propia experiencia y por la de otros/as compañeros/as para «reconstruir los campos de concentración en la Argentina», en palabras de la primera de ellas.

Sus testimonios son sumamente valiosos para el juicio oral y público que se lleva a cabo de forma virtual desde el 27 de octubre a cargo del Tribunal Oral Federal en lo Criminal Nº 1 de La Plata y que está centrado en los tres centros clandestinos de detención (CCD) de los al menos veintinueve que formaron el Circuito Camps.

Fundadora y dirigente de la Asociación de ex detenidos-desaparecidos, Adriana Calvo lideró una minuciosa investigación sobre varios de los CCD que funcionaron en el Circuito Camps. Cristina Gioglio, también integrante de esa asociación y de la Unión por los Derechos Humanos de La Plata, fue otra incansable luchadora por memoria, verdad y justicia.

Ambas pasaron por varios CCD de La Plata y el conurbano. Por ese motivo, sus testimonios en juicios anteriores por crímenes de lesa humanidad fueron tan relevantes para este juicio que comenzó 44 años después de ocurridos los hechos.

Las tres causas unificadas totalizan 442 casos y 18 imputados –varios de ellos se beneficiaron de la «impunidad biológica» y solo dos están en la cárcel–. Durante el desarrollo del juicio testimoniarán 474 personas, entre sobrevivientes, familiares y expertos.

Adriana Calvo, detenida embarazada el 4 de febrero de 1977 en su casa de Tolosa, fue la primera sobreviviente que contó en el Juicio a las Juntas en 1985 el secuestro, la tortura, los abusos, la existencia de maternidades clandestinas y las condiciones atroces en las que nació su propia hija, Teresa, en un auto de la Policía bonaerense que la llevaba de la Comisaría 5ª de La Plata al Pozo de Banfield.

Interrogada en 2006 durante el primer juicio contra Etchecolatz en La Plata por el entonces presidente de este Tribunal, el juez Carlos Rozanski –obligado a renunciar por el macrismo en 2016–, Adriana Calvo explicaba y mostraba en un Power Point el organigrama que habían logrado armar sobre los CCD del Circuito Camps, su funcionamiento y la conexión que la Bonaerense establecía con otras fuerzas y con otros circuitos represivos del país.

Los organismos de derechos humanos, los sobrevivientes y los/as abogados/as querellantes «allanaron el camino a la justicia y al poder político» y una de las herramientas más importantes para llevar adelante las causas fue, por ejemplo, establecer que existía un intercambio de prisioneros internos y externos al Circuito, que los traslados «no tenían un patrón común» y que había conexiones entre los diferentes circuitos represivos del país, explicó Calvo en su testimonio. Durante su secuestro, ella pasó por la Brigada de Investigaciones de La Plata, luego por el Destacamento de Arana –que era básicamente un centro de tortura–, por la Comisaría 5ª de La Plata –hoy sitio de Memoria– y luego por el Pozo de Banfield.

Calvo era docente en la Facultad de Ciencias Exactas y férrea militante por el gremio docente de esa facultad. Describió el estado físico en el que encontró a sus compañeras en la Comisaría 5ª, contó cómo los guardias se peleaban por estar en la parte de atrás de la comisaría donde estaban los detenidos ilegales y recordó el «intenso perfume» de quien comandaba la «patota» que una vez por semana iba a verlos a esa comisaría en pleno corazón de la ciudad.

Allí, sin abrigo ni colchones, comiendo «esporádicamente» la comida que hacían en el Seminario cercano, aseguró que había varias chicas embarazadas. Relató el parto de Inés Ortega, de 17 años, madre de Leonardo Fossati Ortega, nacido en la cocina de ese CCD en manos del represor Bergés, y habló de su propio parto, que comenzó el 15 de abril. Vendada y maniatada la subieron al auto. «Yo tenía la esperanza de que me llevaban al hospital», pero no fue así. «Tomaron la ruta» que ella intuía porque había vivido en Temperley. En el camino, tirada en el asiento de atrás, nació su hija Teresa. «Pedía por favor que me la dieran, y no me la dieron».

Al llegar al Pozo de Banfield Bergés cortó el cordón umbilical. «Ordenó que me subieran». La hizo acostar en una camilla. «Me sacó la placenta, me ordenó que me pare, que la ponga en un balde y la lleve a un lugar. Luego me ordenó que limpie la camilla y el piso. Estaba desnuda porque mi vestido era un charco de sangre», relató.

Contó que las otras compañeras le daban su comida –un caldo de vez en cuando– para que ella pudiera darle la teta a su beba. Contó de qué forma el día que los guardias pusieron pastillas de Gamexane para matar los piojos que las habían invadido ella abrazó a su bebita y se fue hacia el fondo de la celda. Y ante el terror de que le sacaran a su hija, «unas 20 compañeras se pusieron delante mío y formaron una muralla humana» para que no pudieran pasar. «Por ellas es mi absoluto compromiso hasta que todos estos genocidas vayan a parar a la cárcel», sentenciaba aquel día de 2006 con la voz firme pero el rostro húmedo de emoción.

Interrogada acerca de si pudo identificar a Etchecolatz, dijo que no personalmente, pero sostuvo que la investigación permitió establecer que el ex director de Inteligencia de la bonaerense, que cumple cuatro condenas a perpetua en la Unidad 34 de Campo de Mayo, «fue el único y principal que se hacía ver en los CCD, desde Coti Martínez hasta los campos de La Plata. Hay testimonios de que se mostraba a cara descubierta y les sacaba las vendas a los presos para que lo vieran».

Por solo ocho CCD investigados por la Asociación de ex Detenidos-Desaparecidos pasaron al menos 1.486 personas secuestradas. «En el país hubo cuatrocientos campos de concentración. Estaríamos entonces hablando de 70.000 personas», respondía en 2006 Calvo a una pregunta de una de las querellas.

El testimonio de Cristina Gioglio

El testimonio exhibido de Cristina Gioglio es la declaración que hizo frente al juez Rozanski durante el juicio por el Circuito Camps en 2011 en La Plata, con Etchecolatz sentado atrás suyo.

Cristina fue secuestrada el 6 de diciembre de 1977 en Ranelagh, cuando estaba llegando a su casa. Era maestra en Berazategui y estaba vinculada al PCML (Partido Comunista Marxista Leninista). Los cargaron en un auto y los llevaron a la Brigada de Quilmes. Con una memoria impresionante, recordó el nombre y apellido de las doce personas que estaban detenidas junto a ella. A varios los llevaron al Destacamento de Arana, donde permaneció hasta marzo de 1978. De la Comisaría 1ª de La Plata la llevaron a la Brigada Femenina de 1 y 42, y de allí a la cárcel de Devoto, donde permaneció hasta el 4 de agosto de 1981.

Cristina describió detalladamente el funcionamiento del Destacamento. Cuando los guardias gritaban «Auto» sabían que traían secuestrados y que iban a empezar las sesiones de tortura. Cuando gritaban «‘Escuela’ sabíamos que las frenaban» porque salían o entraban los niños que iban a una escuela que estaba a doscientos metros.

En su testimonio, nombró a por lo menos dieciséis represores que logró identificar con nombres, apellidos y apodos. «Varios están muertos y otros están acá. No entiendo por qué hay otros que no están muertos ni acá», reclamaba en aquel juicio de 2011.

Tras recuperar la libertad, trabajó en una escuela de Altos de San Lorenzo, en La Plata. Allí, en un acto escolar se topó con el cura Astolfi, de Los Hornos, y se descompuso porque «era el mismo cura que iba al destacamento de Arana y tenía miedo de que me reconociera». También aseguró que en la calle «me encontré con Acosta, con Grillo, son platenses y estaban en libertad». Tampoco se olvidó de mencionar al militar «Sánchez Toranzo [que] me venía a interrogar».

Un visitante del destacamento de Arana era el cantante Beto Orlando. «Era amigo de los guardias a los que nunca vio de uniforme «y venía a amenizarles los asados», contó Cristina, antes de referirse al desmantelamiento de ese CCD, «al parecer por una denuncia que venía de Francia». «El paredón de ladrillos donde fusilaban» lo destrozaron.

Cristina Gioglio estuvo seis meses detenida-desaparecida. En 2010 prestó declaración durante la instrucción del presente juicio. Falleció el 16 de enero pasado.

Los Pozos de Banfield, de Quilmes y la 2ª Brigada de Investigaciones de Lanús con asiento en Avellaneda, conocida como El Infierno, esperaron más de 44 años para llegar a juicio oral y público en el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, integrado por tres jueces subrrogantes: Ricardo Basilico, Walter Venditti y Esteban Rodríguez Eggers, que ejercerán una presidencia rotativa.

La audiencia virtual por la plataforma Jitsi fue seguida el martes por algunos de los represores imputados en esta causa, entre ellos, Miguel Osvaldo Etchecolatz, Jorge Antonio Bergés, Carlos del Señor Hidalgo Garzón, Jaime Lamont Smart, Juan Miguel Wolk, Antonio Herminio Simón, Enrique Augusto Barré y Guillermo Domínguez Matheu.

Tras declararse convencida de que el plan represivo contemplaba la libertad de algunos compañeros y compañeras de manera azarosa para que se supiera de las torturas, Adriana Calvo fue más que contundente: «Ellos no previeron que, además de contar, íbamos a exigir justicia».

TVU se sumó a la transmisión

La retransmisión puede seguirse todos los martes en vivo por diversas plataformas, entre ellas desde el canal de YouTube de La Retaguardia y el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria. A ellas se sumó el canal de Televisión de la UNLP, TVU a través de su página Facebook

La próxima audiencia será el martes 17 de noviembre. Allí se exhibirán los testimonios de Nilda Eloy, fallecida el 12 de noviembre de 2017, Alcides Chiesa, fallecido en abril de 2017, y Luis Velasco, recientemente fallecido.