Por Ramiro García Morete

Luciana Demichelis aborda la idea de limbo en tiempos de pandemia, desde una mirada joven y replantea  las formas del fotoperiodismo.

Aquel kiosco de Ensenada era para su madre algo más confiable otros cybers, esos huecos oscuros e indefinidos en la geografía conurbana donde el tiempo se medía en pesos. Alrededor del 2004, aquel pasatiempo parecía ser una nueva oportunidad para que la generación de turno sea acusada de alejarse de la realidad o vivir en un limbo. Como si hubiera  solo una realidad o como si no se construyera. Y para la opinión pública, el fotolog era ese ajeno espacio virtual donde preadolescentes celebraban su ego o constituían extrañas tribus urbanas.

Pero para ella sería literalmente la pantalla a un nuevo mundo: la fotografía. Aquellos simples  retratos de hojitas en la calle o ese tipo de fotos que iban más allá de un rostro, ahora eran accesibles inclusive para una piba como ella, con once o doce años. Por entonces recurriría a una Kodak Easy Share, una cámara pocket gris. “Hay una cuestión más filosófica que es querer contar tu historia-dirá -. Y que lo hagas con los recursos que tengas”.  

Promediando los quince vendría el Taller en el Pasaje Dardo Rocha por algo así como 30 pesos la mensualidad. Y en una casa que no sobraba, la abuela María sorprendería tras un viaje al cumplir la promesa y obsequiarle la ansiada Nikon. De allí en más, decidida como siempre, comenzaría a ofrecerse para eventos o para sus amistades vinculadas a la música. Costumbre que mantendría, como todos los años trabajados en el Teatro Argentino donde el horario de salida siempre  implicaba acudir luego a un concierto o una fiesta. “Un fotógrafo en Latinoamérica está pensando en muchas cosas antes de sacar una foto”, señalará aunque aun así su equipo no solo le daría trabajo en inolvidables pistas como la de Hogan´s sino que sería un aliado para ver desde otra perspectiva esas fiestas trasnochadas a puro trance. Precisamente otra perspectiva u otra mirada -por básico que suene- es el motivo de la fotografía. No solo artística sino también periodística, donde pareciera gobernar un enfoque hegemónico guiado por ciertos patrones de “qué es la realidad” y dirigido por editores que muchas veces no saben hacer ni click. 

Pero en este 2020, donde la humanidad atravesaría la línea del limbo no  con la alegría del baile sino más bien con la incertidumbre de quien cae en un hueco o abre un portal…¿cómo definir esa realidad que constató que la virtualidad no es un opuesto sino más bien una parte esencial?¿Cómo no acotar  “lo que está pasando” a camas de hospitales o rostros curtidos para interpelar el impacto en otros niveles? ¿Cómo abordar a las nuevas generaciones que intentan construir su propio mundo sobre las bases de uno en colapso?  Con notable manejo de la luz y su característico juego de azules y plateados, con  juegos simétricos y  recortes capaces de decir más que un plano abierto, con dominio de espacios híbridos  de cemento o paredes gastadas,  «no lugares» donde se funden ruina y futuro casi como un no tiempo, erigiría una idea. Un ensayo sobre este tiempo suspendido -como esa pareja que flota sobre las pisadas de otra generación- y esa puerta hacia algún lugar-como es  enfermera corriendo un telón-. Reglas, bolas de espejos, líneas, esquinas brumosas o un parlante de sala de ensayo derruida. Una realidad fragmentada pero más verdadera otras supuestamente absolutas. 

Y unos cuantos sentidos más implícitos que ni este cronista podría descifrar, pero que están ahí.  Y es que las imágenes son superficies significantes, citará a Vilem Flusser. “Limbografía” sería el nombre de ensayo preparado para el Festival de Foto de Valparaíso pero que gracias a dos becas (una de España y otra de EE.UU.) continuará en su investigación Luciana Demichelis. Y es que el sentido, como el tiempo, no siempre sigue una línea recta.

“Estuve estudiado con Cristina De Middel, fotógrafa  española que admiro-introduce Demichelis. Ella  trabaja mucho en relación a la idea de lo real y la construcción de la verdad, algo que vengo desarrollando hace mucho tiempo guiada con el fotoperiodismo. La primera que salió fue esta beca para estudiar con ella e intentar definir que es un limbo, de forma conceptual. Y lo que planteo es trabajar ese limbo desde la pista de baile. Pero es una pista mega híbrida. Una construcción simbólica de referencias, donde nunca pura. Hay elementos pero no terminas de caer en un lugar firme”.  Y agrega: “Ese gesto de tirarse para atrás viene del  baile de Centroamérica. Parece que  los que venían en los barcos se tiraban para atrás y el que aguantaba sobrevivía. Un chiste en relación a aguantar. Y pensé en eso: pasar por ese limbo y salir vivo. Pensaba en que la pandemia que es medio ir esquivando algo invisible”.

La fotógrafa expande el concepto: “En este momento histórico, querés saber qué  pasa y lo único que podemos es enterarnos por las redes,  por los amigos. También es una perspectiva que tengo yo con 28 años. Quizá una persona de 60 tenga una relación distinta…: ¿Qué onda con las imágenes que no podemos ver pero que existen y que se pueden llegar a representar? A veces en el fotoperiodismo la representación no se usa, pero cuando sí se vuelve más contundente que la imagen del territorio directa. Me parece importante para repensar el fotoperiodismo, las imágenes de los medios, quiénes deciden esas fotos sin tener conocimiento.  Un poco más de apertura. No solo ir al territorio, sino qué imagen representa la situación de lo real”.

Respecto a territorios, sus espacios saben ser entre incógnitos  y atemporales. “Son los espacios en los que me siento más cómoda. A veces no es que la gente no entiende dónde es, pero  hay mucha repregunta  y por ende interés, lo que está buenísimo. No generar imágenes concretas, sino que puedan dejar volar a la imaginación de las personas”.  Aunque a veces esa imaginación se dispara a lugares estereotipados, como los que carga la juventud. “Nos cortan un montón de libertades. Ellos piensan un montón de cosas que no se ven representadas con lo que realmente pasa en muchos aspectos de nuestra vida. Esos estereotipos que siempre son cuestionados en todas  las clases sociales, obvio que de forma diferente. Esto que le pasa a la generación siguiente con el acto de bailar. Es una situación extraña”.

Con su Nikon 7100 acompañándola hace ya unos siete u ocho años, reflexiona sobre modalidades.   “Las imágenes son superficies significantes, dice  Flusser. Cuando sacas la foto tenes un archivo en crudo que si no lo significas con otras cosas, no significa nada. El instante decisivo existe, pero lo tenes que provocar. Si salir a la calle a buscar puede que no tengas nada.La vida no es tan mágica. Muchas de las imágenes  las tuve que armar”. Y deja en claro:  “Yo uso todos los recursos que tengo. Esto es fotografía del conurbano. En La Plata, Berisso, Ensenada es  una pepa. Tenemos potencial, pero no tenemos recursos. Eso no retocar la imagen  es una cuestión de quien tiene una cámara carísima…”. Y remata: Lo que hay que intentar es lograr las fotos que quería lograr. Con un teléfono, una compu. Y que las imágenes correspondan con lo que vos querés decir, tenes un montón de camino hecho. Al principio hay una visión más purista. Pero hay una cuestión más filosófica que es  querer contar tu historia. Y que lo hagas con los recursos que tengas”.