Por Ramiro García Morete

El cantante  se reinventa como escritor  y sorprende con “La saga de Nueva Europa”, un relato bélico con aires de ciencia ficción entre Oesterheld y la Patria Grande sobre una invasión extranjera. Con perspectivas de ser editado, se pueden leer cuatro capítulos en su página web: fernandohortel.com

Aquel 16 de junio el país quedó a oscuras. Literalmente. No solo Argentina, sino también Uruguay y Paraguay vieron interrumpido el suministro de electricidad sin una explicación lógica aparente. Mientras cenaba en la casa de sus suegros, todos hacían bromas. Pero él no podía dejar de imaginar lo peor…Algo estaba ocurriendo o algo iba a suceder. Así estaría quince días. “Y cuando vi que no pasaba, hice que pasara”, dirá. Como cuando de chico iba al cine con sus primos y  si no le gustaba el final, inventaba uno para contarle al resto y hacer sentir “estafados” a quienes iban luego por su recomendación.

Y es que al igual que aquellos personajes de “Crónicas del Ángel Gris” que había descubierto a los diez, lo suyo eran las historias. Y la Historia. Porque además de la pequeña biblioteca de su cuarto donde el padre “dejaba” ediciones de Quino o Fontanarrosa, toda la casa de Altos de San Lorenzo estaba atestada de libros. “Mi viejo debe ser el único juez que vivió en la periferia. Todos viven en countries”, señalará. Y en estudio doméstico del padre, el preadolescente siempre encaraba los libros sobre batallas y héroes. Claro que le gustaban Spiderman…. pero mucho más San Martín. Sus fascinación lo llevaría a dibujar historietas, como “England strikes again” donde imaginaba un nuevo ataque británico. Lo cierto es que con un hermano ex combatiente de Malvinas, siempre le obsesionaría imaginarlo con solo diecinueve años yendo a la guerra.

Pero a los trece había  también otras pequeñas y significativas batallas. Salir a la calle en un barrio picante no era fácil.  En los ásperos partidos de fútbol podía ser acusado de “ser hijo del juez” si no iba al arco y en cierto modo “bullyado”. Pero con astucia y un cuerpo que creció de manera generosa para dejar de ser Cocuchita, poco a poco construiría su reputación a base de sabiduría callejera y carisma. Inclusive  al punto de ser el ahora quien tomara descansara a los otros. “Esos que me peleaban, si no están presos o siguen vivos, hoy son mis amigos”, soltará.

 A la par de ir al club Estudiantes, llevaría a la esquina su habilidad narrativa y luego a la sala de ensayo. De la mano de “La Vieja Bis” obtendría más que rodaje y algún vicio: un nombre. Cocucha. El ambiente platense que siente que el rock no se reduce a Instagram o reseñas porteñas, no necesita mayor presentación. Ya lo conocen y él, por supuesto, también.

Pero durante aquel apagón no pensó como Cocucha. Martínez y Rosales emergieron raudamente. Aunque a decir verdad, siempre habían estado ahí. Desde aquellas historietas,  esa combinación de Butch Cassydy y Sundance Kid con Rosas y San Martin sumado a las historias que su amigo Cogote le contaba de su experiencia en el Regimiento 7, lo acompañanaban a través de los años. Sabía perfectamente cómo actuaban y mucho más si se diera una situación crítica. Esas donde, asegura, la sociedades se adaptan y avanzan. En la historia real o en “El Eternauta”, que amó siempre y que por ficticio no deja de ser verdadero.

Entonces ya en otro barrio, padre y sin que la música o la noche fueran su único eje, se pondría a escribir. Que en definitiva a veces no es más que contar, pero con los dedos sobre un teclado. “Yo soy rockero y no escritor”, dirá. Pero su capacidad de construir imágenes, sus  conocimientos técnicos y léxico sobre guerras, su pulso intuitivo para capturar la atención y la tensión, confluiría en un relato ni tan futuro ni tan ficticio. Preocupado por el debilitamiento de la región y con la Patria Grande como bandera, encararía una novela. No una canción, no un cuentito, no una historieta. “La saga de Nueva Europa (los últimos días de América Latina)” llamaría la atención de gente especializada. Al punto de estar en tratativas de ser editada a nivel nacional. Mientras tanto, cuatro capítulos de esta “novela bélica con tintes de ciencia ficción”-como él define- se pueden disfrutar on line. ¿Dónde? En el sitio donde decidió no solo contar en primera persona sus visiones del mundo e invitar otros actores de la escena cultural platense. También decidió reconocerse a sí mismo por su nombre, el de ese tipo inteligente y sensible que no excluye al Cocucha sino que lo contiene como parte de su propio ser, de su pequeña patria grande: Fernando Hortel.  

“Me fascina todo lo que sea bélico. Por más que me digan que una película es  mala, la necesito ver”, introduce  el músico. Pero deja en claro: “Lo que me fascina es la evolución de los individuos que no son militares pero  que participan en los conflicto bélicos. Porque están los ejércitos y están los ciudadanos de los territorios en disputa. Y se dan esos avances de la comunidad, los cambios tecnológicos, lo que la gente hace a la hora de alimentarse o las cosas que inventa la gente para sobrevivir….la manera en que la comunidad se  adapta al nuevo orden a mí me fascino siempre. Y no lo puedo creer. Muchos historiadores  han marcado que tras la guerra  la comunidad avanza a pasos agigantados hasta que procrean individuos que no tuvieron el fragor de la guerra. Al que sobrevive le quedan la ideas en claro. Entonces reactiva, reconstruyen ciudades, puentes, inventan cosas para prevenir guerras. Y este libro habla de eso, más que de una guerra. Habla de un hipotético caso de los argentinos uniendo sea ante una usurpación extranjera”.

Está claro que lo suyo no es una celebración de la guerra y menos cierto pensamiento militar. “Yo en una manifestación seguramente me enfrentaría a ellos. Pero hay una cosa…el  ejército argentino históricamente está manchado por la cúpula de la dictadura. Pero  antes liberó a Argentina, a Perú, a Venezuela. Para mí el ejército argentino es San Martín. No Peor ahora no es Massera, Onganía y Videla. Pero también el general Mansilla en la Vuelta de Obligado. Entonces hay algo en el libro de tener que cerrar la grieta  indefectiblemente. Todo el que es argentino va a tener que tomar las armas porque si no desaparecemos como país”.  

En su narrativa llena de acción y fluidez, destaca la capacidad de construir el carácter y el universo interno de los militares. Pero Hortel escapa a la literalidad y también a la corrección política. “Laura Dipolitto, mi guía y consejera,  estaba enojada con Martínez cuando leyó el cuarto capítulo. Es una mal persona, pensó. Pero yo le dije que funciona así. No está siendo malo, está tratando de educarlo a la manera castrense. El cree que es un gran aporte a la patria.  Yo elijo dos personajes que quieren hacer las cosas”, cuenta y anticipa: “Pero a lo largo de la novela van a aparecer los militares que hacen realmente las cosas mal. Ya están hablando con los invasores. El 75% entregaron el territorio, los políticos de turno, la gente de poder, por títulos nobiliarios, etc…Pero vas a ver que son solo unos pocos que alrededor del país que quedan, pero mezclados con la milicia del pueblo. Lo que viene en la novela es la guerra de guerrillas”. Salvados por los túneles de La Plata, la historia se mezclará con ideas masónicas y más adelante se expandirá más allá de la geografía argentina con una perspectiva latinoamericanista.

Respecto a su estilo, define: “Es audiovisual, porque soy rockero y no escritor. Imágenes, imágenes, imágenes. Como cuando hago canciones. La verdad que no sabía que les iba a gustar mi manera de escribir. Fue una sorpresa”. Pero si se reconoce: “Yo soy un contador de historias. soy un chabón que cuenta cuentos. Todo el día. De cualquier tipo, en un asado, en la esquina, entre tema y tema en un ensayo. Cosas que veo manejando, caminando. Me gusta hablar”.

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