Por Ramiro García Morete

Desde el confinamiento el artista indaga en su propia raíz y  las formas folklóricas con “Folqui Popi”, album disponible en todas las plataformas digitales

“A donde quiera que vayas/no olvides acordarte/va con vos a todas partes/el terruño es la raíz”.  Dirá que a veces  no recuerda lo que hizo hace dos días, pero que jamás olvida la sensación de las cosas. “No sé cuándo sucedió. Pero sí la sensación. Y eso es lo que llevo conmigo”, remarcará.  Por eso no registra con precisión  si fue a los diez que escuchó el primer cassette de los Beatles en su casa de Benito Juárez. Tampoco tiene muy claro si a los trece llegaron las primeras canciones de Atahualpa  y Zitarrosa. Pero que en ellos y luego Suma Paz,  Mercedes Sosa y “ese tipo de artistas” encontraría “un concepto al que yo puedo llegar”.  El ser y el paisaje son la misma cosa, citará –palabras más, palabras menos- a don Ata. Y  recurrirá a la llanura para definirse como un tipo de “aire cansino y detenido”.

Tampoco tendrá muy claro que canción entonó su vecina Marta o si efectivamente ocurrió aquello. Pero al comienzo de la cuarentena, aislados y confundidos, pequeños eventos de aire doméstico podían determinar el ánimo de los días. La sensación quedaría plasmada en un ejercicio compositivo,  cuando cancionistas radicadxs en la ciudad crearon un grupo de whatsapp con la premisa de componer casi diariamente con distintas consignas. Sirviéndose de sus esenciales pero muy efectivos conocimientos de Cubase, el PH ubicado en pleno Meridiano V sería testigo de una prolífica saga de canciones. “Creo que salieron doce en los primeros veinte días”, tratará de especificar. Con la eléctrica y su Taylor acústica del otro lado de la ciudad, en el estudio de un amigo, recurriría más que nunca a la criolla. Esa que el lutier Ciccone le entregaría casualmente- o quizá no- para uno de sus cumpleaños en noviembre y que vendría a reparar el vacío de aquella Yacopi robada.

 Entre tantas, hallaría algunas canciones hermanadas, que quizá por alguna razón profundizaban mucho más ese aire folklórico que siempre dejó entrever ya fuera en Rivero y el Mico o en otros planes solistas. Pero aquí no solo se despojaría de programaciones o vestiduras rockeras, sino que sumaría a su poética reflexiva y clara las herramientas de un lenguaje familiar pero que no había investigado en profundidad: los ritmos folklóricos bonaerenses.  No tanto desde  la ortodoxia como sí desde la sensación, conformaría un repertorio donde las décimas, cuartetas y otras lejos de cercenar liberarían su pluma y dulce voz sobre valses criollos, cuecas, tonadas y otras mezclas. Y que tampoco perdería de vista su linaje pop. “Es como que ni siquiera uno puede pensar en hacer una fusión: uno  es una fusión”. Así es que nace “Folqui popi”, flamante y bello trabajo que combina el aire doméstico con la evocación de tierra abierta. Y que Jésu Rivero bien sabe que que el paisaje también está adentro.

 “Es un encuentro con músicas que tenía dentro de mí , que vengo trayendo de hace mucho tiempo y se pusieron más de relieve en este momento- introduce con . Siempre he dicho en chiste que hacia milonga encubierta.  La milonga campera, no sureña. Y en disco no solo está medio latente, sino que aparecen otros ritmos. Lo que tienen es que la mirada por la que está atravesada es una mirada pop, por  cómo fueron compuestas. Es un reflejo. Es como un folklore pop, mezclados en palabras que tomé como referentes que son raíz y simpleza. El pop tiene eso de lo simple y lo concreto, y la raíz es lo que…”. Y sin completar la frase sentencia: “Es como que ni siquiera uno puede pensar en hacer una fusión: uno  es una fusión. Quienes nacimos en la provincia de Buenos Aires en general y más en la época que globalizado, la música que nos llegaba de todos lados. Hay una mezcla de montón de músicas que aparecen en uno .Uno no la puede obviar porque son parte de uno”.

El músico cuenta que está empezando a “investigar los ritmos folclóricos de la provincia. Hay como 35 de los cuales muchos están en desuso. Se conocen más la milonga, el triunfo, el  gato, el escondido”.  Un ejemplo de su interés es la relación que entabló con Atilio Reinoso, un hombre de 82 años que tocó en lugares como Estados Unidos o Francia, cuando indagó en los conceptos téoricos sobre el “cielito”, género que abre el álbum.

Un elemento notorio- y que va de la mano de esos ritmos- es la utilización de métricas: “Eso es algo que se me plantó una semilla hace unos años. Empieza a aparecer y que voy a seguir un poco más. Respecto a los ritmos no lo tengo tan claro. Y con la palabra vengo hace tiempo tratando de  buscar estructuras. Creo que las canciones  siempre tienen  intrínsecamente estructuras pero no conscientemente. Ahora estoy  metiéndome en la décima.  O una canción que compuse y no está, que usé una estructura de la jota española, algo del siglo XVI”. Y explica el poder de estas nociones, contrapuesto a la idea de que son limitantes: “Me pasó eso. Uno tiene un prejuicio. Pero cuando usas estructuras te aparecen palabras que no conocías, que no las tenías tan bien junadas. Y  se te abren universos, en vez de acotarte. Y me pareció genial. Hasta parece que el ritmo te dice qué palabra usar… el mismo ritmo de la rima”.

Más allá de la forma, estas  canciones de Rivero  tienen “mucho que ver con la coyuntura, con la pandemia y el aislamiento. Las letras están un poco relacionadas en el sentido de que son pequeños guiones  de cosas efímeras. Pero son lo que nos hacen. Es cierto que siempre tengo una cosa bastante existencialista o humanista. Pero en este momento se llegó más a lo pequeño y la maneras comunicaciones y relacionales”.

Otro elemento a destacar es la soltura y precisión  a la hora de arreglar el repertorio solo con criolla: “Lo que pasó con eso es bastante loco. Yo generalmente soy  de hacer la rítmica o rasguidos. Pero nunca de hacer ´dibujos´. Eso nunca lo había hecho. Lo aprendí a hacer mientras grababa y componía. Obvio que lo tenía de Gardel, Zitarrosa…Lo tenía en la cabeza pero nunca lo había pasado a los dedos”.