Por Ramiro García Morete

El ex The Plásticos se despoja y presenta su lado más clásico  con el flamante e intimista “Frágil” (Ph: Charly Montes)

“¿Para qué sirve girar siempre en el mismo el lugar?” Cuando la profesora notó que no estaba leyendo la partitura sino que tocaba de oído aquella “melodía del Gallo Claudio”, entró en cólera. Así como cuando a eso de los ocho había intentado aprender guitarra pero lo aburrían “Samba de mi esperanza” y “Sapo cancionero”, el muchachito decidió retirarse.  “Desde que se invento el grabador, los papeles no sirven más”, dirá hoy quien desde los veinte años da clases de guitarra, bajo, batería y teclado.

Y  es que así había aprendido: escuchando, mirando, copiando. Si bien en Chascomus hay una parte reservada a los instrumentos que su bisabuelo e hijas tocaron con la Orquesta Típica Francese Hermanos, su padre no tocaba nada. Sí sonaban muchos discos en la casa de City Bell, al punto de que Leonardo Favio sería la razón para bautizar así al hijo que  no salió futbolista y apenas sabe patear una piedra. Pero quizá por esa peifanía que fue escuchar la guitarra surf de Bingo Reyna o esa timidez extrema que le impedía vincularse con el resto, la música sería refugio y un lenguaje que desarrollado con tanta naturalidad como obsesión.  Como cuando sin tener siquiera el instrumento, copiaba los movimientos espejados en VHS del baterista zurdo de Los Intocables en “Badía & Cía”. O cuando acompañaba a sus compañeros de banda adolescente “Rocas Moras”  a tomar clases con un ex Vox Dei y aprendía inclusive con mayor facilidad que ellos el bajo y la guitarra. Más de una vez los chicos dejaban instrumentos en su casa y de esa manera no solo aprendería, sino que fantasearía con lo que hoy llama “el sueño del pibe”: una sala/estudio.

“Me lanzo a la ilusión/sin nada que perder”.  La cuarentena lo encontraría concretando en al fondo de su pequeño parque ese pequeño pero reconfortante espacio de 4×4 a base de material seco, con instrumentos, equipos y el familiar Sonic Vegas en la computadora. The Plásticos-banda de pulso rockero y bailable que supo cosechar muchos seguidores en Colombia- hacía tiempo estaba “en el freezer”. Y a decir verdad, este fan de Elvis y Beatles solo acostumbraba a componer en situación de banda.

Ya a fines de año, impulsado por el espacio propio tomaría “The End” de Blur y “Waves of Mmutilation” de Pixies para traducirlos y versionarlos  de un modo más íntimo.  Pero el confinamiento y ese aplomo que brindan los años combinarían de manera perfecta con su querida Samick electroacústica, quien ganaría cada vez más lugar en los pocos ratos libre que dejan las clases y un hijo de cuatro años.  El despojo sonoro tendría que ver también con un despojo más profundo: dejar atrás los propios prejuicios o pretensiones alrededor de los nuevos sonidos o las vanguardias. Nuevamente olvidarse de los papeles.

Con melodías clásicas, delicadas guitarras, un tono menos estridente y más profundo, construiría un narrador acorde a la idea donde ese despojo. Algo así como un amante herido que toma la ruta para dejar atrás.  Simple y directo. Y algo así como una deuda consigo mismo para alguien que quizá aprendió que lidiar con este mundo duro requiere precisamente aceptar lo “Frágil”. Así se llama el reciente disco de Leo Road. Y es que quizá se trate de entender que tarde o temprano lo nuevo deja de serlo. Pero el camino…el camino siempre sigue adelante.

“Podemos comenzar por la tapa-introduce Leo sobre la foto tomada Charly, batero de The Plástico-. Hablando un poco de lo despojado. Negra, oscura, minimalista, con una suerte de grieta en el cuello que da una idea de ruptura  y fragilidad en  cuanto las relaciones. Creo que el clima de pandemia, eso  de estar solos,  fue un  disparador importante en lo lirico y en lo intimista”.  

“Y por otro-indaga el músico-  yo quería un poco desprenderme de todo lo que venía haciendo. Como The Plásticos, donde uno buscaba más la vanguardia, la cosa novedosa, más fresca, bailable. Quise hacer algo diferente…O en realidad mostrarlo. Porque lo hacía, pero puertas para adentro. Así que me pareció una linda oportunidad al no compartir con nadie y ser quien se encargue de la decisiones”.  Cuenta que siempre soñó con formar una banda con sonidos clásicos a lo Presley o Berry, pero  que “siempre empre sentí que tenía que mostrar determinado costado y perfil. Tratar de ser el fresco, más novedoso, con lo que sonaba en Inglaterra”. Y luego dirá con alivio y algunas risas: “Basta de pensar en sonar a tal cosa, de querer sorprender…basta de querer sonar a La Plata…¡La vanguardia y la puta madre que lo pario!”

“Tengo la sala, el sueño del pibe. No tengo banda. Hace un montón que no compongo”, fue el pensamiento de arranque para acompañar las dos versiones ya grabadas.” Yo veía que las dos tenían temática medio melancólica, medio abajo. Y quise ser todo lo cursi que me negué siempre. La típica letra de amor que siempre me negué a escribir. Ese tipo de canciones simplonas, pero lindas. Las canciones tienen que ver con lo que me pedía el tema. Recuperar la historia de amor, que cuando  por ahí no encaja cuando uno busca los sonidos modernos”.

Ese sonido y esas líricas también le ofrecerían una nueva perspectiva de su voz: “ Creo que pelé cosas diferentes a las que hacía en una banda de rock. En los proyectos siempre fui más de gritar. Acá al ser temas más mansos y esa cuestión sentimental, pude  pelar y ser el actor de lo que se dice en la letra. Te pones en esa cuestión de actor y querer transmitir. Pelé voces con más carácter, más graves. Y con más personalidad”.

Enamorado de Richard Hawley casi como una casualidad, ya que a pesar de cierto linaje lo descubrió cuando el disco estaba casi terminado, el músico ya prepara nuevo material en esta línea: “Creo que es lo mío. Soy un romántico”.