Por Ramiro García Morete

“El poder de la oración, el discurso y la intención/ya lo dije ´yo seré un jetón pero no un bocón´/y lo reitero mucho más amplio que ser rapero/si vocifero que no sea para puros peros”. Solvente y decidido pero no arrogante, sin barras de relleno ni de sobra, es curioso que haya empezado con las “tiraderas”. En rigor, el gusto por la música ya había emergido al poco tiempo de llegar desde Munro hasta el barrio Meridiano V. No tanto por los cassettes de Leo Mattioli o Djando que el padre gastaba en alguno de los mil autos que tuvo, como aquel desvencijado 540 pick up. Quizá sí por otro auto, el del padre de un amigo camino a la Escuela N° 11, donde se fanatizaría con Los Redondos y quizá de allí –sospecha hoy– provenga cierto asunto con las líricas. La década del 2000 acuñaría varios signos de época, como los Todo X2 y el arribo del reggaetón. Los discos baratos combinarían ambas y a partir de artistas como Tego o Daddy Yankee persistiría atención no tanto al dem bow como sí a las rimas. Calle 13 sería otra referencia y junto a sus hermanitos comenzarían a jugar a escribir letras.

Pero al pasarse al Albert Thomas descubriría esas tiraderas o beefs (cuando dos artistas se “pelean” a través de temas) entre los ascendentes Fuerte Apache y el pionero Mustafá Yoda. Ya con internet y la posibilidad de descargar pistas, profundizaría y descubriría un mundo mucho más amplio. Ya no se trataría de insultos o berretines y saldrían canciones como aquella cuyo título olvida pero no su temática: un pibe de la calle, al mejor estilo Nach u otros artistas que estaban abriendo su cabeza. Y mucho más lo haría al acercarse al Teatro Argentino y aquellas batallas y cyphers de principios de la década pasada, donde formarían Consonantes Crew y empezaría a pisar escenarios.

Pero si bien contará que suele escribir sin muchos rodeos, lo suyo no sería el freestyle. La gimnasia verbal y su destacable capacidad para aliteraciones, juegos de palabras y punchlines provendría sencillamente de vivir en el mood 24/7. Ya fuera viendo una película e imaginando un sample o sacando frases de una conversación. Mucho más cuando dos años atrás llegó a la casa de Parque Saavedra donde junto a su socio y productor Laion Beats y Jeipi armaron su pequeño estudio: P.L.A.G.A, a puro FL y Cuabase 5. Beat y lírica es mitad y mitad, asegurará. Por eso “50 y 50” junto a Laion surgiría en la era del single –y como ya escribimos en este medio– cual “sólido álbum donde el boombap y la vieja escuela no atenta contra el trabajo depurado de las bases ni versos que destilan realidad sin necesitar hacer bandera ni fingir vida de gangsta”.

Por eso al comienzo de esta cuarentena, al perder su trabajo no perdería su rumbo. “Chico Epecuén” provendría de “quedar en la ruina” y otras colaboraciones lo mantendrían cada vez más activo “luciendo la perla de la parla”. La trilogía conceptual con Extreinsh y la colaboración con Tobiah en “Sin cargo” dejarían en claro, como los versos, que reparto de rap está intacto: “Delivery de barras para el que no quiera salir/ traemos más que palabras: un estilo de vivir”. Para adelante y sin peros, Franqui Quiroga: rapero.

“Martillo, yunque y estribo/lo más parecido a como hoy escribo”. El MC reflexiona sobre su estilo: “Creo que me sale natural esa manera de escribir. Tratar de buscar las cosas con algunos juegos de palabras. A veces más rebuscado, a veces menos. Tampoco es que lo mido mucho. Va saliendo”. La modalidad de composición, últimamente, parte desde “tener el ritmo, el beat o algún disparador. Es 50 y 50, porque el beat te genera un clima. Quizá no tenías la temática y te dispara alguna. Si se puede, a partir de eso lo que trato de hacer últimamente –sobre todo cuando trato alguna melodía o algo pegadizo– es tararear hasta definir una manera de fluirla. Y ahí empiezo a mandar la letra encima. Yo creo que me va saliendo, no sé si lo pulo tanto. Mientras lo voy escribiendo van saliendo esos juego de palabras, medio trabalenguas pero que terminan con un sentido. Tampoco es freestyle”. Respecto al sentido, “me pasa que elijo el concepto del tema y voy rapeando sobre eso. Me parece piola que al final del tema es como un conjunto de esas barras se arma el paquete”.

“Voy contento por mi grupo de personas que no sé qué nos crio pero el rap nos amontona”. Parte del crecimiento de Franqui ha sido saber acompañar sus lanzamientos con buenas producciones audiovisuales y armar un equipo. “Entendí un poco las maneras. Si bien es complicadísimo. Para todo necesitas un billete para dejarlo lo más profesional posible. Pero tratamos de darle la mayor seriedad y subir las cosas bien, con nuestros recursos. Últimamente entendimos que menos es más. Por ejemplo ahora tengo un amigo que tiene una cámara VHS. Entonces buscamos la identidad que pega con el rap y sacarle jugo a la piedra.  Si esperamos a tener siempre la mejor cámara, y que solo sea eso, estamos jodidos”.

Si bien evoluciona, Franqui sigue fiel al boombap   y no tienen ningún conflicto con ciertas nuevas olas ni modas. “La verdad me chupa un huevo. A la vez está piola que pase. Un pibito empieza a a escuchar a los que trece o más chiquito… entra por eso. Entra a un tipo de género. Creo que después vana a ir creciendo y buscar otras temáticas, otros sonidos. Pero entrás un poco por lo más mainstream y depende de la búsqueda llega a distintos lugares. Así que por ese lado puede ser positivo”.

Y a la hora de definir su idea de rap, entre la conciencia colectiva o el culto al individuo, “creo que estoy en el medio de esas dos. Sé que es una herramienta que puede ayudar muchísimo a la sociedad y construir como movimiento. Pero a la vez esa actitud de guerrearla, de poder ganarte el pan con tu música, desde tu home estudio también me encanta. No me olvido de las raíces, de esa construcción social que se puede generar… pero también viéndola como una salida”.