Por Ramiro García Morete

Ese mp3 de 128 era el futuro. Lo fascinante del entonces novedoso reproductor es que además podía grabar. No solo servía para almacenar temas del Sindicato, sino también escucharse la voz y registrar los primeros freestyles ahí en el techo de la casa. Ya desde cuarto grado, cuando llevaba el walkman a la escuela, lo había capturado la música.

De familia obrera, en el hogar de Laferrere no sonaban más que cd´s de música latina en el Aiwa negro de triple bandeja. Sobre todo los sábados, cuando el padre llegaba de laburar, apagaba la tele, ponía los parlantes al taco y abría una cerveza. Habían sido precisamente los repartos de comida para el negocio familiar los que le habían dado la posibilidad de adquirir ese aparato cuando ni imaginaba tener -como hoy- un mini estudio casero. Pos 2001, el oeste era un candente escenario donde la cumbia villera se fundía con la proliferación de breakdancers. Sería en una competencia de baile que escucharía las rimas improvisadas de un pibe y muy poco tiempo después formaría parte de la numerosa “Apología rap”.

El entusiasmo no cedería ni siquiera ante la difícil adaptación a Bolívar, cuando ante la cruda realidad y la necesidad económica la familia tuvo que mudarse. A la par de terminar la secundaria y trabajar de peón de albañil, generaría una pequeña movida de free y break en el ajeno pueblo bonaerense. Allí , recuerda, “me enteré que existía la universidad”. Con el trabajo ya había podido pagar el Shure 58 que no precisa placa y a los veinte años llegaría a La Plata para estudiar Sociología. “¿Dónde están los raperos?”, se preguntaría. Mediante los breakers de Plaza San Martín llegaría al Teatro Argentino y a la página de Facebook “Encuentro under”. En esos años conocería a colegas como Franqui o quien hoy sigue siendo su compañero: Joaquín Alarcón a.k.a. El Negro Cantoná.

Cuando las batallas fueron insuficientes y la necesidad de grabar música se hizo fuerte, comenzaría perfilando un estilo alejado del “ego trip” o la pose gangsta (“yo no tengo fierro/ tengo bombo y tacho”), combinando conciencia política y procesando su propio origen con un flow vacilón que jamás olvidó la cumbia (“Soy cumbiero sueno bien rapero”). Instalado ya en el El Dique y a punto de terminar sus estudios, su cuarto equipado como home estudio cobija las rimas y beats que elabora con el Ableton, donde va del boombap al chill hop sin perder el color local y barrial.

Con Cantoná como productor aliado para el toque final, verían una señal en ese movimiento llamado “Afrofuturismo”. “Vos tenés que hacer turrofuturismo”. Aquel liberador delirio cósmico de Sun Ra, resignificado y bajado a tierra para hijes de laburantes que acceden a herramientas tecnologías y culturales para crecer. Ese es el futuro para Bunga, quien quizá porque tiró sus primeras barras subido a un techo aprendió que -con oportunidades y esfuerzo- el cielo es el límite.

“Palo y palo” es el nuevo corte de Bunga, donde experimenta sonoramente y parodia la arrogancia del género. “Creo que la sonoridad es un poco parecida a ´Ghetto´ (EP lanzado durante la cuarentena). Lo que sí cambia es la aplicación de autotune. Mi descubrimiento es aplicarlo al rap más cotidiano, al boombap o los beats que armo. Me hace que encuentre otras estructuras, pero sin caer en el trap. Ver qué puedo lograr con este aparatito que genera estos sonidos. Cómo queda el fraseo, frases sencillas o cortitas que tienen un potencial poético.” Por otro lado “este tema tiene ego. Esa rama del ego-trip…´soy el rey del barrio, soy el mejor rapero´. Un poco influenciado y un poco a modo de chiste. Ahora que solté mi ki todos se quieren morir´. Es un chiste más que nada. ¿A quién le interesa en realidad si liberé mi energía o solté mi potencia?”.

Recordando a “Bajo palabra” y “Pasión de sábado” explica su perspectiva barrial sin ceñirse al papel de gangsta: “Tiene que ver un poco de dónde vengo: Laferrere, La Matanza. Cuando me empecé a juntar con raperos más dogmáticos me decían: cumbia o rap. Yo siempre tuve los dos mundos. De hecho algunos fraseos son bastante cumbieros, me sale solo, lo tengo incorporado. Y respecto al punto de vista de los raperos que son gangsters… ahora surgió mucho en el trap. En Argentina no tuvo mucha cabida esa, pero el trap puso de moda el que mueve la droga, el asesino. El mainstream está anclado en ese discurso. Cuando escribo trato de pintar cosas que viví, que vi en mi barrio, que veo en los barrios donde laburo ahora. Pero desde un lado crítico y no ´está re piola ser transa o salir a chorear. No aplaudir esto, sino relatarlo y decir: eso es heavy”.

Bunga expresa que sus posturas políticas también tienen que ver “con mi paso por la universidad, que me dio ciertas herramientas para tener lecturas más macro de la sociedad Argentina. Soy eso y de estoy de este lado por mi procedencia, mi identidad. Venir de una familia de obreros y albañiles me empuja a estar de este lado, de los que luchan, de los trabajadores”.

Otra razón por la que se despega de la figura gánster es que “también se pone en juego la masculinidad hegemónica. ´Soy un tipo duro, un tipo frío´. Entiendo que es una ficción. Pero también están vendiendo ese discurso a los pibes”.

¿Qué sería el turrofuturimo? Bunga intenta desentrañar la idea: “Lo que estoy experimentando es procesar mi historia en el conurbano y darle algo artístico, traducirlo en poesía o canciones. Reconvertir tanta oscuridad. Y en es ahí es cuando surge un concepto con el que pensé el video, charlando con Joaquín. Hablando sobre Sun Ra, impulsor del afrofuturismo, y una biografía que leí. ´Vos tenés que hacer el turrofuturismo´, me dijo. Ahí es cuando surge el concepto de ´Palo y palo´. El turrofuturismo es un concepto que lo tenemos que empezar a cargar de sentido estético y filosófico. Los pibes de los barrios que pudimos hacer universidad, que estamos conectados a wi fi, los turros 2.1. A partir de ahí empezar a pensar la estética. El video tiene un altar y un modem. Es poner al sector popular accediendo a las tecnologías y los medios… cosas de las que estuvimos privados”.

(Ph: Juliana Cajal)