Por Ramiro García Morete

“A veces pienso que no es en vano, correr descalzo por este plano/el sueño ardiente, la fe discreta/las ganas locas de sacarme la careta”. De pronto estaba allí, feliz de haber aceptado aquella invitación del ciclo Underfolk. En definitiva, por razones similares había llegado a La Plata casi veinte años atrás, cuando la criolla emparchada del padre ya no dio más y al inscribirse en Bellas Artes adquirió la misma Gracia con cuerdas de nylon que hasta hoy lo acompaña. “El barcito, la bohemia de tocar en cualquier lado, de estar con la guitarra a cuestas”, dirá. Todo aquello posiblemente le faltaba en Bragado, a pesar de aquel único concierto adolescente en el que el cantante se atemorizó pero tocaron igual de manera instrumental. Hacer con los recursos que se tiene a mano.

Quizá lo aprendió de su padre obrero, que escuchaba en solitario tangos y se las rebuscaba para escribir versos y textos que llegaron a publicarse en algunos casos. En la casa solían sonar no mucho más que hits ochentosos por la radio. Pero a través de Esteban, su primo DJ, se las ingeniaría para conseguir cassettes con mixes de aquellos tiempos hasta dar con Charly García y fascinarse por completo. Ya en la capital provincial se hallaría como compositor con temas como “Mulata”, el mismo que debería esperar años por ser grabado. En el medio expandiría su universo con una orientación -si se quiere- latinoamericana, tocando solo o acompañando a otrxs artistas.

Sin embargo iniciada la segunda década de este siglo, iría abandonando paulatinamente el circuito. La paternidad y otras obligaciones parecían no coincidir en horarios ni espacio. Algunos de sus amigos no entenderían si quiera como de hablar todo el tiempo de música ahora ni siquiera se daba lugar para escucharla.

Pero aquella noche confirmaría que “aún estaba adentro esa llamita”. Acto seguido buscaría la forma de registrar parte de su repertorio guiado por el candombe, la milonga y básicamente la canción rioplatense para lo que acabaría siendo “Canciones”. Motivado nuevamente para volver al ruedo, surgiría un escollo impensado no solo para él sino toda la humanidad: la pandemia. Y nuevamente arreglárselas con lo que hubiera a mano.

Con algo más de tiempo en casa, las noches de luz apagada se convertirían en introspectivas investigaciones de FL estudio con su modesta y cascoteada notebook Exo. Si bien el hip hop  habían atraído por sus ritmos y rimas a quien también tuvo un paso por Letras. Pero los subgéneros del Lo Fi y el Chill Hop parecieron ideales para esos momentos de calma nocturna. Grabando las pistas vocales con el celular descubriría una forma de freestyle que claramente no es la de los cyphers en las plazas pero que sí le permite decir de modo espontáneo lo que tiene dentro con honestidad y frescura. Así suena entonces Canciones Lo-Fi / Tape Beat y otras grabaciones subidas a su canal de YouTube, más cerca de J Dilla que de Jaime Roos. Pero con la misma impronta cancionera y expresiva de siempre, las mismas ganas locas de hacer música. Y es que Joaquín Rodríguez sabe que podemos cambiar lo que hacemos, pero nunca lo que queremos.

“Todo comenzó con la cuarentena, al no poder salir a tocar -introduce Rodríguez-. Me encerré un poco con la computadora. Empecé a buscar sonidos, a hacer beats, como para poner letras arriba. Y me despertó las ganas de escribir. Iba surgiendo palabras, algún versito. Me gusto lo loopeado y que se vaya repitiendo. Por eso son cortitas. La voz la grababa en el celular a altas horas de la noche, con los auriculares y cantando por lo bajo lo que iba surgiendo. Me gusta algo que sea fresco, de una toma. Canciones simples, lo fi, sonido muy casero” En cierto modo, esos beats inspirarían su propia forma de improvisación: “Exacto. Eso es lo que me gusta. Me pide esas rimas. Que sea algo fresco, genuino, que sale en el momento”.

Desde un camino más cancionero hasta estas experimentaciones rioplatense, Rodríguez deja en claro: “La música me gusta toda -expresa-. Puedo pasar de una cumbia a un electro sin problemas. Hace tiempo vengo escuchando el hip hop. Me gusta lo de las rimas, las palabras, el fraseo. De este estilo en particular no conocía mucho. Y cuando medio se puso de moda, me interesó. Me gusta lo de los sonidos. Trabajar con cosas que uno puede tener en su casa. No sé, hacer ruidito con una moneda, filtrarlo y  trabajarlo en la computadora. Me gusta eso de poder hacer las cosas caseras. Encontré las herramientas en cosas de bajo sonido y calidad que me permiten trabajar con lo que tengo en casa”.

Pero para que quede claro, no se trata de descuido sino de estética: “Me interesa la parte desafinada. No me interesa ser el cantante perfecto. Puedo cantar así. Pero me gusta jugar. A un tema le puse autotune, pero trato de no abombar la canción y que en otra parte suene más natural. El programa te permite jugar con esas cosas. El arte pasa por ahí. Por las ganas de decir algo y de encontrar un camino de sacar algo que tenés adentro”.

En línea con ello, asocia viejas épocas con la perspectiva actual mientras imagina un futuro donde combine las pistas con la guitarra criolla: “Me encantaba, había casas que se habilitaban para que vos tocaras, lugares impensados. Disfrutabas de ese momento, a media luz, cantando con tu guitarrita. Te daban ganas de escribir, soñar. Nunca le pedí tanto a la música. Entrás en esa de que parece que no sirve para nada. Y empezás a buscar que te dé algo de dinero, reconocimiento. La música o el arte nacen primero de vos. Mis canciones son primero para mí, sacarme esas ganas de hacer algo y después tal vez uno quiere mostrarle al mundo, mirá lo que hice. Tal vez el disparador de volver a tocar haya sido eso: darme cuenta de que uno tiene ganas de decir algo siempre. No hay que esperar que haya vuelta”.