Por Ramiro García Morete

“En lo continuo de la cuerda el arco se volvió fuerza”. Algunas cosas -o casi todas- requieren tiempo. Como aquella canción escrita poco después de las fatídicas elecciones del 2015 llamada -precisamente- “En el borde del tiempo” que no solo acabaría cerrando un disco. También formaría parte de ese puñado que Lautaro Zugbi traía desde Unos, banda cuya disolución potenciaría las ganas de cantar además de tocar la guitarra. Algo similar le ocurría por entonces al “Chino” Pablo Toledo, que acompañaba a la cantante Corina Lawrence. Ambos se habían hecho amigos compartiendo trabajo en el Centro de Arte de la UNLP y sería precisamente por un encargo para una obra que concretarían tantas amenazas de “armar algo”.

Tras musicalizar un poema sobre la leyenda del Coquena, no solo se concretaría su primera colaboración conjunta sino también la que sería registrada en clave más rockera. Porque más allá de ciertas diferencias de registros líricos o tímbricos en su voces, había una premisa común que era la canción. Y ciertos indicios, partiendo de la Telecaster de uno y la Strato de otro. Es decir, ese gusto por la bobina simple y el sonido limpio. Con reverberaciones y matices, por supuesto, abordando la composición no tanto desde la complejidad armónica sino desde una sonoridad atmosférica pero a la vez orgánica. “También está la cosa humana -dirá Lautaro- de ir madurando una amistad y un grupo de trabajo. Eso también se escucha”.

Por ello Juan Miguel Carotenuto en la bata y Mau Lopez Sein al bajo (viejos conocidos de la facultad) serían las piezas ideales para comenzar a pulir la materia o bien “edificar un boceto”. Los pragmáticos y consistentes ensayos de los lunes a la tarde perfilarían una búsqueda que en el disco homónimo alcanzaría un muy buen resultado. Pero no definitivo. Al igual que sus canciones, donde el poder no se alcanza con la distorsión sino en la intensidad sostenida, el tiempo seguiría siendo el elemento esencial. Tras la feliz presentación en Calle Uno, el cuarteto encaminaría un nuevo material mucho más cohesionado con ocho canciones llenas de fuerza sensible, bases sólidas y guitarras límpidas. Elementos de rock, pero también de la fusión, del indie o vaya a saber cómo definir. “Aquello que no es nombrado también existe”, leerían en un libro de Alejandra Kamiya tan en sintonía con un verso de sus amigas de Puebla: “Lo que las cosas no son”. “Los nombres” se titula entonces el flamante disco de Bruto, cuyo propio nombre no remite a la rudeza sino al potencial. Eso que revela el tiempo, cincel que halla diamante en el carbón.

“La idea hacia diciembre de año pasado fue contratar el estudio y empezar a laburar un poco más profundo en la sonoridad de la banda, en lo que se estaba conformando -introduce Zugbi-. Estamos hablando de una banda relativamente nueva. En este segundo disco se escucha un sonido más consolidado, una búsqueda un poco más clara de lo que queremos en las canciones”.  Al respecto hubo una decisión de apelar a lo orgánico como base: “Fuimos y vinimos con ese asunto. En  un momento dijimos: sumemos más cosas accesorias, overdubs. Pero empezamos a darnos cuenta que la cosa del grupo y  las personas tocando es irremplazable. Medio que en el camino de diciembre hasta acá terminamos de confirmar que eso es lo que nos gusta. Las canciones, del Chino o mías, arrancan con guitarra y voz. Después van al ensayo y empiezan a sufrir las modificaciones de las personas que están tocando. Este es un momento en el que hay mucha máquina. Pero cuando empezamos a escuchar a personas tocando, nos seduce más. Tiene que ver con eso”.

A la hora de describir el estilo habla de un tipo de canción “que no tiene gran sofisticación en términos armónicos pero que busca construir sonoridades. O imágenes que van más allá de los acordes. Y hay algo en la repetición. Nos gusta mucho eso de repetir y generar novedades sobre esas repeticiones”. Y expande el concepto general: “Hay algunas referencias poéticas  que señalan que el arte habla de la vida. Si nuestras canciones dicen tiene que ver con la vida, con las cuestiones cotidianas o lo que consideramos importante. Y de alguna forma esa sencillez busca representar ese espacio de lo común de la vida cotidiana”.

Zugbi hace hincapié en lo imprevisible: “Nosotros armamos la banda con el chino y podrían decir: me encanta tal grupo o este sonido entre rockero y canción que es lo que terminó siendo Bruto. Pero después pasan cosas imprevistas, como cuando aparece Mauro con su estilo, Juan con el suyo. Y lo que pasa entre los cuatro juntos. Y ese camino que va a madurar con el tiempo es lo lindo del grupo. Hay un poco de lo que queríamos de antemano pero otras que no pensábamos. ¡Y están buenísimas!”