El 25 de octubre Chile realizará un plebiscito que definirá si se lleva adelante una reforma constitucional o si sigue en vigor la Carta Magna aprobada durante la dictadura militar de Augusto Pinochet. Para entender la importancia de esta consulta y de sus resultados, Contexto dialogó con Marco Enríquez-Ominami, una de las figuras más destacadas del progresismo chileno, ex diputado nacional y tres veces candidato a presidente.

¿Cómo se encamina la sociedad chilena hacia el plebiscito de octubre?
Este plebiscito es el más trascendente desde la histórica de la independencia hasta nuestros días. Durante 210 años Chile no tuvo nunca una oportunidad como esta para diseñar su futuro.

El plebiscito se da en un contexto excepcional por la pandemia, por la crisis institucional y por la impopularidad del presidente (Sebastián Piñera). Un momento fascinante y al mismo tiempo angustioso por la no vuelta a clases de miles de niños, etcétera. Una mezcla de oportunidades con amenazas.

¿Cuáles son los puntos fundamentales que podrían modificarse si en el plebiscito se aprueba la reforma constitucional?
El artículo 1 de la Constitución establece un concepto muy difícil de simplificar, pero muy trascendente, el de «Estado subsidiario». Este concepto es el que permite que las empresas privadas lucren con los derechos sociales y tengan el derecho de tener la prioridad por sobre el Estado. Ese concepto hay que remplazarlo por el de «Estado social de bienestar». Eso es evidente para muchos países, pero no es así en Chile, al que yo califico como «la Corea del Norte del capitalismo».

En segundo lugar, es necesario modificar la arquitectura de Chile, ya que no es un país federal. Aquí no se tiene plebiscito de manera fácil y automática. Aquí tuvieron que salir cientos de miles de personas a las calles y enfrentar múltiples violaciones a los derechos humanos para tener derecho a este plebiscito.

En tercer lugar está el tema de los recursos naturales. Aquí hay un modelo exportador de cobre, salmón, madera, etcétera. El agua juega un rol clave, no solamente para la vida sino, para el modelo de desarrollo, y el agua en Chile está separada de la tierra, es un mercado de acciones. Por lo tanto, en el país hay gente que tiene agua y no tiene tierra y gente que tiene tierras y no tiene agua.

Todo eso está, de algún modo, anclado en el texto constitucional.

También se suma a ello la legitimidad de la Constitución que nos rige. Esta es la Constitución de la dictadura. Una Constitución pétrea que tiene cuarenta años, que es la que hizo Pinochet para él, los militares y sus economistas.

¿Cuáles son los factores que se oponen a estas transformaciones y qué recursos utilizan para ello?
Creo que ellos son minoría y que, sin dudas, vamos ganando los del «apruebo» la reforma constitucional, pero nunca una elección está ganada de antemano, así que hay que trabajar para convencer. Los que están por el rechazo, a mi juicio, están utilizando el problema sanitario que tiene el mundo para relativizar el tema del plebiscito y también están lanzando una especie de «campaña del terror» con la idea de que si ganamos nosotros se cae Chile. Esa campaña por ahora no ha tenido efecto, pero yo no me confío, porque siempre producen algún efecto y, por lo tanto, es muy importante estar alerta.

He llamado a la unidad de la oposición y estoy coordinando la estrategia comunicacional de mi partido, dentro de un pacto que es «Somos Chile digno», que es un pacto grande de muchos partidos. Así que estamos entre todos y todas liderando la estrategia político-comunicacional para justamente combatir estos argumentos que son primitivos, pero con los que hay que tener cuidado porque, como dije antes, nunca una campaña está ganada de antemano.

Nunca ha sido fácil construir la unidad del campo popular. ¿En qué situación se encuentra Chile en el camino de la construcción de esa unidad?
Nosotros vemos con admiración lo que pasó en Argentina, donde Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa fueron capaces de realizar sacrificios mutuos para lograr la unidad. Creo que en Chile eso también está ocurriendo. Estamos mejor que antes. Yo, que he sido el gran candidato a la ruptura, con los mejores resultados de la historia de Chile para aun candidato independiente, no gané la elección y aprendí la lección.

Creo que es fundamental fomentar la unidad. Todo lo que yo represente, poco o mucho, lo estoy poniendo al servicio de la unidad, y en ese camino no soy el único. Por eso tengo buenas perspectivas para la unidad. Creo que hay un espacio nuevo en Chile a partir de la convicción de que unidos puede ser que vayamos más lento, pero seguro llegaremos más lejos.

El plebiscito no solo definirá si se va a llevar adelante una reforma constitucional, también determinará, en caso de que se apruebe, quiénes llevarán adelante esa reforma. ¿Nos puede explicar un poco este tema?
Recordemos que el acuerdo de paz que posibilita este plebiscito se hace cuando en Chile, efectivamente, hubo mucha violencia de parte del Estado y también en las marchas. Los partidos políticos completamente superados, desacreditados, tomaron la iniciativa y firmaron un acuerdo de paz que define un camino plebiscitario. En medio, los partidos políticos con muy poca legitimidad agregaron una pregunta, que no es solamente «apruebo» o «rechazo», que es «¿quiénes deben ser los constituyentes?, ¿los actuales congresistas más la ciudadanía recién electa o solo ciudadanía?». Por lo tanto, hay dos votos en el plebiscito, uno sobre si se aprueba o no la reforma constitucional y otro sobre quiénes llevarían adelante esa reforma, de aprobarse. En eso también estoy convencido de que somos mayoría los que creemos que ningún congresista actual puede participar de esa transformación.

Cuando se produjo el estallido social, quienes no conocían la realidad chilena se sorprendieron dado que históricamente los medios hegemónicos mostraron otra imagen de Chile, una versión totalmente distinta a la que apareció en escena en octubre de 2019. ¿Qué camino ha recorrido la sociedad chilena desde aquel estallido hasta este plebiscito, teniendo en cuenta que en medio apareció la pandemia y modificó todo lo que podía pensarse un año atrás?
Previo a la pandemia había una gran revuelta chilena. Había una gran conciencia de la mayoría de chilenos autoconvocados que estaban logrando empujar los límites de lo posible. La pandemia llevó a la máxima contradicción en el escenario, porque hay que ser, al mismo tiempo, audaz y responsable. Por lo tanto, hoy estamos en una suerte de tensión entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

El 77% de los chilenos han visto disminuir sus ingresos. En un país donde, a pesar de las protestas, todavía no tenemos derecho a la educación pública y gratuita. A pesar de las revueltas todavía no se conquistó en Chile un sistema de seguridad social. A pesar de las protestas, todavía no se conquistó en Chile un sistema previsional solidario de reparto.

Por eso hay dos maneras de ver esta situación: por un lado, se puede decir «vamos muy bien», pero por otro, en términos estrictos, nada ha cambiado. Sigue gobernando alguien de ultraderecha, que además ha nombrado como ministro del Interior, el cargo más importante de los ministros, a un pinochetista de los peores.

Por eso, el primer verdadero hecho trascendental, histórico, va a ser el plebiscito. Después de las protestas, este va a ser el momento trascendental, porque el plebiscito nos permitirá a los chilenos recuperar nuestro destino y no dependeremos más de una Constitución ilegítima.

En octubre del año pasado la gente dijo «Chile despertó». Ahora la sensación es que, más allá de las estrategias que utilice la derecha -e incluso más allá del resultado del plebiscito-, Chile no volverá a dormirse. ¿Comparte esta apreciación?
Yo estudié filosofía y, debido a esa formación, soy optimista, pero también soy escéptico. Creo que las mayorías sociales no necesariamente significan mayorías electorales. Incluso más, según las encuestas, hoy, el liderazgo más importante de Chile es un pinochetista. Por lo tanto soy extremadamente prudente. Creo que se conquistó una oportunidad pero todavía nosotros, la oposición, tenemos que ser creativos y estar unidos para ganar esa elección que todavía no está ganada. El cambio se ganó en la calle, pero todavía no se lo ha ganado en lo político, y eso es lo relevante para tener, no solo una sociedad de deberes sino una sociedad de derechos. Aunque parezca increíble, esta batalla está recién comenzando.

Después del Mayo del 68, hubo diez años de gobiernos de derecha en Francia. Después del estallido social de los indignados en España, hubo ocho años de gobierno de Rajoy. Por eso no canto victoria.

Yo estaba retirado totalmente del debate público y he vuelto con mucha intensidad porque me parece que todos debemos sumar para que las conquistas de la calle se transformen en conquistas políticas.