Por Abdul Wakil Cicco*

Una foto de tu mamá desnuda en internet.

De China a Estados Unidos, de Birmania a Francia, no importa el lugar donde uno vaya, el escenario para los musulmanes suele ser minoritario y desolador. Mezquitas destruidas –en China, en los últimos años, demolieron más de veinte–. Musulmanes desplazados y encarcelados –en Birmania, 725.000 expatriados, 25.000 muertos–. Afrentas escandalosas –Suecia, Noruega, pastores norteamericanos prenden fuego el Corán, como si fuera la causa de todos los males–. Los musulmanes estamos acostumbrados a llenar titulares desgraciados en los medios de todo el mundo. Cada vez que en los noticieros escucho la palabra islam, me tapo los ojos: imagino lo que se viene.

Tu bandera pisoteada alegremente por una comparsa.

En ese panorama tan delicado, ¿alguien puede decirme qué necesidad hay de reflotar las caricaturas del profeta Muhammad en la revista Charlie Hebdo, dibujos que a 1.800 millones de personas en este planeta –es decir, el mundo islámico completo– le provocan, como mínimo, rasgadura y tristeza?

Un retrato en tinta con cara de idiota del día que te enamoraste.

Occidente, que coloca a Jesús en tapas de discos, avisos de pizza, estrenos de Hollywood, telenovelas y un musical –hasta existe el muñequito articulado de Jesús, de la serie coleccionable Funk Pop–, no entiende por qué al profeta Muhammad le debemos los musulmanes tanto respeto. Pero es así: no lo dibujamos y no lo actuamos. En las pocas películas sobre su vida, no se lo muestra. Y ni siquiera se escucha su voz en off.

Es cierto, si lo ves con los ojos de Netflix, es una decepción. Sin embargo, la razón profunda de todo eso vale mucho más: al guardar a nuestro profeta, lo preservamos de la cultura pochoclera, de la banalidad idiota y de la polución nuestra de cada día, que todo encharca y todo ennegrece.

Un chiste divertidísimo sobre el día que a tu abuelo le diagnosticaron cáncer.

Ni siquiera cuando visitás Medina, en Arabia Saudita, uno puede ver su tumba: te das de narices contra una puerta magnífica pero sellada. El bloqueo a la representación exterior abre las puertas para impregnar su rostro, corazón adentro. Y esa es nuestra forma de amarlo.

Sacarlo de allí, exponerlo a la luz del día, afearlo en un dibujo empetrolado y satírico, uf, eso sí que duele.

Risas de fondo en el último video que grabó tu papá antes de partir.

Es cierto, y esto es necesario aclarar: los musulmanes estamos cansados de asesinos que toman partido por una venganza que, como en el caso de la masacre de la redacción de Charlie Hebdo, nadie les pidió. Pero, por otro lado, estamos cansados de los reidores que piensan el humor como si fueran sacerdotes aztecas: para avivar la chispa, arrojan gente al abismo.

«Las personas que más ríen en este mundo», decía el profeta Muhammad, «serán las que más lloren, en el más allá».


* Periodista, docente y autor de Rock and roll islam.