Por Melina Pirotti

Como suele suceder en varios grupos sociales vulnerados, la vida de las y los gordos se ve expuesta a una estructura que los excluye en diversas formas. Este bullying comienza desde temprana edad, en las instituciones o en las propias familias. Ya sea por la falta de ropa adecuada en los negocios de los centros comerciales, puesto que los talles grandes son inexistentes; por no encontrar asientos adecuados en los transportes públicos; porque las ofertas de trabajo sean pocas o porque el trato en el sistema de salud sea con miradas despectivas. Todo ello hace al extenso entramado de elementos que constituyen lo que hoy se puede reconocer como «gordofobia».

Ante el fomento de una constante exclusión, violencia y discriminación, grupos de mujeres y profesionales, tanto autopercibidas gordas como no, decidieron unirse para dar respuesta a esto que tanto dolor causa en las personas desde niñas. Es así como surge el Activismo gordx, un movimiento que viene a dar visibilidad sobre cómo las personas con corporalidades gordas no están teniendo el acceso a muchos de los derechos que las personas con cuerpos legitimados tienen.

Muchos activistas argentinos coinciden en ubicar los comienzos del movimiento con la creación de Fat Underground en Estados Unidos, en 1972. Las integrantes de esta entidad, feministas y cercanas a la militancia queer, se inspiraron en los grupos de concienciación que organizaban las feministas radicales de la época: la idea era compartir historias de vida en espacios seguros, con el fin de tomar conciencia de que muchas situaciones que se perciben como individuales pertenecen a un sistema mucho mayor que tiene en su cima al sistema capitalista.

«La sociedad argentina es una de las sociedades más gordofóbicas de la región», sostiene una militante local. El hecho de pensar que las familias o las personas son gordas porque tienen una mala alimentación es erróneo. Acorde a los principales señalamientos del Activismo gordx, se busca justificar en la comida la diversidad corporal, cuando es algo que debería ser visto en conexión con muchos otros desencadenantes.

«Una persona construye su autoestima en los primeros años y, en el caso de ser gordo o gorda, están condicionados para toda su vida por esa particularidad, sintiéndose inferiores y sometiéndose a dietas que arruinan su psiquis para siempre», sostuvo Mercedes Estruch, estudiante de sociología y activista de la organización AnyBody, en diálogo con Contexto.

«Los gordos estamos siendo ciudadanos de segunda porque no tenemos acceso a un montón de cosas». Según sostiene la joven militante, Argentina organiza su gordofobia de manera diferencial: exige ideales de belleza construidos principalmente en la figura femenina y, si el hombre no tiene el cuerpo establecido socialmente, es aceptado siempre y cuando demuestre su masculinidad a partir de la violencia, la agresión y el machismo. Al hombre lo acompaña la cultura patriarcal que dice presente diariamente en el país.

AnyBody, espacio de actividad de Estruch, logró el año pasado la ley nacional de talles. Esta persigue el objetivo de la existencia de un sistema único de talles en donde el número que lleve la prenda sea el mismo en cada comercio del país. Ahora se presentará un estudio elaborado por el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) que intentará, a partir de un relevamiento, sacar un promedio para conseguir una diversidad de tallas hacia abajo y hacia arriba. También se está trabajando con la Defensoría del Consumidor para que, cuando la ley pueda avanzar, logre llevar respuestas a los reclamos.

Por otro lado, Jorgelina Rada, nutricionista con filosofía de salud de tallas, con un enfoque antidieta que no se centra en el peso del paciente, explica que la respuesta a los cuerpos grandes no está en la balanza, en el tallímetro ni en el índice de masa corporal, ya que la respuesta respecto a la salud de los pacientes no está en su peso. «Un 95% de las personas que realizan dietas vuelve a aumentar de peso una vez terminado el tratamiento, e inclusive aumenta más de su peso inicial», sostiene. El efecto rebote se produce, según explicó a Contexto, porque «la prohibición al acceso de los alimentos que los pacientes desean solo provoca una rebeldía en el cuerpo, ya que este es tan sabio que incita a la persona a ingerir lo que quiere. Por esta razón, la restricción a ciertas comidas no es el camino».

Jorgelina explica que las dietas conectan con lo externo, con el supuesto peso ideal. «Hay que llevar esa conexión con el adentro y conectar con el hambre que está desoído, que no se escucha. En ninguna dieta te conectan con el hambre. Todo lo contrario, no tenés que sentir hambre porque no lo vas a poder controlar. Entonces, te dicen: comé cada tres horas. Te fijan hasta un horario de comida», finaliza.

Para Rada, uno de los principales cambios en la deconstrucción de la gordofobia debe darse en las y los nutricionistas, porque son los primeros en fomentar las dietas, el ejercicio, la obligación que tienen las personas de adelgazar. Además, son los que responden a una industria comercial mucho más grande de lo que se piensa. «Los laboratorios farmacéuticos, la industria comunicacional y las publicidades, los retos fitness en las redes sociales, el supuesto amor propio que viene desfigurado en un mensaje que solo atenta contra los gordos. Todos estos ejes responden a un sistema capitalista que no quiere dejar ser libres a corporalidades diversas», explicó.

Activistas como Mercedes y Jorgelina coinciden en que la diversidad corporal debe ser respetada de forma igualitaria a los cuerpos culturalmente aceptados; porque los cuerpos cambian y los cuerpos se adaptan a cada persona. El Activismo gordx se presenta hoy como un paso fundamental para erradicar una violencia para muchos invisible, y cuya puesta en discusión se vuelve crucial para dar paso a una sociedad de mayor igualdad y oportunidades.