Por Ramiro García Morete

“Quiero caminar al lado tuyo/y quiero divertirme lejos de mi casa/y no puedo. Estoy guardado”. A decir verdad, su rutina varió pero no tanto. A una cuadra de Plaza Sarmiento, completando diariamente la carpeta “Lab” con beats o bocetos que escucha unos días después para corroborar si hay algo vivo ahí. Aunque “el beat necesita que se le sume algo”, tal como distinguirá de otro proceso menos lúdico. Si bien la Texas criolla que le compraron a no más de 150 pesos a los diez años anda por ahí (y la eléctrica “en boxes”), no precisará más que su computadora, ocasionalmente el Novation Launchkey Mini y un par de monitores modestos. Como los del Aiwa que un tío le regalaría también durante su infancia en el barrio San José de Mar del Plata y que usaría unos años atrás cuando se metió de lleno en la producción. Criado en un entorno donde la madre apenas tocaba una vez al año un piano y escuchaba el folklore de algún festival televisado, fueron unos cd´s de Sumo de su padre (tampoco muy melómano) lo que le despertaría un interés particular por la música. Igual que aquel compilado con temas de Soda que gastó en tiempos sin internet o aquel encanto preadolescente por Molotov.

Pero no fue el híbrido de los mexicanos lo que lo acercaría al hip hop sino las riñas de gallo de España, lo cual generaría el impulso de probar con el Fruity Loops para armar precarios beats para batallas caseras con uno de sus amigos. Pero los años venideros impondrían la guitarra y nada menos que una experiencia progresiva con Roncus Graffiti, antes de arribar a La Plata a estudiar en Bellas Artes. Pero con “el laboratorio” más en la mente que en los recursos, se constituiría -Mundo Perro y Japón mediante- en un activo productor. Algo que -como dijimos- interrumpiría parcialmente esta pandemia.

“Me desperté y no pude recordar el temblor/Me desperté y empecé a disparar desde lejos”. Sería falso decir que miró los seis lados del cuarto y necesitó ir más allá. O no tanto. Lo cierto es que ante la incertidumbre imperante, haría lo que un productor debe hacer: advertir un potencial y desarrollarlo. ¿En qué otro momento juntar seis artistas para un álbum? ¿En qué otro momento concretar finalmente un álbum con su nombre? Casi como un retrato de época, convocaría a Clarita (Simbiosis), Lux Federico (Pynos), Leila Dana, Antonia Navarro y Lucas Soldavila (Firpolar) para edificar sobre sus beats. La consigna sería que fuera compuesto durante la cuarentena, pero sin necesidad de explicitar. El retrato no atañería al confinamiento sino a sonidos y modalidades contemporáneas. Ambient, house y trap se entrecruzan entre producciones que más allá de la distancia o el formato casero no resignan calidad y vuelo. Pero básicamente logradas canciones pop con sutil tratamiento digital. El retrato se completaría con las seis pinturas realizadas por Fefaur para representar “Seis Paredes”. Así se llama el álbum coral de Cristian Villarreal, productor que a pesar de pasar mucho tiempo guardado entre las paredes de su “laboratorio” sabe que con la música no hay techo.

“Hace rato que venía con la idea de hacer algo así: centralizar en la cuestión de la producción, que tenga mi nombre. Es un disco con varias personas que surgió un poco para hacer algo en la cuarentena”. El músico revela parte del proceso: “En ningún caso ningunx escuchó la canción de otrx antes de componer… pero el hilo lo intenté trazar yo. Por un lado lo primero que hice fue mandarles dos o tres beats. Por otro lado, por lo que los quise condicionar, que no fuera un tema viejo y que tuviera algo que ver con cómo estaban todes atravesando la cuestión del encierro. No explícitamente, no sobre la cuarentena. Pero que tuviera ese contexto dando vueltas, alrededor de eso”. Mágicamente o no tanto, los seis temas funcionan muy bien entre sí. “Por un lado, la cohesión está en cómo lo produje y mezclé. Pero hay otras cosas, como los temas de Lucas y Fede que tienen muchas capas y auto tune. Parecería que fue pensado en conjunte, pero ellos mandaron las voces así”.

El artista distingue sus dos facetas. “Una cosa es la concepción y el laburo cuando hago trap y hip hop que cuando produzco canciones. En el mundo hip hop soy beatmaker y productor en el rol tradicional que se tiene ahí”. Y describe: “Soy bastante meticuloso. Me dejo llevar más por el cerebro que el corazón. Uno la puede sentir mucho, pero es necesario alejarse un poco y verlo con más oficio. Pero sin dejar de ver lo otro, claro, porque es un equilibrio”. Y respecto a lo sonoro, “en esta instancia todo es digital. Es el sonido al que apunto. Si viene una banda de rock a decir que la produzca lo podría asumir quizá como un desafío. Pero no sé…”

Para lo que resta del año, anticipa algún material junto a Antonia Navarro, “algunas cosas de trap y ahora que surgió esto de tener una ´carrera´ yo (remarca las comillas), capaz que salga algo más”.