Por Antonio Daniel Fenoy*

En la última convocatoria anticuarentena, recorriendo los distintos canales, escuché a un joven que decía: «No voy a acatar nada que esté en contra de mi libertad. Nada que me impida hacer lo que quiero, como quiero y cuando quiero».

Si hay un valor que el neoliberalismo ha exaltado hasta absolutizarlo, es el de la libertad, junto a la sacralización del individuo en detrimento de lo comunitario. ¿Es la libertad un valor absoluto cuando vivimos en sociedad? ¿O es la manera que el neoliberalismo, con su individualismo extremo, usa para manipularnos y dominarnos? ¿Podemos hablar de libertad cuando nuestras acciones dañan al conjunto, cuando el bien común está amenazado? ¿Somos libres cuando vivimos en la pobreza, en la miseria o en la exclusión?

No existen los valores absolutos. Son dependientes unos de otros como lo somos los seres humanos. No hay verdadera libertad sin justicia ni igualdad, como tampoco tiene sentido la igualdad sin respeto por las diferencias ni las libertades individuales. Por eso, la pregunta clave creo que es: ¿en qué tipo de mundo, de sociedad, queremos vivir?

Creo que la ética cristiana marca un camino en este sentido. «Amar al prójimo, a la prójima como a nosotros mismos» es un horizonte utópico al que todavía, como colectivo humano, ni nos hemos acercado. Sobre esto, dice Ivone Gebara, teóloga feminista brasilera: «Para demostrar algo de ese objetivo común, debemos ejercitarnos […] debemos ceder un lugar a los despreciados en nuestra mesa, debemos saber compartir el pan y el pescado que escondemos en nuestras bolsas […] Es necesario que muchas/os entren en esta lógica, desde nuestro tiempo y contexto, hasta que sea una práctica, hasta que sea un ‘ethos’, comportamiento ético de las mayorías, siendo conscientes de su fragilidad».

El neoliberalismo construyó y construye otro ethos, otro sentido común: el del individualismo extremo, el de «esto no porque yo» y «esto no porque a mí». El de la libertad por encima de todo y de todos. Construye el ethos del sacrificio, la deuda y la culpa. El ethos del «sálvese quien pueda».

Por eso, la transformación no solo debe ser en lo económico y en lo político, cosa que nuestro gobierno, con mucho esfuerzo y en medio de la pandemia está llevando adelante. Tenemos que construir un nuevo país en donde las prácticas de solidaridad, hermandad, justicia y libertad caminen juntas. Porque la libertad es fundamental, pero sola, sin poder mirar a los ojos a tantas y tantos compatriotas que sufren, no sirve para nada.


*Coordinador del Colectivo de Teología de la Liberación Pichi Meisegeier.