Por Ramiro García Morete

“No me siento atado por tu forma/un alma enrejada no puede alumbrar”. El pueblo es otra vida, dirá Laura. Y La Plata en enero también tiene lo suyo. Habrá sido un puñado de años atrás que pasaron el verano en aquel PH cercano a La Terminal. “Esa etapa en la que te estás por recibir y no tenés trabajo”, describirá sobre aquel instante de eclosión creativa. “Uh, ¡pasó de nuevo!”, cuenta que expresa cada vez que “vuelve a pasar”. Y aquel verano volvieron a pasar no solo canciones sino “casi un tratado filosófico”. Quizá muchos textos escritos en sus propios cuadernillos donde además de letras, Juan Pablo dibuja. Y es que Plástica fue la carrera que escogió cuando ambos llegaron desde Saladillo, mientras que ella Psicología.
“Mirarlo todo desde acá/a veces me resulta incómodo”. Desde aquella vez que lo vio con una guitarra en la escuela, sintió que debía ser su amigo. Mucho más cuando entre amistades comunes entablaron conversaciones, muchas de ella en La Via. Seguramente sonara Amar Azul de fondo y no Bjork, Coco Rossi, Juana Molina o todo el campo sonoro que se revelaría a la par del Ableton. Pero entonces lo más cercano a la computadora serían las primeras pruebas en lo de Seba Rissotto. Y es que desde “Píeles”, Laura siempre había tenido canciones. Pero las bandas locales ni contemplaban que una mujer formara parte. A Juan Pablo, que tocaba el teclado, no le importaría. O al contrario: quizá los incentivaría. “Los pueblos suelen ser conservadores y muchas cosas mal vistas y te genera una doble rebeldía”, comentará Laura.
“Vivir en la ciudad”, volverá a decir sin completar la frase pues “¿y para qué explicar /las cosas que ya sabes?”. Ya bautizados como Cipreses, las canciones de corte rock o pop acústico irían dando paso a nuevas sonoridades. La grabación del EP en formato banda bajo el nombre de Película los acercaría al mundo de la producción y entonces no habría retorno. Y desde aquel verano hasta este invierno de cuarentena en la zona del Bosque la sala se iría poblando de TR8S, kaoss pad, teclados combinados con guitarras y bajos, conformando una identidad pero sin ataduras. Electro pop con elementos de los 80 y los 90, tradición cancionera heredada del rock nacional, conciencia plástica y esa dosis de melancolía que hace de un pulso bailable una experiencia liberadora. “La caída de las paredes” (2017) resultaría un notable compendio de pulso, introspección y declamaciones poderosas donde Laura y Juan Pablo pasarían a ser Sh4r0n B3 y 1pm4uj 4d3j0 respectivamente . Con un disco más bailable por venir, el dúo editó recientemente dos simples de sesiones en vivo (“Máquinas del tiempo” y “Sumergida”) y continúa buscando esa forma sin ataduras llamada Lágrima o Alienado.
LOA, como ellxs mismxs le dicen, concilia elementos de distintas épocas. “Tiene una impronta ochentosa -reconoce Sh4r0n B3- Obviamente está el rock nacional: Fito, Spinetta. De ahí la elección de la 808, los sintetizadores. Pero a su vez una necesidad de lo contemporáneo, de lo nuevo, de lo que hacemos en los shows en vivo que está más apuntado a lo urbano, a la música y otros estilos con esa raíz”. Y si bien la experimentación sonora es creciente, “seguimos conservando la cxancion, está presente ese formato. Y las fusiones de la voz, es algo que nos gusta hacer. Hay como un contraste que le da una textura”.
El dúo -donde ambxs escriben y componen- prepara un disco ante el cambio de planes impuesto por la cuarentena. “Veníamos tocando temas nuevos en los últimos shows y las maquetas estaban. Un poco componemos ya moqueteando, vamos produciendo el tema, aprovechamos este tiempo para terminar el disco y meterle a eso”. Y agrega: “Se reafirma una estética LOA, se afianza en nuestro propio estilo. La diferencia es que el primer disco era más introspectivo, que te sumergía, en el tempo era más lento y esta nueva etapa más apunta más al cuerpo se mueva, a bailar. Pero siempre con ir hacia el sentir, no perder de vista sentir la música”.
En cierto modo, el primer disco parece acompañar procesos personales y sociales donde la liberación implica algo de dolor para pasar a una etapa donde el cuerpo está más preparado para el goce. “Es como una madurez que se va construyendo en la vida. Un paso de un estado a otro. Las canciones de la caída tiene que ver con eso, ya desde el nombre. Incluso el nombre del dúo. Fue todo un conjunto. Tenía que ver con poder estar libre de mente, de ataduras, tener una mente con claridad. Y con todo un contexto que se estaba viviendo. Una cuestión de crisis económica, un montón de cosas. Entre la crisis de crecer y crear y decir y ser artista y estar en este mundo. Y por el otro la de la necesidad de poder ser uno mismo, de no estar atado a mandatos o presiones sociales”. Por eso cree en la pista como un lugar de contención y de purga: “Esos momentos en que estás en una fiesta, la música suena, todes se empiezan a sentir en otro planeta. Un poco lagrima apunta a esa situación: que sea la puerta que se abre o parte de esa posibilidad de que no importa quien quieras ser. Y el baile tiene que ver con liberarse y de estar en reunión y que pase todo eso”.
En esa mirada conceptual, no es menor la dimensión estética: “En ningún momento se piensa la música por un lado y la imagen por el otro. Es un conjunto y la idea es que eso se vaya reforzando cada vez más con lo audiovisual”.