Por Ramiro García Morete

“Quiero un tercio de mi vida para descansar/ un tercio para hartarme/ y un tercio que quedó atrás/ Sáquenme de acá/ mover la cabeza no te hace pensar”. Entre tantos métodos, tiene uno muy especial: presionar “rec”, recién ahí tomar la guitarra y dejar emerger los versos casi como un ejercicio del subconsciente. Cuenta con varias canciones así, al igual que ocurre cada vez adopta un nuevo recurso o herramienta este joven inquieto. Y observador, tan criterioso como original. De cada cosa pareciera extraer sentido y a la vez proponer una mirada lateral. Como la simple foto de portada en la que creyó ver “Real” escrito entre las hojas del árbol. Esa madera de la cual provienen las guitarras, ese instrumento que –a decir de Atahualpa– acunó nidos de pájaros, que uno le pregunta y ella responde. Ese instrumento que no había en la casa de Esquel, pero que una tía abuela con sangre mapuche (como parte de su familia) traería de la iglesia. “Toca mal”, decía la abuela ante la interpretación casi a modo de cueca del cancionero pastoril. O quizá tenía que ver con algo que provenía de Chile y un linaje que marcaba su propia forma. Y a su propia manera debería aprender a tocar siendo zurdo, con la guitarra dada vuelta. Y luego con la Gracia que hasta hoy conserva y que retomaría tras experimentar con la composición electrónica en el celular o con la eléctrica con su banda Pi.

“Todo es verdad” se llamó el juvenil y acústico álbum de tapa triangular que editó y nuevamente la verdad se impondría. “¿Sáquenme de dónde?” se preguntaría ante la improvisación. Agotado por el movimiento, por su trabajo de periodista radial donde diariamente se adentra –desde Radio Estación Sur– con profundidad en obras ajenas, de los bondis, de la intensa y a veces histérica noche platense. Por circunstancias poco felices de público conocimiento (la “covida”, podríamos decir) se vio obligado a frenar y reencontrarse con la Gracia divina. Entre otras canciones, surgiría un puñado que pareciera apuntar directo al núcleo de la identidad de este artista movedizo. “Real” funciona como una obertura instrumental de aire folklórico, “Neurociencia” (el tema citado al comienzo) concilia Elliot Smith mediante ese registro cantautor y una herencia grunge que deja manifiesta en perversión de “Lithium” de Nirvana que es “Piedra de Litio”. Con su voz barítono, lucidez lírica y personal dominio de una guitarra bajada dos semitonos (algo que –aprendió– se hace en el campo para que las guitarras viejas resistan) el músico se pregunta y responde acorde no tanto a su profesión como sí al espíritu artístico. En ese ímpetu de ver las cosas de frente y de perfil, de preguntar y responder, de aprender elementos y asimilarlos, de jugar con las formas y discursos, no llama la atención que a contramano de la experiencia acústica haya producido más de sesenta mash-ups en esta cuarentena. La canción más cruda o el juego más digital sirven al movimiento interno de Seba Lino. Y es que todo es verdad. Real o no, eso ya depende desde dónde se perciba.

“Había algo de ratificación porque son de canciones de guitarra criolla. Es la misma.´Todo es verdad´ lo saqué teniendo 19 años con un montón de cosas que no había llegado a pensar y volvieron un poco. Sobre todo la conexión con la criolla y con el sur. Ese ritmo que me hicieron notar lo músicos de acá. Que tenía un ritmo que no era el urbano, ni cien por ciento de la influencia de la cultura mediática. En este EP aparecen en unos aires de raíz mapuche”. Sobre todo en el tema homónimo: “Cuando salió la canción, salió la letra. Pero era tan sureño y de otra era que me daba cosa y prefería dejarlo así. Cuando lo cantaba era otra voz. Hay algo que la música tiene… dejar cosas libradas al silencio”. Y asocia “con el ritmo que venía teniendo la ciudad”, “los golpes económicos de los últimos años” y la “rotación de cervecerías” con “gente emborrachándose a las 7 de la tarde y esta persona que canta a las 11 no le van a entender nada”.

El EP contó con la colaboración de Eze Maffei (con quien editó Split el año pasado) y la producción de Franco Licántropo. “Pasando a la segunda canción, está compuesta en lo que dura la canción”. En esa improvisación, fue después que le encontró sentido al “sáquenme de acá: “Le encontré el sentido con la pandemia. Eso que te contaba del colectivo, del ruido. Estaba llegando a un borde en esa vida. Lo mismo de la comunicación y estar hablando con un montón de gente todos los días sobre algo tan sensible como la cultura. No podés todos los días estar tan metido en eso”. Lino acepta la cita a Yupanqui y asocia: “En esta canción le estoy respondiendo a la guitarra. La primera es de ella y la segunda es mía”.

Respecto de “Piedra de Litio”, percibe la readaptación a Nirvana como algo no muy lejano a un mashup (esa técnica de mix de tomar dos canciones distintas y hacer una nueva). Bajo el seudónimo DJ Pi Mashap es capaz de mezclar a Thalía con Nicky Minaj, a Calamaro con Queen o Spinetta con Outkast. Lo asocia con “toda la música que el mundo te obliga a escuchar no solo en la radio sino cuando pasa un auto o vas a un lugar. Empiezo a hacer un archivo de todo eso. Y empiezan a salir estas mezclas. Con la cuarentena y después de dos meses, tengo que frenar, porque empecé esto nuevo e hice tres o cuatro por día todos los días. Fue como haber encontrado un video juego nuevo”.