Por Ramiro García Morete

“El cielo no era complicado”. No le gustaba bailar. O quizá no le gustaban los lugares a los que supuestamente se debía ir a bailar. Lo cierto es que aquella noche de enero pasado, Marcos dio una fiesta en su casa con DJ´s que tenían bandas y habían pasado por Bellas Artes. “Que te explote la cabeza”, explica la sensación que implicó pasar del Misericordia a un ámbito que iría más allá de la inicial carrera de Composición.

Las canciones habían estado allí, casi desde el primer momento. No solo porque su padre frecuentara amigos como los Peligrosos Gorriones o artistas de lo que luego llamarían Indie y ahora vaya a saber cómo se llama. Entre los discos más aguerridos y lxs cantautorxs más suaves, ella siempre se había inclinado con la misma naturalidad que entre el skate y la guitarra. Es que así llegó a la casa de La Loma la Fonseca que aún conserva: como un regalo doble a compartir con su hermano, así podrían definir libremente. “La vi y vi el futuro”, dirá. Poco después estaría tomando clases en ese “lugar horrible” a la vuelta, que no era un instituto, que era la casa de una señora, que eran “como cuarenta” tocando canciones “tipo fogón” que no le gustaban. Pero con las fotocopias y los acordes dibujados no le tomaría más de una semana para escribir cinco canciones con los mismos cuatro acordes.

Y el mismo tema: el amor. “Y… eran muy cliché. Eso de repetir las frases que se escuchan”, evocará. Pero su idea del amor -o del mundo- cambiaría. O evolucionaría. Rodeada de amigxs formadxs en el Conservatorio y con cierta reticencia al pop, las canciones electroacústicas cobijarían en principio su timidez y emocionalidad en clave folk. Entre cellos y clarinetes, su voz dulce y melancólica encabezaría Ámbar.

“Quiero salir a jugar”, rezaría casi inconscientemente una de las canciones de un repertorio que la banda no registraría. A partir de algunas pruebas de samples junto a Iñaque Herrán y Marcos Fava (baterista y bajista del grupo, respectivamente), sus deseos internos se moverían más cerca de un mundo donde el pop y la pista de baile se sienten más próximos. Aquella noche de verano, entre DJ´s y amgxs, entendería formas de elevarse que no figuran en las sagradas escrituras. Y a medida que el Ableton se volviera tan familiar como entender la música desde el timbre y más allá de la armonía, la banda se iría difuminando.

Pero no las canciones ni su nuevo sonido. Corrida ya de la guitarra, pasaría a estudiar Tecnicatura en Sonido y Grabación y a enfocar su voz, sus letras y su sonido desde un lugar más vital. “Aprender a nadar”, esa ambiental pieza chill donde expresa esa necesidad de salir a jugar, acabaría siendo el primer corte del incipiente camino solista de Renata Di Croce. Y en él lo electrónico se funde con la canción, igual que el cielo con la tierra: libre de culpa, lleno de vida por descubrir.

“Yo empecé a querer componer la música desde otro lado -manifiesta la cantante- Que se pueda bailar. El folk es más tranquilo, triste…” Y compara: “Pasó con muchos artistas que cada vez se vuelven más pop. A muchos les pasa eso y van haciendo una evolución. Nos pasó a todos que fuimos entendiendo más, empezamos a salir a bailar. De chica no me gustaba ir a bailar o ir a fiestas donde se pasara reggaetón. Pero ahora me encanta el tecno y las canciones que se vienen van a tener estrofa, estribillo y demás, pero con base tecno”.

Si bien parte de Ámbar sigue trabajando con ella, prefirió encararlo desde el camino solista: “Me compre una computadora para poder tocar en vivo, disparar algunas cosas. Se terminó dando eso de tocar sola con todas cosas electrónica”. Di Croce reconoce un cambio de perspectiva respecto a la música en general: “Es cuando descubrís el timbre y la importancia que tiene. Yo antes pensaba que todo pasaba por la canción y después salíamos con un cello o un clarinete… todas las canciones con esos instrumentos. Cuando descubrimos el Ableton era infinito. Para mí fue esencial”. Eso modificó, por ejemplo, el modo de “producir las voces. Meter autotune que se note o chorus o delay. Todas esas decisiones que también determinan cómo cantar primero para que suene eso”.

Di Croce entiende que esa evolución responde a “lo que pasaba afuera, el contexto generacional. Y lo que me había pasado a mí. Tenía una percepción de la música, de la vida, todo. Todas las canciones nuevas hablan de eso y que todo ese contraste, que se vea en la música sonoramente. Que se escucha”.