Por Ramiro García Morete

“Cada uno tiene una vida más allá de internet/¿qué hay debajo de esos murales?/siempre existe una pared para decir las cosas que no quiere el poder”. Como tantos otros viernes o sábados, la casa en pleno Altos de San Lorenzo los encontraría entre guitarras criollas. Pero aquel viernes de junio de 2017 sería diferente. Quizá entre charlas de Papelillos –el equipo de fútbol que los había unido cuando unos llegaron de Necochea y otro de Neuquén a estudiar– habían notado que aquello podía llegar a más. Ya dedicados a distintas labores relacionadas a la radio o el periodismo, la música no parecía ser más que un viejo entretenimiento. Facundo Pérez había cantado y tocado la guitarra en una banda punk en su adolescencia, compartiendo a veces fecha con el grupo rockero de Matías Martínez Zugazua y Andrés Nör (El Plan de la Mariposa) en la costera ciudad del viento. Ese asunto con el mar quedaría adherido, tanto como la música. Pero en ambos casos, parecían lugares a los cuales no se podría volver del todo. Pasados ya los treinta “¿qué te vas  poner a armar una banda de rocanrol?”, se preguntará Facu.

Aquella noche invernal cada uno llevaría una canción: Facu una de Flopa Manza Minimal, Marto una de Gieco y Nacho –o Ignacio Lorenzo, quien siempre había hecho canciones pero nunca tocado públicamente– una de Fito. Difícilmente imaginaba que terminaría colgándose una eléctrica. Sería precisamente él, con su experiencia en Gráfica y particular gusto por la literatura, quien llevaría “Silencios veloces”. La canción de dos acordes, igual que las cinco con las que concluiría aquel año, sería descartada. Pero no aquella idea primigenia y casi invencible: menos es más. Esa economía y energía punk fusionada con espíritu rockero y un sentido cancionero marcarían una identidad que se iría puliendo progresivamente.

Los primeros y cálidos días de 2018 los encontrarían en Necochea, ensayando en la casa del ahora bajista Facu. Aymar –última incorporación, baterista y “sobreviviente a los 27”– pasaría de un cajón peruano y un redo a ceder el cuarto de su casa platense para montar una sala. El martes pasaría a ser el día más esperado de la semana, con la misma y encendida “intensidad de la adolescencia” pero con cierto aplomo que dan los años. Nuevamente invierno, pero ya consolidados, debutarían con apenas cuatro canciones en el Olga Vázquez.

Tres grandes fechas coincidentes en caer días 13 darían nombre alegórico a este EP e inesperado “renacimiento”, tal como lo definen. Pero no desde la muerte sino desde la transformación, inspirados por distintas lecturas no occidentales combinadas del mismo modo que distintas imágenes y temáticas que con tono narrativo expresan sus canciones. Con un sonido orgánico y directo, estos cuatro amigos derriban a martillazos las paredes ajenas y propias para volver al lugar del que quizá nunca se fueron con Túnel a Marte.

“Ni creíamos que volveríamos a tener una banda –reafirma Pérez–. Guitarreábamos pero cada uno en su película. Y volvimos a sentir la intensidad de la adolescencia. Teníamos que tocar y era lo único que queríamos en el planeta”. El bajista habla del tarot y de los calendarios indígenas para explicar el número que bautiza un material que representa “un proceso hermoso que nos potenció muchísimo”. Y respecto cierta duda de armar una banda nuevamente a los treinta y pico, “son pensamiento de una cultura caduca. ¿Cuáles son los años para hacer esto? ¿O acá es ponerte a laburar ocho hora y sacar un crédito? La sensación fue esa: lo único que querés es tocar y tocar. Todo lo demás puede dejar de existir”. Y completa: “Creo que también fue nuestro reducto de resistencia al macrismo. El mundo estaba cada vez peor y esos cuatro años fueron bestiales. No solo la cuestión musical sino una contención filosófica”.

En líneas generales, el disco tiene un sonido sin demasiadas ornamentaciones ni sobre grabaciones. “En eso sentíamos la pulsión sangre del rock. No queremos salirnos de ahí. Si bien están compuestos en distintas etapas o poco tiempo de nuestra breve existencia”. De una lista de doce temas, tomarían tres que representaran distintas “caras de la banda. O algo así. Por eso la elección.´Paredes´ es una descripción platense, contestaría, bien arraigadas en las bandas que escuchamos.´Nidos de mi diablo´ es una cuestión más introspectiva. Tenemos un apego por el mar. El de julio, no el de enero lleno de turistas. Ese mar desolado que golpea a las piedras. Y ´Canción para mi amor´ nos sorprendió el estilo que la llevamos. Empieza rockera y acaba popera. Ni sabíamos que podíamos tocar eso”.

Si bien dialogan, Ignacio Lorenzo es el compositor y letrista principal de la banda. “Le cabe la escritura. A veces tenemos discusiones sobre el lenguaje y si el mundo es más lindo con más cantidad de palabras o menos. Lo refleja en cuestiones narrativa, formas de comunicar, el modo en que encara la oración. No se conforma con el boceto… lo trabaja hasta que te caiga la lágrima”.

A nivel musical, “somos punk rock en el fondo. En esa parte sentimos que nos gustan los tres tonos. A veces menos es más. Pero sí estamos más detallistas en los arreglitos y cortes. Buscar la potencia ahí. Nos gusta la cuestión sencilla y directa. Y después ponerle arriba brillo”. Desde los Strokes hasta Redondos, los cuatro comparten música y redescubren cosas antes impensadas como Roxette: “Uno se ha puesto más grande y menos prejuicioso. Descubrir estas cosas tocando nuevamente y ver cómo arman, es fascinante”.