Por Ramiro García Morete

“Y en cambio el amor nunca fracasa” (Los cuerpos). Concluía el 2017, Arcade Fire cerraba el multitudinario Festival Bue y ambos se cruzaron en uno de los baños de Tecnópolis. Juan entraba y Flavio salía. No se habían visto desde finales del 2013, cuando catorce canciones con destino de quinto disco habían quedado suspendidas a pesar de la reserva en estudios ION. Algunas desde ellas habían sido grabadas en El Estrellero y otras en el disco solista del cantante. Seguramente muchas ideas pudieron ser reformuladas en Peruano, la banda que el baterista compartió con Marto antes de tomar la mochila y viajar por el mundo, mientras que el guitarrista comenzaba a formar Los Años Rojos.

“Se perderán los amantes/pero el amor no”, reza un verso de Dylan Thomas. Abrazo mediante y no más que un puñado de comentarios pasajeros, dos semanas después estarían los tres compartiendo una cerveza. “Pero todos entendimos que lo que había pasado era entender al otro más que uno mismo -dirá Juan-. Entonces no necesitabas tanto las explicaciones porque las habías buscado vos en soledad. Yo había entendido las decisiones de ellos y ellos mis decisiones”. Prolíficos, creativos e inquietos desde siempre, no tardarían en pergeñar un nuevo disco y basados en viejos demos, Flavio grabaría las bases en un estudio de Berlín mientras a Marto y Juan no les tomaría más de dos juntadas para registrar sus partes.

El tiempo haría lo suyo y la música -“esa misteriosa forma del tiempo”- se encargaría de traducirlo. Como siempre, siguiendo su propio reloj y sin correr tras las agendas. Desde esa increíble opera rockabilly bonaerense “Capos de Satán”, pasando por el sombrío “Los últimos días” hasta el melancólico “Dorado y eterno”, el trío sabría interpretar sus propios cambios sin atender la demanda externa. Ya con hijos y como una familia expandida (musicalmente hablando también), conjugarían el nuevo orden interior deseado con el inquietante nuevo orden exterior para lograr una vez más una pieza llena de belleza y concepto. Orden es una palabra que sobrevuela el álbum, fiel a su estilo, polisémica y alegórica. Ya sea por su obertura (“El fin”) y coda (“El comienzo”) como los retratos casi domésticos y redentores que abren la ventana a la luz del sol pero también a los ecos del viejo nuevo mundo. Aún en su orfebrería del sentido, el tiempo los trasciende ordenando casi de modo natural los sonidos: desde el kraut hasta el pop estridente, desde el preciosismo beach boy hasta el folk onírico, desde la voz elegante de Irio pasando por el groove de Marianetti hasta la sutileza en las guitarras de Remiro, la banda parece no solo retomar su heterodoxa pero clara identidad sino también abrevar lo que los tres integrantes fueron por fuera de la banda. Justo cuando el mundo parece acabarse una vez más -aunque claramente ya no es el mismo- los ex enmascarados vienen a decirnos que “Está naciendo el nuevo día” y a recordarnos que todos son el primer día de algo. Pues como decía el otro Dylan, “quien no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo”. Y Thes Siniestros siempre están naciendo.

“Significa la continuidad de una banda que había puesto pausa -introduce Juan Irio-. No por no tener nada para decir sino por cuestiones internas. La banda necesitaba tomarse un tiempo. Eso hizo que quedaran pendientes cosas para decir. Y pasados seis o siete años, encontramos el momento para empezar a decirlas. Me refiero a las canciones”.

Respecto al carácter conceptual que terminó cobrando el tema, considera: “Todos vivimos una realidad similar y las letras del disco reflejan eso y nos aúna con el oyente. También nos dio la posibilidad de hacer un disco distinto a los demás. Porque tiene marcadamente un lado A y B, uno más explosivo y uno más calmo. En este disco vamos a una velocidad rápida y de repente encontramos una especie de respiro”.

Irio coincide en que el disco representa también el camino que sus integrantes hicieron por fuera de la banda. “Y se ve en algunas presencias del disco. La presencia del Ponche en la producción con nosotros, que tiene un vínculo muy fuerte con la historia de Marto, a sea tocando en Peruano o en Los Años Rojos. O Baro y Lautaro que participan del disco, como integrantes de El Estrellero. Y además nosotros como músicos tenemos ese background de haber estado en otros proyectos que nos permitieron buscar ciertas sonoridades”.

Si lo único permanente es el cambio, el eclecticismo de Siniestros parece una buena prueba. “Lo habíamos subrayado en ‘Los últimos días’. Hay una canción que precisamente dice: ´aunque es otra la canción, siempre es el mismo cantor’. Es una frase intencionada de remarcar que esta banda hizo una ópera rockabilly y luego un disco urbano con aire melancólicos, medio ecléctico pero es la misma banda. Nosotros por lo general creemos en la necesidad de traicionar al oyente. Porque un oyente traicionado en el buen sentido es el mejor oyente”. ¿¡Judas!? “Es el momento creativo por excelencia la traición. Y lo hicimos, aunque perdimos un montón de público. Pero que no nos interesa tener… el que no está con ganas de sentirse interpelado por un cambio de timón o una necesidad de exploración. Si bien no es una banda muy compleja de abordar, sí se puede permitir hacer un tema como “Otra canción de amor” en un disco que hasta ese momento venía sonando súper eléctrico y enérgico”.

Irio también suscribe a la idea de la estabilidad: “Encontramos un orden interno que fue el que perdimos cuando no pudimos continuar en el 2013. Lo recuperamos porque el tiempo que no estuvimos juntos permitió estabilizar un montón de cuestiones, prioridades y sentimientos que en ese momento estaban muy colapsados. Además es un disco que tiene cierto optimismo, yo lo veo como la contracara de ´Los últimos días´. Un disco muy pesimista, en el que hablábamos de cómo las miserias iban encerrando al hombre en sí mismo.  Y este disco que no es casual que repita la palabra ´día´. Habla de lo que sucede el día después del último día. Un orden nuevo empezar a construir, un excusa para la revolución…»

Respecto al regreso, se desprende un enfoque disentido en expectativas pero sostenido en el tiempo. “No solamente pensado por nosotros. Sino que vemos en nuestro público. Como que tomaron la vuelta con una naturalidad y alegría que no fue cuestionada. No encuentro comentarios que cuestionen el regreso. Son agradecimientos a que no tuviera un fin sino una continuación. Así que ya hay un nuevo disco y quizá algunas fechas cuando se pueda”.

Cuando la banda se tomó esa extensa pausa ocupaba un espacio importante en la escena under y la crítica especializada. Irio analiza y contrapone con la actualidad no del grupo sino de la escena en general: “Es muy raro. Es una sensación de visitar un lugar conocido pero al que le hicieron unos cambios estructurales en el que faltan algunas cosas y sobran otras. Nosotros cuando nos fuimos Instagram no existían casi. Había algunas cuentas. Y Facebook estaba en su apogeo. Hoy parece un lugar medio muerto. Esa pequeña diferencia a primera vista no parece ser un cambio un fuerte, es un todo para la comunicación de un artista del 2020. Lo mismo con el tema de la música y ni hablar con algunos cambios de paradigmas en todes nosotres. Cambió mucho el mundo porque cambia todo el tiempo. Y seis años sin estar en ese mundo es un montón de tiempo”.

Pero si algo envuelve este retorno es una sensación de estar más allá de algunas pautas: “Hay una idea que dice hay tantas normalidades como miradas podes tener del mismo mundo. Así que la existencia de Siniestros es solamente un hecho musical en cualquiera de las normalidades que existan. Nuestra intención es poder seguir haciendo música. Y disfrutarla sea cual sea el contexto en que se haga».