Por Ramiro García Morete

“No hice la tarea pero tengo estas tres maquetas… ¿Por qué no empezamos a laburar?”. Dos meses atrás había decidido tomar clases de teoría musical con Matías Olmedo. Lo había conocido en tiempos de TATA Box, cuando grabaron en su estudio y quedaría un vínculo con hermanos de por medio. Al terminar su residencia, en febrero de 2018, su intención inicial era sumar conocimientos formales y -tras comprar un Micro Korrg Mk1 e instalar el Cubase 5- aprender ese modo de construir música. Tanto en Ekoku y el brillocosmo como la banda mencionada, nunca había escapado al método colectivo y su rol de bajista.

La carrera de bioquímico y la responsabilidad tanto por una beca como por el esfuerzo de su familia habían acaparado “los años de estudio”. Aunque al llegar de Caleufú (al norte de La Pampa) lo primero que habría en su departamento sería un radiograbador con un puñado de cd´s y Almendra sonando reiteradamente. Un sonido casi tan importante como el de FM La Isla, aquella estación conducida por Fito en ese pueblo de menos de tres mil habitantes que sin embargo nuclea parte de la zona. Pink Floyd, Nirvana, Metallica y cosas que despertarían otras sensaciones. Sin MTV ni internet, había padecido antes y sin disimulo el disgusto por aquella valija de cassettes románticos que tenía su madre con autores como Pagliaro o el gran Sergio Denis. Por alguna razón, jamás se sentiría cómodo con las tonalidades mayores o alegres. Había algo en lo oscuro… y en lo grave.

Quizá fuera por el abuelo que tocaba el bombo o quién sabe, que cuatro de los diez primos acabarían tocando el bajo. Uno de ellos, radicado en San Luis, sería su primera referencia sobre la posibilidad de dedicarse a la música. Otro, venido de Córdoba, le traería “toda la data” sobre grunge y otras cosas a la edad que son precisos esos primos: la pre adolescencia. Aunque sería su hermano Emanuel el primero en tocar la guitarra. La bandita del pueblo cuyo nombre no recuerda sería una motivación para colgarse el Faim “hecho mierda” con marcas de Liquid Paper y una gran dificultad para cualquier aprendiz: era fretless. Es decir, sin cejillas.

Pero aquí estaban, muchos años después, queriendo sumar teoría a la experiencia. Sin embargo, entre ejercicios de armonía o solfeo, las charlas con Matías derivarían en consejos de edición o producción. De a poco irían pasando “del papel al programa”. Cuando notó que no solo le divertía más eso que estudiar sino que podía encarar sólo “el oficio de hacer canciones”, pondrían manos a la obra. Canciones que sin embargo no encajan a conciencia con el formato tradicional. Una combinación de sonoridad digital y orgánica, baterías y beats que juegan con los patrones rítmicos, pasajes intensos y reposados, arpegiadores de teclados y guitarras con delay, groove oscuro y buenas melodías para dar forma a “La suerte de los forasteros”. Así se llama este EP en el cual Maximiliano Orezzo o Maxilunes se adentra en un territorio antes desconocido de la mejor manera. Quizá porque sabe que a la suerte –del forastero o de cualquier tipo- hay que acompañarla con esfuerzo.

“Fue una experimentación -introduce el músico-. Fue la cristalización de terminar un proyecto solo y el oficio de  hacer canciones. Tiene también su pequeño costado de Trabajo Práctico. Es loco. Porque lo siento como medio amorfo, con canciones diferentes y a la vez termina teniendo una identidad. No es un trabajo práctico, pero sí nació de esa inquietud de terminar algo. Cristalice una idea y que haya salido mayormente de mí”.

Respecto al sonido influyó mucho la modalidad digital: “Lo trabajé más que nada en la pc. En todo momento quería que se notara que está hecho en una casa, aunque el laburo en el estudio es una locura. Le aportó un grado de calidad zarpado. Pensaba en algo más lo fi en un momento. Está claro que siempre quise ir en contra de los cánones de canción y hacer lo que se me cante”. Y confiesa: “Siempre fui bajista y a lo sumo tocar la guitarra muy poco. No me veo siendo el guitarrista de una banda. Sí el bajista. Como tampoco me veía siendo el cantante. Fue un gran atrevimiento. Me costó una banda. Y así que fue como un todo. Eso tiene trabajar en la pc. Millones de tomas y estar hasta que gustó. Me considero un amateur en esto. Los años que se dedican a estudiar fueron con Bioquímica”.

Sin embargo el resultado demuestra que no solo “tenía el tocar” sino que aprendió rápido y bien, a la par de disfrutar “lo que iba saliendo. Lo que me divertía tocar. Esa era la premisa. Todo lo que está ahí –más allá de que obvio que hay cosas que hoy no haría- fue porque siempre me divertí. Sale de eso”.

Más allá de ese disfrute, las atmósferas no son las más felices. “Me gusta trabajar en ambientes oscuros. La música que siempre me transmitió va por ahí. La que me conmueve es bajonera. Pero no me transmite bajón a mí. Más bien me lleva a un lugar de tranquilidad. Las armonías muy felices se me hacen desabridas al toque… Funcionan en su momento pero después…”

“El futuro es muy incierto -concluye, y no solo por la pandemia, quien trabaja en el Hospital de Gonnet.- Son cosas que no quiero caretear. Tocar bajo y cantar a la vez se me hace más difícil. En el formato vivo, me siento tan cómodo tocando al lado del baterista. Esto salió más como la necesidad de algo. La idea es por acá. Sacando discos. Mostrar el concepto de lo que se puede hacer en una casa”.